miércoles, 5 de agosto de 2015

La Esperanza y el mar




Te has levantado temprano para encontrarte con la soledad infinita del mar, con esa luz que renace de sus aguas como si fuera la Venus que los pintores buscaban para plasmar en su belleza el ansia que recorre la médula de la historia del Arte: el afán de eternidad. Allí estaba el Contemplado, insomne e indiferente al paso de los hombres, apenas un resplandor celeste que te mordía los pies con el frescor de sus aguas. Y allí, en esa espuma que es la tiza efímera con la que Dios nos escribe desde su silencio, leíste una vez más el mensaje cifrado que te sirve para seguir caminando, la palabra que le da sentido a la vida y que no es la muerte.

Allí viste, de pronto, los rostros de aquellos que te precedieron en el camino y que sufrieron infinitamente más que nosotros. Aquellos para los que no había más crisis que el hambre y sus secuelas, aquellos que no conocían otros mercados que las plazas de abasto donde compraban la comida del día, aquellos que no estaban pendientes del bono alemán sino de irse a Alemania para encontrar un horizonte que aquí no se divisaba ni en  la lejanía del futuro, aquellos que se sacrificaron para que nosotros pudiéramos vivir en paz y en democracia, para que pudiéramos estudiar lo que ellos no pudieron conocer jamás.

¿Qué habría sido de España sin aquellas madres que obraban cada día el milagro de los panes y de los peces para llenar la bolsa de la compra que nunca caía como el Ibex que se desploma a cada instante? ¿Por qué no miramos atrás sin ira y sin resentimientos guerracivilistas para aprender de quienes hicieron posible aquel tránsito de una guerra a la paz que disfrutamos? Las preguntas se suceden en tu mente mientras un escalofrío recorre tu cuerpo, porque el mar te devuelve una marea de recuerdos, los rostros de quienes te amaron y ya no están, las voces perdidas en los ecos que te animan a seguir adelante, a no desfallecer por esta crisis que nos infunde lo peor: el miedo. No podemos fallarles, no podemos tirar por la borda el legado que nos dejaron. Tenemos que luchar por el futuro de nuestros hijos y por la memoria de nuestros padres, que nos lo dieron todo aunque no tuvieran casi nada.

Y ha sido precisamente ahí, en ese momento, cuando te has roto por dentro. Reconócelo. No sientas vergüenza al escribirlo. Has llorado ante el mar porque la fecha te duele por dentro. Ese llanto ha sido el mismo que derramas cada año cuando una Muchacha sale a la calle para enfrentarse con la Madrugada, para vencer a las sombras de la desesperación, para recorrer las dos orillas de la ciudad, para cruzar el puente y atravesar el arco, para recordarte que sigues siendo el niño donde habita su nombre. Te lo ha dicho el mar en la soledad infinita de su silencio insomne. Ese mar al que nunca te cansas de mirar como nunca te cansas de escribir, y más aún en estos tiempos de zozobra, el nombre de la Esperanza.

jueves, 16 de julio de 2015

Triana y su Velá




¿Qué es Triana? La pregunta nos lleva al terreno resbaladizo de los conceptos, esa cucaña untada con el sebo de las palabras que nos arrojan directamente al río de la duda. ¿Qué es Triana? ¿Un barrio como el praguense de Mala Strana o el romano del Trastevere con los que comparte ciertos sonidos comunes? ¿O es un pueblo del Aljarafe situado a orillas del mismo Betis que le da nombre a su media calle mayor, la que siempre tendrá una acera porque la otra es el Paseo Colón?

Triana ya no es el viejo arrabal donde Alfonso X el Sabio mandó levantar la primera iglesia de Sevilla –el resto eran mezquitas reconvertidas- para agradecerle a la Virgen la cura de un mal en los ojos que a punto estuvo de dejarlo ciego. Ahí nació la devoción a la Abuela del Cachorro que ha marcado, desde entonces, los pulsos del verano trianero por obra y gracia de la Velá de Santa Ana, vulgo Señá Santana. La Velá es la fiesta más antigua de Sevilla, la que ha pasado por todas las penas y todas las alegrías que han conformado el ser de este lugar que va más allá de las fronteras de la Cava de los Gitanos y de la Cava de los Civiles, porque Triana llega a los pisos del exilio de Alcosa, a los bloques del Polígono, a los adosados de Sevilla Este…

Triana traspasa las fronteras del tiempo y del espacio porque no es un barrio, ni un pueblo, ni siquiera el viejo arrabal que fue. Triana es una forma de entender la vida. Esa manera de ver el mundo no es de ayer ni de antier, sino que viene desde muy lejos. Que se lo pregunten a Ángel Vela, uno de esos trianeros enamorados de esta mujer de cerámica que nos mira con los ojos verdes del puente, que nos acaricia con la brisa que cada tarde nos deja la ‘mareíta’ en el rostro cuando buscamos ese poniente donde Dios se manifiesta con la paleta del color. Ángel Vela acaba de publicar Triana y su Velá (Guadalturia), un libro que recorre la historia de esta fiesta desde 1280 hasta 1948, un esfuerzo titánico para dejarnos esta joya que puede leerse como si de una novela se tratase, este espejo stendhaliano que refleja el ser de Triana desde la Edad Media hasta la mitad del siglo pasado. Lo afirma Emilio Jiménez Díaz en el prólogo, y tiene razón el maestro que nos enseñó los secretos de la soleá cuando su voz dictaba lecciones del mejor flamenco en aquellos transistores que acompañaban las largas tardes del verano.

Ángel Vela se enamoró de Triana hasta el punto de dejarse media vida en las hemerotecas, fatigando páginas de libros y de periódicos, guardando fotos y archivando recuerdos propios y ajenos. Esta noche, cuando den las nueve y media en el barrio que hoy celebra el día de la Patrona a la que un día de noviembre se llegó a ver la mismísima Virgen de los Reyes, que por algo es su Hija, se presenta esta joya bibliográfica en el hotel Abba. Por si alguien no lo sabe, Abba es la palabra con la que llamaba al Padre un Trianero al que le siguen llamando Cachorro.

jueves, 2 de julio de 2015

Sevillanos sin Sevilla


 La “Sevilla vieja / donde se dormía el tiempo / con palacios con jardines,/ bajo un azul de convento” resucita cada verano, cuando hace la calor y las calles se quedan aisladas en ese vacío que tanto se parece a la soledad. Porque Sevilla posee un alma digna de ser estudiada por el profesor Rodríguez Sacristán en su imprescindible Psicología del sevillano (Almuzara), un libro donde se desvelan las claves que le confieren a la ciudad esa personalidad que la convierte en humana. Los fines de semana de julio y agosto Sevilla no se queda vacía: se queda sola, que es distinto. Como solos se quedan los sevillanos que huyen hacia el mar en un éxodo que merecería una disquisición aparte. 

Durante el hueco que forman esas tardes de sábado y de domingo habría que darles la vuelta a los versos de Antonio Machado. De la Sevilla sin sevillanos que soñaba este hispalense adusto, a los sevillanos sin Sevilla. La media distancia que maneja el sevillano para relacionarse con la ciudad se vuelve insoportable en verano. Sevilla nos expulsa del paraíso soñado y nos arroja a los brazos del mar, o nos deja encerrados en el exilio interior de la casa donde encontramos el frescor que no existe en las calles tomadas por la llamarada inmisericorde del calor.

Entonces comprendemos que no vivimos en una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Sevilla se queda sola como solo se queda el torero después de matar al toro en la soleá de Bergamín. Sevilla se queda sola como ese nazareno que busca en la clausura de la sarga o del ruán el tiempo en que todo regresa al escalofrío de la infancia. Sevilla se queda sola como el poeta que se encuentra con el regalo de un endecasílabo que Alguien le ha dictado en la penumbra de su escritorio. Sevilla se queda en esa soledad de la soleá que entreviera Montesinos y que ella canta con los ojos cerrados por la luz que la ciega: “Que nadie se llame a engaño, / todo el que vive por dentro, / por dentro se va matando”. Terrible y verdadera. 
 
Sevilla vive por dentro en esas tardes azotadas por el sol, cuando rememora la suavidad de los atardeceres que invitaban a compartir la emoción en sus calles rebosantes. Los sevillanos entregan la ciudad a la Soledad que cierra esos días del esplendor con un silencio que anticipa este vacío de julio y de agosto. Los sevillanos se quedan sin Sevilla para empezar a añorarla, para desearla como si fuera una mujer tan hermosa como esquiva, tan atractiva como imposible. Porque Sevilla, como ya se dijo antes, posee un alma sedimentada por el tiempo que le da el ser. Por eso no es una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Para la compañía que nos ofrece cuando se abre de brazos en abril y para la soledad en que nos deja, abandonados al ejercicio de la nostalgia, cuando prefiere quedarse a solas consigo misma.

jueves, 18 de junio de 2015

Una cruzcampo en Estocolmo


Sostenía el añorado Félix Bayón, un periodista de raza que nos sigue guiando a pesar de que la muerte se lo llevó de forma tan injusta como prematura, que su sueño era la visión de Marbella como una Dinamarca con buganvillas. Lo mejor del norte con la generosidad que la naturaleza derrochó en el sur. Algo parecido nos sucede cuando nos llevamos a Sevilla en la memoria para verla reflejada en las ciudades que visitamos. Estocolmo, por poner un ejemplo. Pasear por sus calles ordenadas, limpias y silenciosas nos devuelve esa imagen idílica de una ciudad soñada e idealizada, ya que en la realidad todo es muy distinto: el orden cae vencido por el caos del tráfico y de las obras absurdas, la limpieza se emborrona con las pintadas que allí hay que buscar con lupa y que aquí salen a nuestro encuentro, y el silencio se queda en el mito maestrante y nazareno cuando asistimos al griterío que se prodiga en bares y terrazas como si el sevillano fuera sordo de nacimiento.

No ama más a una ciudad quien se regodea en unos piropos tan desgastados como falsos, sino quien desea lo mejor para ella. Ya quisiera uno que en Sevilla funcionara el transporte público como en Berlín o en el mismo Estocolmo, una ciudad asentada sobre catorce islas donde se puede elegir entre el metro, el tranvía, el autobús, el ferry, la bicicleta o el cómodo paseo por calles de incólume pavimento o por parques que forman parte del entramado urbano: no hacen falta rejas ni cancelas porque allí el vandalismo no existe. Ese transporte público es el que propicia un ambiente sosegado, con escaso tráfico, sin un coche mal aparcado ni dobles filas que a veces se convierten en triples. Aquí, en esta Sevilla de las trasnochadas ideologías que regurgitan lo peor del siglo XX, la peatonalización se impone por las bravas desde arriba en vez de acometerla desde abajo. Justo al revés de lo que debiera ser.

Y para los irreductibles de la identidad hispalense, un dato más que significativo. En Stora Nygatan, una calle estrecha de la muy rancia isla de Gamla Stan por la que lucirían las cofradías más que en algunas vías de nuestro degradado casco histórico, hay un bar de tapas que hace esquina con la plaza de Komhamnstorg: no tiene pérdida. Allí hay un tirador de Cruzcampo para quien añore el sabor que nos reconcilia con nuestra memoria. De las otras rubias, las que lucen palmito y cabello de color platino sin tinte alguno, las que volvían locos a los españolitos de los años sesenta cuando venían a tomar el sol en bikini, ya hablaremos otro día. Porque las calores de verdad comienzan cuando se sobrepasan los cuarenta: no estamos hablando de grados centígrados, sino de tacos de almanaque. Esas rubias paseando por la ciudad que emerge de las aguas son el complemento ideal para refrescarse con una cruzcampo en Estocolmo… aunque el termómetro no pase de los veinte grados.

martes, 2 de junio de 2015

El espejismo del Corpus




Si la Semana Santa es el espejo donde se mira la ciudad, el Corpus es su espejismo. La generosa y cóncava mañana, como la definió Borges al sentirla en la ceguera de su piel, proyecta en las calles alfombradas de juncia y romero una imagen idealizada hasta el extremo del ensueño. Por unas horas regresa la Sevilla universal que refulgía como la plata que entraba por el Arenal , la misma que cinceló José de Arfe en esa Custodia monumental que sirve para que Dios a cuerpo se eche a la calle (Burgos dixit).

La ciudad de espléndido pasado se representa a sí misma en el gran teatro barroco del Corpus. El sevillano se duplica hasta el punto de ser figurante y figurón a un tiempo. Los mismos capillitas que salen en el cortejo son los que luego ven el discurrir de la parte más noble de la procesión a su regreso por Placentines. El Corpus es la pescadilla que se muerde la cola, la sierpe que entra por la Puerta de los Palos con el fulgor barroquísimo de los cascos de los niños carráncanos mientras el Niño Jesús del Sagrario aún no ha salido por San Miguel.  Ciudad circular en el espacio y en el tiempo que da vueltas, como el Giraldillo mismo, sobre su propio eje para no llegar a ninguna parte.

El fuego solar del mediodía se encargará de diluir el espejismo que morirá con las primeras sombras de la tarde. Sosegada y en calma, sesteante como una señora mayor que siente la fatiga de los años en el peso de las joyas que ha sacado del empeño para lucirlas como si la riqueza aún fuera una de sus señas de identidad, la ciudad se acogerá al silencio de unas calles que seguirán oliendo levemente al perfume del campo que por un día entra en su santuario intramuros. La representación habrá terminado con el revuelo de campanas y el sol altísimo de junio inundándolo todo con su claridad sin fecha. 

Entonces volveremos a esa normalidad que tanto miedo nos da, al ‘horror vacui’ que produce ese tiempo sin tiempo que va de una celebración a otra. En la memoria, la imagen reciente de una ciudad que ha vivido por unas horas la magnificencia de ese pasado que nunca termina de pasar. Figurantes y figurones con el traje gris marengo, “que es el único que tengo”. Espejismo contra la crisis que no cesa desde el siglo XVII. Nihil novum sub sole, o sea, nada nuevo bajo el sol que labra espejismos de plata en el horizonte ciego de una ciudad que se busca en lo que fue.

jueves, 14 de mayo de 2015

Jardines de Murillo




“Ante el paso del tiempo, sólo anhelas encontrarte otra vez en los Jardines que siguen conservando el sitio que dejaste”. Lo ha escrito María Sanz en un libro que es una joya, una obra miniada en esa prosa que esconde endecasílabos y alejandrinos en las veladuras de la poesía del silencio, tan sevillana en el sentido más hondo del término. Lo ha escrito María Sanz en ‘Jardines de Murillo’, un libro que sigue la estela de Platero y de Ocnos, de aquel Pueblo lejano de Romero Murube.

Ante el paso del tiempo sólo buscas la ciudad perdida mientras los políticos se dedican a venderte la ciudad prometida que nada te importa. Tras el ruido provocado por ese vuelco que ha conmovido la médula de la ciudad necesitas el silencio de esos Jardines que buscas en Nueva York, al lado de la fuente donde un ángel camina, con el pie izquierdo por delante, sobre las aguas de la Bethesda. O en Londres, cuando cruzas Hyde Park en busca de la casa donde Wellington guardó El aguador de Sevilla, el cuadro que le sirvió a Velázquez para abrirse paso en esa Corte donde lo conocían como El Sevillano. O en Estocolmo, donde comprendiste que la continuidad de los parques no era solamente un relato de Cortázar, sino una forma de ciudad.

Mas en ningún lugar del mundo encontrarás los Jardines que van ligados con tu origen y con tu destino, como te recuerda Cernuda en esta tarde de azules que rayan el cobalto y que te dejan un poso de nostalgia en la garganta. Fuiste un privilegiado y tú lo sabes. La infancia era el territorio inmaculado donde aún no sentías la aguda espina del deseo, donde el tiempo era una dicha, no la amenaza que te persigue desde el fondo barroco de tu memoria.

Sabes que es imposible pasear por los Jardines de Murillo sin que te asalte ese ramalazo de poeta que jamás cuajará en tu limitada inteligencia. Sabes que allí está la ciudad soñada que te hace escribir de la otra, de la vulgar y anodina, de la que se presta a los embustes y a los enjuagues, a las mentiras y a la ojana que le da la vuelta a la chaqueta en cuanto cambian de sentido las flechas veleidosas de las veletas. Esa no es tu ciudad aunque escribas de ella.

Tu ciudad está en otra parte. En otro lugar y en otro tiempo. Tu ciudad está en esos parterres que siguen llamándote por tu nombre, en esa fuente donde aprendiste a leer a Machado antes de encontrarte con sus versos, en ese león de piedra que baja de su pedestal cada anochecer para demostrarte que el realismo mágico lo viviste mucho antes de abrir las páginas de Macondo. Tu ciudad está en esos Jardines donde sigue sentada, en un banco de ladrillo y de cerámica, la mujer que cuidaba tu sombra mientras tú gozabas de la luz infinita de la infancia. En esos Jardines sigue jugando el niño mientras el hombre se dedica a buscar la ciudad soñada en los destellos efímeros de su belleza.

sábado, 2 de mayo de 2015

La flor de la jacaranda




El color es el sufrimiento de la luz. La frase de Goethe se hace presente cada vez que mayo llega a la ciudad cansada de tantas emociones que se reflejan en la gama de los sentimientos. Porque en Sevilla los colores significan. El color trasciende lo físico para colarse por las rendijas del alma. No podría ser de otra manera si tenemos en cuenta el carácter barroco de esta ciudad que es una sucesión de alegorías.

En la pintura, el dibujo es lo masculino y el color pertenece a la esfera de la feminidad, como postuló el academicista Charles Blanc allá por los años del Segundo Imperio francés. La forma es racional, permanece y dura. El color depende de la luz, del contraste, de las sombras. Está claro que en una urbe tan rotundamente femenina como Sevilla el color domina sobre el dibujo hasta el punto de diluir los perfiles como hizo Velázquez en su sevillanísima Venus del espejo, esa ciudad convertida en mujer que se mira en el cristal que le sostiene el ángel de la gracia.
El color dominante de mayo es el azul violáceo que destilan esos árboles de nombre guaraní que nos recuerdan nuestro esplendor americano: la jacaranda. La flor de la jacaranda se sostiene levemente sobre el color que nos anuncia los incomparables atardeceres de Eugenio Noel. Es un azul con vocación de ese morado que este año no estremeció a la ciudad en la Madrugada donde los colores significan más que en ninguna otra noche del año. Verdes y azules que tienden al violeta se suceden en las avenidas para que sigamos idealizando a la ciudad vulgarizada. El mismo nombre es evocador, bellísimo en su estructura fonética, con resonancias de tierras que llevan las huellas de aquella esplendorosa Sevilla del Seiscientos: jacaranda…

Su follaje es efímero, caedizo como las hojas de los almanaques que le marcan los pulsos a esta polis inscrita en el tiempo más que en el espacio. Su forma, irregular. Un poquito caprichosa. El exotismo está medido y asimilado en la memoria, no rechina. Y el placer que provoca en la retina contiene esa melancolía que es tan propia de los poetas que buscaban, buscan y seguirán buscando a Sevilla en esos elementos tan sutiles como el color, el aroma, la música, la nostalgia… Uno se imagina a Bécquer, a Izquierdo, a Cernuda contemplando estos árboles florecidos mientras caminan solitarios en pos de la belleza junto al río por el que discurre la gran metáfora de la vida.

En estos días de ruido y de celeridad, en esta época donde la algarabía corre pareja con las prisas, nada mejor que refugiarse en los dos elementos que son imprescindibles para que florezca el ideal de la hermosura: el silencio y la lentitud. La flor de la jacaranda es el presagio del atardecer y el recuerdo de esa túnica que este año faltó a su encuentro con la amanecida. Como diría Goethe si se diera un paseo por las avenidas teñidas de malva, la flor de la jacaranda es el sufrimiento de la luz en las desmayadas tardes de mayo.

miércoles, 15 de abril de 2015

La ciudad de la gracia




La gracia que buscaba José María Izquierdo, uno de los inventores de la Sevilla que jamás existió, no está en esa Sevilla impostada, rebuscada y empalagosa. La gracia depurada que Izquierdo soñaba en sus paseos por el río está en esos trajes que le dan la vuelta al ruán del nazareno. La ciudad de la gracia por la que divagaba Izquierdo es un paréntesis en el tiempo, un suspiro con hechuras de primavera que este año se disfraza en los almanaques con el nombre del mes de mayo. Si la Semana Santa le sirvió a Caro Romero para descubrir que la vida es una semana, la Feria nos demuestra cada año que la belleza apenas dura siete días.

Digámoslo de una vez y para siempre: una mujer vestida de flamenca es una catedral andante, un monumento a lo efímero en esta ciudad barroca donde las dualidades no se tocan, sino que se rozan con la mirada. Dios quiso crear el vuelo, como canta Manuel Pareja Obregón en esa película que le sirvió a Juan Lebrón para salvar a las sevillanas de la crueldad del tiempo y elevarlas a la altura del Arte. Dios quiso crear el vuelo y se valió de los brazos de una mujer vestida de gitana, esos brazos desmayados que se alzan sobre la perfección de los hombros para buscar un cielo pespunteado de farolillos venecianos. El lapislázuli y los rojos de Tintoretto y de Tiziano en los canales amarillos del albero. Y como quiso recrearse en su obra maestra, el Creador de la Gracia le colocó en los ojos las vidrieras por donde la luz se cuela en la penumbra de su alma de mujer. Como para no perder el ‘sentío’…

En esos lunares está cifrada la espina aguda del deseo que atormentaba a Cernuda, la belleza que Juan Ramón buscaba en los atardeceres que le sirven a Dios para sacar la paleta donde guarda la pureza del color, el pellizco de la soleá de Aquilino Duque que acompaña la guitarra del cuerpo femenino cuando la letra se escapa de los labios: “Reloj de arena tu cuerpo, / te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo”. Ese tiempo se duerme en las muñecas que giran en el cristal del aire, como si el vestido fuera un capote donde muere el deseo de quien se encela con tanta hermosura. Se baila como se es, que diría Belmonte.

Dios quiso crear el vuelo en esos volantes que giran como los astros que se encienden en la noche, en esas miradas que se quedan prendidas en el azafrán tostado de la piel, en ese misterio que florece cuando la ciudad se busca en las entrañas de abril. La ciudad cae rendida en los brazos de la gracia, en el talle que contiene los secretos de la armonía, en esas caderas donde el universo se curva para no dejar por embustero a Einstein. Hay poetas que darían la vida por un verso que describiera esa mudable maravilla. Un verso como el que le sirvió a Lope para cerrar su soneto sobre el amor. Un verso que se quiebra como una cintura donde da la vuelta el aire: Así es la gracia, quien la vio lo sabe…

lunes, 30 de marzo de 2015

El silencio del Gran Poder




“Como una sola voz, enronquecida, / se iba oyendo la saña, la locura. / ¿Qué respuesta daría tu dulzura / a ese fragor haciéndote otra herida?” Se lo preguntaba María de los Reyes Fuentes al Cristo silencioso que espera el horror de la Pasión con esa dulzura que nadie sabe explicar porque no es de este mundo. Murió la poeta bajo la fría lluvia del febrero que pasó como todo pasa en la vida, pero sus versos se quedaron para explicarnos lo que sucedió en la tarde caldeada de junio. Ante el atropello de la locura, los ojos que siguen clavados en los náufragos que buscan ese rostro como si les fuera la vida en ello: “Tu mirada, doliente y conmovida / –qué flor más enraizada de ternura, / qué faro destacando tu figura–, / dejaste en el tumulto detenida”.

Cuando la Semana Santa no sabe a dónde ir, llega el Gran Poder y vuelve a marcar el rumbo con su zancada insobornable. Aunque lo haga de esa forma tan barroca que se conoce con el nombre de paradoja. Quien fue humillado y escarnecido se presta una y mil veces a la ofensa que nos muestra el camino, la verdad y la vida. El cristianismo supuso una revolución porque el Gran Poder del Cristo no se manifestó con los inexistentes batallones que le servían a Lenin para mofarse del Vaticano, ni con el oro que algunos atesoraron sin leer la parábola de los lirios del campo. La revolución del cristianismo llegó de la mano tendida del perdón, del brazo que se ofrece como la tercera mejilla para que alguien lo rompa de cuajo.

El cristianismo es perdón o no es nada. No hay movimiento que se le puede comparar en el universo ni en su historia. Por eso el Gran Poder puede con todo lo que le echen, lo que le digan, lo que le hagan. La blasfemia y el ataque a su imponente figura no son más que un regreso al pretorio, al patio de Caifás, a la calle de la Amargura, al monte de la Calavera. Ese perdón que se adivina en el rostro de Jesús del Gran Poder es el que obliga al articulista, torpe hoy como nunca, a escribir en voz baja. Casi susurrando. Como si las palabras pesaran menos que el aire vacío del camarín. Como si fueran esos rezos apagados por el dolor que el Nazareno escucha desde la noche de los tiempos. Son las palabras que nos envía desde la otra orilla de la Verdad la mujer que le escribió al silencio infinito de Dios. “Y para más contraste a la demencia, / al odio y al estruendo del gentío, / contestaste además, tras la mirada, / con otro gesto de tu gran paciencia:/ tu silencio, Señor, qué desafío, / qué modo de decir sin decir nada”.

No se alzará ninguna mano para responder la afrenta. La venganza no tiene sitio en el rincón de San Lorenzo donde la ciudad ha depositado lo mejor de sí misma, los sedimentos que allí han ido dejando los náufragos de la vida que se acercan con la mano en el corazón y con el corazón entre sus manos. Allí habita el perdón, esa forma suprema del olvido. Allí brota el silencio fecundo de Dios que golpea suavemente el aldabón de la conciencia. No habrá venganzas. No. El Gran Poder no es de madera. Es esa astilla que un día alguien –madre, padre, hermano, esposa- nos clavó para siempre en el corazón.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Cuaresmitis aguda


Pidió la venia en la sala de triaje y luego preguntó si le podían dar dos minutos más de paso. Fue guiando al enfermero que lo llevaba en la camilla. ¡La izquierda alante y la derecha atrás! ¡Menos paso quiero! El camillero no daba crédito a la pregunta que le hizo aquel enfermo que exigía un botellín de oxígeno con olor a azahar.

–Oiga, ¿ustedes se han planteado un cambio de recorrido para despejar la sala de espera? Intuyo que existe la posibilidad de que las camillas que vienen de vuelta de radiología tengan que esperar a las que entran en la carrera oficial tras pasar por el palquillo de triaje…

La doctora lo auscultó. El corazón redoblaba como el tambor de Hidalgo. Al respirar profundamente, un olor a incienso llenó el aire de la consulta. No dijo treintaitrés, como es costumbre, sino que se puso a contar nazarenos que pasaban por su calenturienta imaginación. Por parejas. Por tramos. Ahora las insignias con las cuatro varas. Y la bulla de cirios verdes o morados delante del paso.

El TAC era imprescindible. La Tomografía Axial Cofradiera dio como resultado un diagnóstico más que previsible. Cuaresmitis aguda con neurosis vesperal y síndrome de Kim Narius. Los análisis de sangre y de orina vinieron a confirmarlo. Glóbulos rojos bordados en oro. Leucocitos de sarga. Plaquetas neobarrocas. Velocidad de la sangre a paso racheao. Y una orina espumosa como la cerveza que trasegaba entre concierto y conferencia. El oculista le detectó una malformación de la visión producida por la ingesta visual de diapositivas en sus años mozos, cuando aún no se llevaba el selfie delante de los pasos o de las bandas. Y el otrorrino comprobó que sus tímpanos eran como el título de la novela de Pérez Reverte: la piel del tambor.

Después de sufrir un parón en la sala de espera entró en la UCI. La Unidad de Capillitas Intensivos estaba abarrotada. Cuando le sirvieron la comida -espinacas con garbanzos, bacalao con tomate y torrija- preguntó por la hora de la visita del pregonero. El enfermero no lo dudó y llamó al doctor Rodríguez Buzón, que aquel día estaba de guardia en Psiquiatría. Aquel paciente necesitaba una dosis de Ripioversiculina en vena para sobrevivir a la cuarentena.

Publicado en Pasión en Sevilla

viernes, 6 de marzo de 2015

Es marzo




“Te corre por las vértebras un hondo escalofrío / en el que reconoces esa llamada antigua / de todos los abriles y algún marzo temprano…”. Es marzo y tú lo sabes, como lo supo Ignacio Camacho cuando escribió esos alejandrinos que sobrevivieron al efímero papel donde se imprimen los periódicos de hoy que mañana serán la mortaja amarillenta donde ni siquiera brillarán las escamas del pescado. Es marzo y tú lo sabes desde que eras el niño que rebuscaba ese aroma que el maestro Garmendia te recitaba como una letanía: “Ya huele a Semana Santa”. 

Es marzo en los únicos almanaques que pueden herirte con los perfiles afilados de esas hojas que se clavan a medida que van cayendo como caen los sevillanos que hicieron posible lo imposible: el renacimiento de esa fiesta que le marca los pulsos y las horas a esta ciudad de un pasado tan espléndido como perdido, tan real como inexistente, tan paradójico como barroca es la esencia de la Sevilla que le da el ser y el existir a su Semana Santa. Es marzo en las esquinas por donde el aire asoma con ese vago reflejo de la flor del naranjo que siempre nos pilla desarmados, en las calles que dan al poniente para que regrese la luz perfilada de Romero Murube, en los templos donde el retablo se oculta tras el rojo veneciano que enmarca la muerte del Cristo como una caricia de terciopelo.

Es marzo más allá de las trifulcas que se suceden en la sede de Monipodio, de las promesas que unos y otros hacen para cumplirlas… o no, de la propaganda que quiere inocularnos un modelo de ciudad como si Sevilla tuviera que parecerse a Berlín o a Salzburgo, como si no tuviera bastante con ser ella misma. Es marzo en el rito íntimo de la Casa de Pilatos donde aún resuenan las voces de aquellos artistas que trajeron el Renacimiento a la ciudad del Barroco, y en la penumbra de San Ildefonso donde Dios está Cautivo en las manos del Hijo, y en el rincón de San Lorenzo donde habita Aquél cuyo nombre no hace falta escribir, y en ese sosiego que sólo puede brotar del nombre conseguido de los nombres: Silencio.

Es marzo y todo regresa con la liturgia de la luz que lleva dentro el tiempo sin tiempo de tu infancia, con la vuelta al origen que te mantiene en pie y que te ha recordado tu hijo cuando te ha dicho, con esa sencillez que guarda las verdades más hondas de la ciudad, que hacía una tarde de Semana Santa. Sevilla es el reloj, no el mapa. Ya lo escribió Ignacio Camacho una vez y para siempre en esos versos destinados al periódico que hoy regresan a esta ciudad de papel: “Cuántas veces has visto estos mismos instantes / grabarse en tu conciencia desde que eras pequeño, / desde el día feliz en que tú fuiste uno / de esos niños que ahora remueven tu memoria, / las tardes luminosas que pasabas cogido / de la mano segura que marcaba el camino / por donde transitaba tu lejana pureza”. Es marzo en la ciudad de la inocencia y tú lo sabes…

domingo, 15 de febrero de 2015

El monstruo de las torrijas


Decíamos ayer, que en la realidad agónica de los almanaques fue la semana pasada, que el muy sevillano monstruo de las croquetas tenía su prolongación natural y postrera en el monstruo de las torrijas. Y así es. Si existiera un programa de televisión que se denominara Rancio Sésamo, el monstruo de las torrijas sería el protagonista. Sin duda. En vez de las galletas del personaje que aparecía en Barrio Sésamo, nuestro torrijiano particular no pararía de deglutir enmeladas rebanadas de pan debidamente empapadas en un vino dulce que al final se le sube a la cabeza. Miel y vino hacen más corto el camino del ripio y de la poesía que destila este vate local que reaparece cada primavera para endulzarnos la existencia.

El monstruo de las torrijas degusta un pregón cada noche cuaresmal. Los fines de semana, dos por jornada. A veces los escucha con unción poética. En otras ocasiones es su augusta figura quien los pronuncia con fruición sonora. Porque este creador de torrijas en rima asonante se regodea con las metáforas que salen de su magín y que encadena como si fueran los pestiños líricos o reales que se traga por docenas: “Sevilla es vocablo musical que desde los ancestros de sus vericuetos urbanos se asoma a los cielos que recrearán el piropo floral de la primavera cuando la luz pinturera se refleje en las crisálidas de sus crisoles cual clepsidras cristalinas que trasminan ese perfume que sólo desprenden las flores en la ciudad de la gracia…” Y se queda tan tranquilo.

Al pobre monstruo de las torrijas quieren echarle la culpa del retroceso que padece su muy amada, piropeada y pregonada ciudad de Sevilla, quintaesencia de los sentimientos más hondos que se pueden despertar en el alma cándida de su ser, o viceversa. El mester de progresía se ceba con el monstruo de las torrijas mientras calla y otorga ante los cursis del lenguaje políticamente correcto –hay un artículo en el horno, cociéndose para ellos- que están cargándose Sevilla. El monstruo de las torrijas no roba, no trinca, no emite facturas falsas. Es inocente como un búcaro donde se enfría el agua que hace las delicias del sevillano cuando busca el frescor del líquido elemento en los calurosos crepúsculos de la canícula. Dejémoslo en la paz que le dan esos ripios que no se inspiran en Juan Ramón, sino en Pedro Ximénez.

sábado, 31 de enero de 2015

Esta niebla de Bécquer


Desnuda de la luz que se ausenta por unos días para darle descanso a su belleza, Sevilla se envuelve en esta gasa que disuelve sus aristas. Lo ha dicho Richard L. Kagan, el hispanista obsesionado por los retratos barrocos que han proyectado esa imagen de la ciudad que se sobrepone a su propia realidad: los turistas buscan la Sevilla romántica más que las setas o el tranvía. Es cierto. Buscan esa Sevilla que enamoró a los viajeros que encontraron en su exotismo a la primera mujer de la rima becqueriana, la ciudad ardiente y morena como una candelería que recorta el perfil gozoso de una Dolorosa, o como una noche estrellada de farolillos venecianos que iluminan las volutas de un talle femenino. O la Sevilla renacentista y refinada, tan rubia que se recoge el oro hilado en trenzas de mármol o de azulejos esmaltados en el horno del deseo. Esa Sevilla existe y sale al paso de los que se entregan, en cuerpo y alma, a sus encantos de mujer seductora y fatal.

Al igual que Bécquer no ansiaba la pasión del azabache ni el oro de la ternura, el sevillano que ha caído en el error de amor a la ciudad se queda siempre en el umbral, en el zaguán cerrado a cal y canto por la cancela de lo inalcanzable. Sevilla es inabarcable como el mar o como la luz que hoy le falta. De vez en cuando vienen bien estos días que dejan una pátina gris en los espejos para que la hermosura no ciegue los ojos de quien se dedica al ejercicio inútil de contemplarla. Esta niebla es una dulzura, un regreso a esa ciudad añorada que pervive en los pliegues de la memoria. El mismo Bécquer sufrió esa decepción cuando regresó de su primer viaje a Madrid y sintió que le habían robado ese paraíso que creía intocable. Desde entonces, el sevillano romántico no hace más que volver sobre el espléndido pasado como Cernuda en Ocnos, como Laffón en su Sevilla del buen recuerdo, como Montesinos en sus años irreparables, como Burgos en sus retratos de la vieja dama, como ese sevillano anónimo que se atreve a sumergirse en el laberinto mientras los jirones de niebla lo llevan de la mano hasta la médula del engaño. Todo es mentira, una bellísima mentira…

La mejor definición de la ciudad nos la da este gris que le pone el fondo exacto a la mujer que buscaba Bécquer: “Yo soy un sueño, un imposible, /vano fantasma de niebla y luz; / soy incorpórea, soy intangible: / no puedo amarte. /—¡Oh ven, ven tú!” Esto, que sería una tragedia en cualquier ciudad del mundo, se convierte en un escalofrío, que en Sevilla se pronuncia repeluco. Sabemos que todo es transitorio pero nos empeñamos en convertir la belleza soñada en algo eterno. ¿Qué nos queda? La espera, esa virtud que nos permite convertir esta niebla de Bécquer en un anticipo de la gloria que romperá las nubes como en un lienzo barroco: la víspera gozosa del azul.

jueves, 15 de enero de 2015

Sevilla o la ciudad en el tiempo


Hoy empieza todo en el calendario hispalense. Sevilla está más presente en su tiempo que en su espacio. La vieja ciudad sabe que lo efímero es lo que permanece y dura. Que pueden derribarse las puertas y las murallas, los templos y el caserío, el palacio y el corral de vecinos, pero que esa destrucción no afectará a los frágiles cimientos que la mantienen en pie: su ciclo anual. Sevilla es la voluta barroca que vuelve un año y otro año en las liturgias soleadas que se celebran al aire libre de la calle, en los ritos secretos que se ocultan en la penumbra de sus rincones. Sevilla no es más que ese paso que nos hiere por dentro cuando nos paramos a mirarlo en su peligrosa desnudez: el paso del tiempo.

Volverán a partir de hoy las tardes que a las tardes son iguales, como descifró Borges. Buscaremos la luz que destilará ese sol bajo de Romero Murube. La cuesta de enero le cederá el paso a la cuesta del Rosario o a la cuesta del Bacalao. Seremos prisioneros de esa libertad que ejercemos en los límites de esta ciudad-estado, de esta polis que se mira continuamente en el espejo de su narcisismo. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío” (Cernuda). Ese nombre no es otro que Sevilla, la ciudad que se convierte en víspera de sí misma, en continuo anuncio del gozo que se escapa por los husillos horarios de los relojes. Ya lo dijo Antonio Machado: la poesía es la palabra en el tiempo.