Sostenía el añorado Félix Bayón, un
periodista de raza que nos sigue guiando a pesar de que la muerte se lo llevó
de forma tan injusta como prematura, que su sueño era la visión de Marbella
como una Dinamarca con buganvillas. Lo mejor del norte con la generosidad que
la naturaleza derrochó en el sur. Algo parecido nos sucede cuando nos llevamos
a Sevilla en la memoria para verla reflejada en las ciudades que visitamos.
Estocolmo, por poner un ejemplo. Pasear por sus calles ordenadas, limpias y
silenciosas nos devuelve esa imagen idílica de una ciudad soñada e idealizada,
ya que en la realidad todo es muy distinto: el orden cae vencido por el caos
del tráfico y de las obras absurdas, la limpieza se emborrona con las pintadas
que allí hay que buscar con lupa y que aquí salen a nuestro encuentro, y el
silencio se queda en el mito maestrante y nazareno cuando asistimos al griterío
que se prodiga en bares y terrazas como si el sevillano fuera sordo de
nacimiento.
No ama más a una ciudad quien se regodea
en unos piropos tan desgastados como falsos, sino quien desea lo mejor para
ella. Ya quisiera uno que en Sevilla funcionara el transporte público como en
Berlín o en el mismo Estocolmo, una ciudad asentada sobre catorce islas donde
se puede elegir entre el metro, el tranvía, el autobús, el ferry, la bicicleta
o el cómodo paseo por calles de incólume pavimento o por parques que forman
parte del entramado urbano: no hacen falta rejas ni cancelas porque allí el
vandalismo no existe. Ese transporte público es el que propicia un ambiente
sosegado, con escaso tráfico, sin un coche mal aparcado ni dobles filas que a
veces se convierten en triples. Aquí, en esta Sevilla de las trasnochadas
ideologías que regurgitan lo peor del siglo XX, la peatonalización se impone
por las bravas desde arriba en vez de acometerla desde abajo. Justo al revés de
lo que debiera ser.
Y para los irreductibles de la identidad
hispalense, un dato más que significativo. En Stora Nygatan, una calle estrecha
de la muy rancia isla de Gamla Stan por la que lucirían las cofradías más que
en algunas vías de nuestro degradado casco histórico, hay un bar de tapas que
hace esquina con la plaza de Komhamnstorg: no tiene pérdida. Allí hay un
tirador de Cruzcampo para quien añore el sabor que nos reconcilia con nuestra
memoria. De las otras rubias, las que lucen palmito y cabello de color platino
sin tinte alguno, las que volvían locos a los españolitos de los años sesenta
cuando venían a tomar el sol en bikini, ya hablaremos otro día. Porque las
calores de verdad comienzan cuando se sobrepasan los cuarenta: no estamos
hablando de grados centígrados, sino de tacos de almanaque. Esas rubias
paseando por la ciudad que emerge de las aguas son el complemento ideal para
refrescarse con una cruzcampo en Estocolmo… aunque el termómetro no pase de los
veinte grados.

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