domingo, 30 de noviembre de 2014

Murillo que estás en los cielos


Cuando viste la suave blancura de la luna menguante sobre el fondo cerámico del azul celeste comprendiste que la ciudad es la luz que vieron los pintores que nacieron en su seno: a veces madre, casi siempre madrastra. La mañana era generosa y cóncava como la adivinó Borges en el barrio donde estaba tu colegio, como la veías tú cuando eras un niño marcado por el aforismo visionario del poeta ciego: “He dicho asombro donde otros dicen costumbre”. Por eso buscaste al pintor que convierte esa luna blanca y mañanera en la Inmaculada que se alzó sobre todos los males de su siglo, la Muchacha que viste de celeste esperanza para vencer a la crisis del Barroco y del capitalismo, a la epidemia de 1649 que diezmó la ciudad y a los males de nuestra época, al desengaño que nos muerde el pecho para alimentarse de las ilusiones que aún nos quedan.

Murillo nos espera en ese Museo de Bellas Artes donde reinan el silencio y la soledad, las dos eses que serpentean sobre Sevilla para advertirnos de su decadencia. ¿Cómo es posible que no hubiera nadie, absolutamente nadie, en la sala del Gran Taller donde san Andrés moría solo en el imponente cuadro de Roelas, donde el Niño recibe la adoración de pastores y magos –ahí está la revolución del cristianismo sin clases ni fronteras- en los óleos de Juan del Castillo, donde se pueden contemplar los lienzos de Murillo que no se llevó el mariscal Soult?

Los cuadros que nos birló el gabacho reciben miles de visitas en el Louvre, en la National Gallery de Washington y en la de Londres, donde el autorretratado Murillo no se cansa de ver el imponente culo de la Venus que pintó su paisano Velázquez: no podía haber encontrado un lugar mejor para pasar a la posteridad. Los lienzos que se quedaron en Sevilla apenas reciben las visitas de los sevillanos que no saben lo que tienen, que ignoran a uno de los mejores pilares donde se asienta la pintura barroca mientras discuten sobre imágenes procesionales que nada tienen que ver con el esplendor barroco o sobre la portada de Feria que reproduce la fachada del Salvador: más de uno creerá, con la media papalina, que está viendo la salida de la Borriquita cuando aparezca un caballo por allí.

Has ido otra vez en busca de Murillo y otra vez has leído el mejor endecasílabo que llevas dentro, el que trazó Quevedo para que el pintor lo tradujera en su mejor lienzo, pura filosofía. Santo Tomás de Villanueva le da una limosna a un mendigo cuya espalda es un prodigio anatómico apenas cubierto por un paño donde se adivinan la tela y la pincelada a un tiempo. Una madre ya ha recibido la limosna que le muestra a su hija mientras otros mendigos esperan su turno. Los tres tiempos del verbo están ahí, en Quevedo y en Murillo, en tu mente que te repite lo que eres mientras tus ojos siguen asombrándose ante la genialidad del artista: “Soy un fue, y un será, y un es cansado”. Fuera, la ciudad era milagrosamente azul.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El Alcázar en el tiempo



El Alcázar es la ciudad en el tiempo, la cadena que teje el vínculo con lo que somos, el arte sedimentado a lo largo de los siglos que siempre parece nuevo porque las modas no pasan por su clasicismo. Pero el Alcázar también ha sido, durante los últimos años, el lugar escogido por los que usaron a la ciudad para satisfacer sus intereses personales, partidistas. El palacio real en uso más antiguo de Europa ha servido para que un alcalde sin escrúpulos colocara a un concejal fracasado en un puesto que hasta entonces se había desempeñado por amor al arte, o sea, sin trincar. Además, el Alcázar también se rebajó hasta el punto de acoger en su seno lo peor que ha dado el rencor político durante los últimos años en esta ciudad. El aula de la media memoria histórica es una herida que hay que cerrar del todo cuanto antes, algo que será fácil si tenemos en cuenta que los buitres que se alimentaban de la carroña del pasado ya han salido volando. ¿Los veremos algún día trasmutados en gaviotas? Todo puede ser…

El nuevo equipo que se hará cargo del Alcázar a partir de ahora deberá despertarlo del letargo. Con suavidad, con cariño, incluso con ternura. Con esa mano de nieve que acaricia el arpa becqueriana para sacarle las notas que están dormidas en sus cuerdas. Con la delicadeza del azulejo, con el mimo que se adivina en la taracea, con la transparencia del agua que refleja lacerías y capiteles en el silencio líquido de sus estanques. Porque el Alcázar es el recinto amurallado donde se refugia la belleza que no pudieron destruir los enemigos de la ciudad, los que enarbolaron setas y  piquetas en nombre de un progreso mal entendido y peor asimilado.

Pasear por los patios y los jardines del Alcázar es sumergirse en el río de la historia, algo que no entenderán jamás los que conciben la vida desde el filo único y reduccionista del presente. Sevilla es lo que fue, lo que es, lo que será. Somos herederos de un pasado que debemos legar a los que vienen detrás para que no se rompa esta cadena, este vínculo que va más allá de lo estético porque hunde sus raíces en lo ético y en lo sensual, en lo afectivo. En una de sus salas se enamoró Carlos V de Isabel de Portugal cuando la vio en aquella madrugada que le quitó el sueño porque lo tenía ante sus ojos. Allí mismo se ha enamorado de Sevilla más de un loco que ha visto la sombra de Romero Murube detenida en un panel de azulejos, buscando el azul exacto para un verso. En el Alcázar las ventanas tienen los ojos verdes y las columnas son los brazos desmayados de una flamenca descalza. El ladrillo se convierte en la piel que dora el sol cuando atardece. Y en sus fuentes se acompasa la voz callada de una ciudad que se resiste a morir en los brazos insípidos de la vulgaridad. Porque el Alcázar es la belleza o no es nada.