lunes, 15 de diciembre de 2014

El portal del misterio


Un cielo de plomo se dejó caer, con toda su carga de sombra, sobre las calles tibiamente iluminadas. Pasó junto al viejo edificio de fachada plateresca, inacabada como tantas otras cosas de aquella ciudad que le provoca unos sentimientos contrapuestos. El arquillo está custodiado, como siempre, por los dos fundadores de la vieja Híspalis: el mítico Hércules y el romano Julio César. En el centro, cobijadas por el breve arco, unas figurillas que cada año se colocan allí por el peso de la costumbre o de la rutina. Se detiene un momento. A la izquierda, la fuerza de Hércules con ese garrote que lo convierte, irónicamente, en el guarda de aquellas figuritas. Al otro, el emperador que fue asesinado por su propio hijo. Y es que Julio César era tan hispalense que murió al sevillano modo, o sea, de una puñalada por la espalda…

Ni el héroe ni el emperador han sobrevivido más allá de los manuales de Historia. Se han quedado en la piedra que los siglos van erosionando. Y poco más. Estatuas de encargo que nadie mira, frialdad acompasada al tiempo desapacible que marca los ritmos del almanaque. Julio César se ha girado hacia la plaza, como si estuviera buscando una centuria de los suyos que le ayudara a ganarle la batalla de la memoria a ese Niño que concentra todas las miradas. Pero los soldados romanos que guardan el otro Arco de la ciudad cambiaron de bando hace tiempo y ahora siguen al perdedor de aquella Madrugada.


 “Las pajas del pesebre, / Niño de Belén, / hoy son flores y rosas, / mañana serán hiel”. Recita de memoria los versos premonitorios de Lope, la metáfora cósmica y vegetal de Góngora: “Caído se la ha un Clavel / hoy a la Aurora del seno…” Se ha quedado ahí, junto al arquillo, en el umbral del misterio. Sabe que la ciudad es una inmensa alegoría, una sucesión infinita de símbolos que se cruzan y se bifurcan, que crean una red que atrapa al cerebro y al corazón. En esa adoración de los magos se representa la Epifanía, esto es, la primera manifestación del Gran Poder que traía ese Niño cuando nació. Respira hondo. Muy hondo. Cuando mira el reloj se da cuenta de que se le ha hecho tarde. Disimula para que nadie adivine qué le pasa por dentro. Y aprieta el paso para llegar pronto al centro de su existencia, a ese lugar que el poeta Luis Rosales definió de una vez y para siempre: la casa encendida.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Murillo que estás en los cielos


Cuando viste la suave blancura de la luna menguante sobre el fondo cerámico del azul celeste comprendiste que la ciudad es la luz que vieron los pintores que nacieron en su seno: a veces madre, casi siempre madrastra. La mañana era generosa y cóncava como la adivinó Borges en el barrio donde estaba tu colegio, como la veías tú cuando eras un niño marcado por el aforismo visionario del poeta ciego: “He dicho asombro donde otros dicen costumbre”. Por eso buscaste al pintor que convierte esa luna blanca y mañanera en la Inmaculada que se alzó sobre todos los males de su siglo, la Muchacha que viste de celeste esperanza para vencer a la crisis del Barroco y del capitalismo, a la epidemia de 1649 que diezmó la ciudad y a los males de nuestra época, al desengaño que nos muerde el pecho para alimentarse de las ilusiones que aún nos quedan.

Murillo nos espera en ese Museo de Bellas Artes donde reinan el silencio y la soledad, las dos eses que serpentean sobre Sevilla para advertirnos de su decadencia. ¿Cómo es posible que no hubiera nadie, absolutamente nadie, en la sala del Gran Taller donde san Andrés moría solo en el imponente cuadro de Roelas, donde el Niño recibe la adoración de pastores y magos –ahí está la revolución del cristianismo sin clases ni fronteras- en los óleos de Juan del Castillo, donde se pueden contemplar los lienzos de Murillo que no se llevó el mariscal Soult?

Los cuadros que nos birló el gabacho reciben miles de visitas en el Louvre, en la National Gallery de Washington y en la de Londres, donde el autorretratado Murillo no se cansa de ver el imponente culo de la Venus que pintó su paisano Velázquez: no podía haber encontrado un lugar mejor para pasar a la posteridad. Los lienzos que se quedaron en Sevilla apenas reciben las visitas de los sevillanos que no saben lo que tienen, que ignoran a uno de los mejores pilares donde se asienta la pintura barroca mientras discuten sobre imágenes procesionales que nada tienen que ver con el esplendor barroco o sobre la portada de Feria que reproduce la fachada del Salvador: más de uno creerá, con la media papalina, que está viendo la salida de la Borriquita cuando aparezca un caballo por allí.

Has ido otra vez en busca de Murillo y otra vez has leído el mejor endecasílabo que llevas dentro, el que trazó Quevedo para que el pintor lo tradujera en su mejor lienzo, pura filosofía. Santo Tomás de Villanueva le da una limosna a un mendigo cuya espalda es un prodigio anatómico apenas cubierto por un paño donde se adivinan la tela y la pincelada a un tiempo. Una madre ya ha recibido la limosna que le muestra a su hija mientras otros mendigos esperan su turno. Los tres tiempos del verbo están ahí, en Quevedo y en Murillo, en tu mente que te repite lo que eres mientras tus ojos siguen asombrándose ante la genialidad del artista: “Soy un fue, y un será, y un es cansado”. Fuera, la ciudad era milagrosamente azul.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El Alcázar en el tiempo



El Alcázar es la ciudad en el tiempo, la cadena que teje el vínculo con lo que somos, el arte sedimentado a lo largo de los siglos que siempre parece nuevo porque las modas no pasan por su clasicismo. Pero el Alcázar también ha sido, durante los últimos años, el lugar escogido por los que usaron a la ciudad para satisfacer sus intereses personales, partidistas. El palacio real en uso más antiguo de Europa ha servido para que un alcalde sin escrúpulos colocara a un concejal fracasado en un puesto que hasta entonces se había desempeñado por amor al arte, o sea, sin trincar. Además, el Alcázar también se rebajó hasta el punto de acoger en su seno lo peor que ha dado el rencor político durante los últimos años en esta ciudad. El aula de la media memoria histórica es una herida que hay que cerrar del todo cuanto antes, algo que será fácil si tenemos en cuenta que los buitres que se alimentaban de la carroña del pasado ya han salido volando. ¿Los veremos algún día trasmutados en gaviotas? Todo puede ser…

El nuevo equipo que se hará cargo del Alcázar a partir de ahora deberá despertarlo del letargo. Con suavidad, con cariño, incluso con ternura. Con esa mano de nieve que acaricia el arpa becqueriana para sacarle las notas que están dormidas en sus cuerdas. Con la delicadeza del azulejo, con el mimo que se adivina en la taracea, con la transparencia del agua que refleja lacerías y capiteles en el silencio líquido de sus estanques. Porque el Alcázar es el recinto amurallado donde se refugia la belleza que no pudieron destruir los enemigos de la ciudad, los que enarbolaron setas y  piquetas en nombre de un progreso mal entendido y peor asimilado.

Pasear por los patios y los jardines del Alcázar es sumergirse en el río de la historia, algo que no entenderán jamás los que conciben la vida desde el filo único y reduccionista del presente. Sevilla es lo que fue, lo que es, lo que será. Somos herederos de un pasado que debemos legar a los que vienen detrás para que no se rompa esta cadena, este vínculo que va más allá de lo estético porque hunde sus raíces en lo ético y en lo sensual, en lo afectivo. En una de sus salas se enamoró Carlos V de Isabel de Portugal cuando la vio en aquella madrugada que le quitó el sueño porque lo tenía ante sus ojos. Allí mismo se ha enamorado de Sevilla más de un loco que ha visto la sombra de Romero Murube detenida en un panel de azulejos, buscando el azul exacto para un verso. En el Alcázar las ventanas tienen los ojos verdes y las columnas son los brazos desmayados de una flamenca descalza. El ladrillo se convierte en la piel que dora el sol cuando atardece. Y en sus fuentes se acompasa la voz callada de una ciudad que se resiste a morir en los brazos insípidos de la vulgaridad. Porque el Alcázar es la belleza o no es nada.

viernes, 31 de octubre de 2014

La Macarena de Benlliure


Si Dios está azul en el verso de Juan Ramón, ayer fue la muerte quien se revistió de ese color en el cielo donde la ciudad esboza sus autorretratos. La vieja Híspalis no es un cuadro, sino una exposición permanente, una interminable galería que le sirve para saciar la sed de su narcisismo. ¿Cómo vamos a enjaular a Sevilla en una definición única e inmutable, si se reproduce a sí misma en los trampantojos con que nos engaña a cada instante? Cuando llega abril se convierte en una ciudad efímera de farolillos venecianos que iluminan la fugacidad de la alegría. Y en este arranque de noviembre se muda a la ciudad definitiva, a ese cementerio que vive –así son las paradojas de esta ciudad barroca- sus días grandes cuando los vivos se acuerdan de los depositarios de su memoria.

En Sevilla el vivo de verdad ya no va al bollo, sino a la mariscada que cuadra con el gusto por la exageración, con la hipérbole de los bodegones churriguerescos. Y el muerto no se queda en el hoyo, sino que permanece en ese espacio indefinido del recuerdo, en la nostalgia que parece leve aunque sea el cimiento donde se asienta la verdadera ciudad. ¿Qué sería de Sevilla sin su pasado? ¿Hay más Sevilla en Velázquez o en ese aguador imputado que sigue empeñado en salir de rey Melchor, en Murillo o en los pícaros que cambiaron el melón de antaño por la langosta de hogaño, en Bécquer o en estos políticos que creen que las promesas son aire y van al aire como los suspiros de amor?

Hay más Sevilla en el otro barrio que en éste. Allí se decantan sus clases sociales: aristócratas en los panteones neogóticos de la entrada y nichos como polígonos verticales al fondo del recinto. Y allí se depura la ciudad hasta el extremo de convertirse en el escenario de la cofradía más honda y más conmovedora que recorre sus calles en la quietud del silencio cómplice. Cipreses de terciopelo verde para encuadrar el Cachorro que lleva las Mieles en su boca y la tragedia en las manos que le sirvieron a Susillo para quitarse la vida después de haber tallado las manos de la Amargura. Y el traslado al sepulcro de José, el torero que encontró la gloria en Talavera. Alrededor de esa obra maestra de Benlliure se adivina un olor apagado a nardos de angustia dibujada, que diría Lorca, y a incienso frío como cera ardida. De bronce los gitanos que llevan el ataúd abierto y de bronce la miniatura que porta la gitanilla que abre esta procesión fúnebre. No podía ser otra. El cielo se vistió ayer de azul esperanza como si fuera la mañana del Viernes. Los cipreses fueron más que nunca de terciopelo. Noviembre se disfrazó de primavera. La Macarena de Benlliure le ganó, una vez más, la partida a la Canina que lo reconoce en su “Mors mortem superavit”. Por eso dicen que por noviembre o por abril cumple diecinueve años…

martes, 14 de octubre de 2014

Luz de otoño




Para Antonio del Junco

El otoño no tiene quien le escriba. La ciudad se entrega a las vísperas que se suceden durante el invierno y que desembocan en una primavera cantada y pregonada hasta la extenuación. Luego llega el largo y caluroso verano que da pie a un costumbrismo añejo de cines de verano, jazmines en las tapias, tallitas de agua, frescor de búcaros donde nadie bebe y cucañas en el río detenido de la dársena. Pero el otoño no tiene quien le escriba a pesar de que es la estación más hermosa de la ciudad. Ese otoño se adivina en los cielos azules que resurgen tras las calores, en los ocres que brillan como el oro viejo de la historia que conforma la ciudad, en las espadañas donde se fija la última luz de la tarde.

Sevilla es una ciudad otoñal. Conserva la belleza que le dio fama y renombre en determinados lugares de su anatomía. Sus mejores poetas la han evocado en la nostalgia del tiempo ido o en la distancia que la envuelve en una bruma que embellece sus rasgos y disimula las arrugas que le ha ido dejando el único paso que nunca deja de pasar: el paso del tiempo. Eso lo saben los fotógrafos mejor que nadie. Someten a la ciudad amada al martirio del ojo que todo lo atraviesa y que todo lo ve. ¿Cómo va a situarse delante de un objetivo alguien que es pura subjetividad? En esa lucha, en ese duelo de espejos que se miran mutuamente siempre sale vencedora la ciudad del albero y el almagre, de las sebkas que tejen la piel morena de la Giralda, tostada de tantos soles como la han abrazado por su cintura de alminar.

Contemplar a Sevilla es abandonarse a la luz que destila en estos amaneceres de cristal, en estos mediodías donde los contraluces se cortan con el cuchillo afilado de la sombra, en las tardes doradas que suavizan perfiles y aristas como si la luz fuera el gran escultor que Marguerite Yourcenar identificó con el tiempo que todo lo erosiona. Caemos rendidos ante al amargo don de la belleza mientras sentimos cómo la vida es el tránsito que adivinaron los poetas barrocos y que Valdés Leal volcó en las Postrimerías de la iglesia de San Jorge, vulgo la Caridad.

No es tiempo de emociones. No estallará el azahar que muerde por dentro y que se clava en la carne como la cernudiana espina del deseo. Es la hora apagada de la melancolía. Es la dulzura del regreso, como Borges definía a la ceguera que le acompañó como un anticipo de la vejez y que a todos, ¡ay!, nos aguarda. Sevilla es algo más que una ciudad. Es el tiempo que fuimos y el tiempo que nos queda. Suena el eco de una campana en la transparencia del aire. Cae la tarde con suavidad de hoja en el brocal de un patio que ya no existe. Todo es tibio como la serenidad de la experiencia. La ciudad es una mujer en el punto exacto de la madurez. Y esa mujer sabe que su belleza es el antídoto contra la muerte.

miércoles, 1 de octubre de 2014

No me he dejado




Nos lo dice alguien que sabe más de Sevilla que la diosa Híspalis de la Puerta Jerez con sus niños meones, con perdón y con premio incorporado. En esta ciudad de los halagos y de la ojana, de los pergaminos y las orlas, de los mil y un títulos de hijos predilectos y adoptivos aunque sean más numerosos los hijos de eso en lo que usted está pensando ahora mismito, lo más elegante es decir que no. Ya lo dejó claro Miguel de Cervantes y Saavedra, un escritor islamófobo que se salva por su condición de persona con discapacidad manual: cuesta lo mismo un sí que un no. Lo suelta uno de los galeotes –este premio lo recogen en conserjería, en horario agosteño de oficina- en el correspondiente capítulo del Quijote. Y tiene más razón que un santo. Lo mismo cuesta un sí que un no.
“El mayor honor en Sevilla hoy es el NO: No tener calle, NO salir de rey mago, NO dar el pregón, NO ser presidente del Sevilla F.C., NO ser hermano mayor de ninguna cofradía... Si le añade usted tres o cuatro más NOes, ahí tiene el artículo hecho, pero, porfa, no me cite”. El honor es no citarlo.

Dejarlo en el silencio que recorre la médula de la Sevilla más honda. El silencio de Montesinos en su destierro madrileño, el silencio de la cancela que no se abre cada Madrugada para que salga el nazareno vestido de ruán que sigue el rito y la regla por el camino más corto de la memoria, el silencio de Laffón mientras cumple con la vigilia del jazmín en una noche sin mañana, el silencio de taberna y tabernáculo donde Núñez de Herrera descifra el alambique de Sevilla, el silencio espartano anudado a la cintura de quien lleva la penitencia que acarrea el haber cometido ese error de amor a la ciudad que Cernuda le adjudicó a Izquierdo.

Tiene razón este sevillano que no quiere salir en los papeles. El mayor honor en esta ciudad de la ojaneta de la Barqueta y del carril de la bicicleta es el NO. Urge una reinterpretación del NODO. Del “nomadejado”, al no me he dejado. Eso es lo que habría que hacer para limpiar el aire viciado por el elogio facilón, por el paripé que se hace en los cócteles de media tarde, por esa multitud de cargos y carguitos con que se adorna el exiguo curriculum de quien no ha hecho nada en la vida pero se siente importante por sentarse en una juntita de gobierno, en una directiva que no dirige nada porque aquí se hace lo que diga Oliver o Donmanué, en una asociación que sólo sirve para matar el tiempo mientras el tiempo se encarga de matarnos, como sentenció Cioran.

Fiel a su estilo, este sevillano anónimo que no quiere aparecer por ningún sarao nos da la clave que abre y cierra el cofre de los secretos de la ciudad que desprecia a los que se dedican a ella. Lector impenitente, este hermano de la cofradía del escepticismo clava el estoque en todo lo alto: “Haber escrito tanto sobre Sevilla es un pecado que la ciudad sólo perdona con la muerte”.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La ciudad reencontrada



¿Por qué huyes, si la ciudad te acompañará hasta el día de tu muerte? ¿No ves que es imposible dejar esa impedimenta para sentirte huérfano, sin origen, liberado de ese cansancio tan nerudiano que supone sentirse sevillano a cada momento? Todo viaje es un engaño, una quimera, una forma de cambiar el paisaje y el paisanaje para regresar al punto de partida. Te has marchado en busca de esa belleza que destila la ciudad donde el agua es una caricia continua que se desparrama por el sistema nervioso de sus canales. Y allí, entre el refinamiento dieciochesco de Tiepolo y la elegancia infinitamente serena de Bellini te has dado de bruces con tu ciudad, la que te acogió en su seno cuando eras el niño que aún llevas en el interior de tu asombro.

¡Quién te iba a decir que la Judería donde naciste estaría esperándote en los rincones ocultos de Venecia! Ese laberinto sin más salida que un azul compacto recortado por la tijera de los tejados, esa penumbra que la tarde va hilvanando a medida que caen las horas como un fardo de tiempo hueco, ese silencio que tanto se parece a la soledad, esa hermosura carcomida por la decadencia… Luego, o antes, te dedicarías a saborear ese dúo que forman el tinto y Tintoretto. Por un lado, las tabernas donde se le rinde culto al vino y donde se hace presente, fuera de nuestras fronteras, la máxima del sabio Euleón: para que te den bien de comer hace falta que al otro lado de la barra haya alguien con mucho malaje. Por el otro, la Scuola de San Rocco donde sus cofrades custodian celosamente las obras de Tintoretto, esa borrachera de arte que provoca un mareo en quien vuelca su mirada sobre esos colores que asombraron al mismo Velázquez cuando llegó a esta ciudad marcada por la maldición de la belleza.

Ebrio del arte que derrocha Venecia como si fuera el agua que a veces se alza desde los canales para poseerla como a una mujer fatal, te perdiste por ese laberinto en busca de la Sevilla que llevas dentro de tu memoria. Y la encontraste. En esos callejones donde tus pasos suenan con el eco de lo que fuiste, de lo que fue esta Hispalis que algunos están empeñados en cargarse al precio que sea con tal de seguir aferrados al poder que les sirve para disfrazar su mediocridad. Venecia no te ha herido con esos atardeceres que recortaban las cúpulas de la Salute o del Redentore sobre un cielo imposible de azules, de malvas, de rosas que se deshilachaban hasta hundirse en la oscuridad oscilante del mar. No. Han sido esos adarves, esas paredes que lucen los mismos desconchados de tu vida, esas iglesias vacías donde Dios vela solo como en el poema de Juan Sierra.

Te has ido para huir de la ciudad aunque eso sea imposible. Parece mentira que no sepas, a estas alturas de tu vida, que Sevilla no es un espacio ni un lugar concreto, sino una forma de vivir. O de morirse lentamente, que al fin y al cabo somos barrocos de nación y de nacimiento.

domingo, 17 de agosto de 2014

De San Bernardo a Belgravia



Estos días de lluvia te han llevado hasta un callejón de Belgravia, el barrio diplomático de Londres que en nada se parece a aquel arrabal de tu adolescencia, a aquel barrio de San Bernardo destruido por la especulación y la pobreza. ¿Eres el mismo niño que vio la luz en otro callejón como éste, con los mismos adoquines y con el sol que hoy por fin luce en el cielo inmaculado de la metrópoli donde hay más cuadros de Murillo y de Velázquez que en su ciudad nativa? ¿Somos los mismos que nos enamoramos de aquella Sevilla fea, destartalada, pobretona y sin horizontes, donde los jaramagos adornaban las ruinas de tantas casas como se vinieron abajo en los años de la piqueta?

De aquellas viejas tabernas apenas quedan unos cuantos mostradores de madera donde rendirle culto pagano al vino tinto con su punto agresivo, vulgo peleón, y a la rubia espumosa que nos refresca por fuera y nos acaricia por dentro. Todo se fue por el sumidero de una modernidad mal entendida y peor practicada. Sólo hay que darse un paseo por cualquier barrio londinense para encontrar el pub que es un refugio contra la vulgaridad, un oasis de maderas y de alfombras, de luces que convierten un lugar público en la prolongación del hogar, de tiradores de cerveza abrillantados como una crestería neobarroca.

Sevilla ha ido perdiendo su sabor en aras de un progreso tan falso como el plexiglás, como las barras de acero inoxidable y los veladores de plástico. Al salir de su perímetro materno nos damos cuenta de lo que hemos perdido, de los cafés que podrían llenar de vida la Campana o la calle de las Sierpes, de esos lugares que buscamos cuando viajamos porque no podemos encontrarlos en nuestra ciudad. Lo decía un sevillano con veinte años ante la fachada de un pub, rebosante de flores:

-Se parece al palio de la Esperanza de Triana…

Sentiste cómo te mordía una vez más el alacrán de la nostalgia en tu eterno pecho adolescente. Otra vez te ganó la ciudad cuyo nombre no hace falta escribir, otra vez sentiste la punzada en el rinconcillo del corazón, otra vez comprobaste que Sevilla es un fardo que llevamos en la espalda de la memoria, que irá con nosotros allá donde vayamos, y que nos sobrevivirá cuando se haga presente el verso que escribió el poeta al que retrató Velázquez y que a estas horas estará buscando un rayo de sol en el salón de la Apsley House donde Wellington invitaba a cenar cada 18 junio a los supervivientes de Waterloo. Seremos el polvo enamorado de esta ciudad que está aquí, en este callejón de Belgravia donde regresan los días azules y el sol de la infancia, en estos adoquines que pisarás con un repeluco inevitable cuando busques los Jardines de Murillo en la elegancia de los árboles que Dios pintó, con la pincelada de Cézanne, para colocarlos en Saint James Park. ¿Qué es Sevilla?, preguntas mientras clavas tus ojos en la pupila azul del cielo londinense. Sevilla eres tú.

domingo, 10 de agosto de 2014

Luz de agosto.



No puede equivocarse la luz, esa luz primera de agosto tan virginal, tan clara y tan pura en su ligereza, luz que apenas destacaba el perfil de la torre en el espejo quieto del río, luz que no hería con el brillo del color, luz silenciosa que predispone al cuerpo para las tres vías que les servían a los místicos para llegar a Dios. La vía iluminativa estaba ahí, al alcance de quien quisiera verla, presta para la caricia de la mirada que va mucho más allá de la retina.

No hay luz sin sombras. Te lo decían, sin mover los labios, aquellas mujeres que iban en busca de la plaza que lleva el nombre de la Virgen. Te recorrió un escalofrío por dentro. Fue un repeluco que llegó a la médula que le da sentido al hueso insobornable, como escribió Aleixandre, el poeta que vio la luz en aquel lugar que sigue siendo la puerta que da entrada al corazón de la ciudad. Alguien te lo dijo aunque nadie lo escuchara: tantas mujeres no pueden estar equivocadas. Mujeres que llevan su verdad por dentro, mujeres que han dado a luz y que han sentido la punzada del dolor, mujeres que caminan con paso lento por el peso de la edad, mujeres de abanico y pañuelo preparado para la emoción que espera, mujeres que le dan sentido a la verdadera caridad, esa virtud que tiene nombre de mujer.

No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que protagonizan esta mañana sin figurones revestidos ni aplausos al político de turno. Es la mañana de la Virgen. Y del silencio femenino. Un silencio de nardos, un silencio de sebka erizada en la piel de la Giralda, un silencio de monjas en penumbra que esperan el pincel de Zurbarán tras las rejas del convento de la Encarnación, un silencio de verdades, un silencio sonriente en el rostro del Niño que sale de paseo en brazos de la Madre. Te duele ese silencio de campanas que convierten el aire en una caja de música, te duele ese silencio de tu madre al otro lado de la orilla, te duele la ciudad que llevas dentro: es inútil que huyas. Es imposible alejarte de ella y tú lo sabes. Por eso te has dado el madrugón y te has acercado a la puerta del Misterio, al lugar donde la luz recién renacida marca las sombras de la duda y la luz de la certeza.

Media catedral iluminada por el sol que le sirve a Dios para encender los pináculos, y la otra media envuelta en la sombra que será un estallido de luz cuando la Virgen regrese. Recorre las gradas en el sentido inverso al de las agujas del reloj. Como si quisiera devolvernos al tiempo sin tiempo de la infancia. Te quedaste para volver a verla. Entonces todo era luz. Una luz que no podía equivocarse, una luz que acertaba de pleno al dorar el rostro alegre de la Madre y la sonrisa pícara del Niño. No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que volvieron al rito sin más regla que la costumbre. Tampoco te equivocaste tú: el candil de la razón era insignificante ante la verdad de Sevilla.

De Triana a París.



Triana es una mujer de cerámica que ha resistido el paso del tiempo, las hambrunas y las riadas del Guadalquivir que le da nombre a la calle Betis antes de que la corriente se convirtiera en la dársena donde se mira, femenina y fatal, cuando llegan estos atardeceres de naranja amarga. Así la ha retratado Antonio del Junco en ese programa de la Velá que ayer se presentó en la Peña Trianera: sombras a contraluz que cruzan el puente como si fuera la caverna de Platón. Triana es el capricho del Supremo Alfarero, el que se esmeró con el rostro de la Estrella hasta el punto de cambiarle una palabra al soneto de Juan Sierra: “¿Quién aromó de nardo tu belleza / con el barro más limpio de Triana?” El poeta hablaba de la sangre, pero el Alfarero que agoniza en la eternidad de su Cachorro herido la hizo del barro más puro que encontró cuando Pureza ya era la calle de la Esperanza. Inciso: ¿por qué se le eriza la piel al articulista cuando escribe la palabra Cachorro? ¿Por qué?

Triana es el reflejo de ese puente que es el gemelo del Carrousel que los parisinos derribaron y que aquí se conservó. El puente del Carrousel unía las dos riberas del Sena, del Louvre al andén donde se alza la antigua estación d’Orsay que hoy acoge la mejor pintura impresionista de la historia. Tal vez por eso el ceramista Alfonso Orce haya unido ese impresionismo parisino con el puente trianero en un cartel que nos reconcilia con el anhelo del sevillano ambivalente que busca la tradición hecha modernidad, y viceversa. El puente iluminado está sugerido por esa pincelada suelta que le sirvió a un paisano nuestro para anticiparse al impresionismo en sus cuadritos de la Villa Medicis romana: un tal Velázquez…

Y bajo el puente, como si fuera un galeón hundido en las aguas que guardan el mejor de los tesoros, un paño de azulejos con el nombre de Triana… Unos azulejos que no existen más que en la mente de Orce, un ceramista de estirpe que ha demostrado lo evidente: se puede pintar el puente de Triana con la fórmula de un movimiento artístico que no sea el kitsch al que nos han acostumbrado los artistas que le tienen miedo a conjugar la tradición con la originalidad. Hay que ser valientes, como la Estrella de la Mañana que cruza cada Domingo el puente del Carrousel trianero para dejarnos ese nostalgia que habita en la memoria del niño que se reencuentra con la vida: un año más, un año menos…

Orce ha pintado un cartel con azulejos que han salido del horno fecundo de su imaginación. Ahora sólo falta que se conviertan en cerámica trianera para que la tarde los esmalte con la luz anaranjada del poniente. Ya se dijo antes. Triana es una mujer que salió del mejor barro, el que modeló con sus manos un Alfarero –otra vez el repeluco- que vence al tiempo en la interminable agonía de su calle Castilla.

Sevillanos sin Sevilla.



La “Sevilla vieja / donde se dormía el tiempo / con palacios con jardines,/ bajo un azul de convento” resucita cada verano, cuando hace la calor y las calles se quedan aisladas en ese vacío que tanto se parece a la soledad. Porque Sevilla posee un alma digna de ser estudiada por el profesor Rodríguez Sacristán en su imprescindible Psicología del sevillano (Almuzara), un libro donde se desvelan las claves que le confieren a la ciudad esa personalidad que la convierte en humana. Los fines de semana de julio y agosto Sevilla no se queda vacía: se queda sola, que es distinto. Como solos se quedan los sevillanos que huyen hacia el mar en un éxodo que merecería una disquisición aparte.

Durante el hueco que forman esas tardes de sábado y de domingo habría que darles la vuelta a los versos de Antonio Machado. De la Sevilla sin sevillanos que soñaba este hispalense adusto, a los sevillanos sin Sevilla. La media distancia que maneja el sevillano para relacionarse con la ciudad se vuelve insoportable en verano. Sevilla nos expulsa del paraíso soñado y nos arroja a los brazos del mar, o nos deja encerrados en el exilio interior de la casa donde encontramos el frescor que no existe en las calles tomadas por la llamarada inmisericorde del calor.

Entonces comprendemos que no vivimos en una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Sevilla se queda sola como solo se queda el torero después de matar al toro en la soleá de Bergamín. Sevilla se queda sola como ese nazareno que busca en la clausura de la sarga o del ruán el tiempo en que todo regresa al escalofrío de la infancia. Sevilla se queda sola como el poeta que se encuentra con el regalo de un endecasílabo que Alguien le ha dictado en la penumbra de su escritorio. Sevilla se queda en esa soledad de la soleá que entreviera Montesinos y que ella canta con los ojos cerrados por la luz que la ciega: “Que nadie se llame a engaño, / todo el que vive por dentro, / por dentro se va matando”. Terrible y verdadera.

Sevilla vive por dentro en esas tardes azotadas por el sol, cuando rememora la suavidad de los atardeceres que invitaban a compartir la emoción en sus calles rebosantes. Los sevillanos entregan la ciudad a la Soledad que cierra esos días del esplendor con un silencio que anticipa este vacío de julio y de agosto. Los sevillanos se quedan sin Sevilla para empezar a añorarla, para desearla como si fuera una mujer tan hermosa como esquiva, tan atractiva como imposible. Porque Sevilla, como ya se dijo antes, posee un alma sedimentada por el tiempo que le da el ser. Por eso no es una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Para la compañía que nos ofrece cuando se abre de brazos en abril y para la soledad en que nos deja, abandonados al ejercicio de la nostalgia, cuando prefiere quedarse a solas consigo misma.

Claridad con fecha.



Este cuarenta de mayo se asoma a los almanaques para que la ciudad se despoje del sayo que le recuerda las tardes que se prolongaban en la Cuaresma, los fríos que se cortaban con el repeluco de esa Madrugada que este año fue ausencia leve como carne de niño que se queda sin ver al Gran Poder, los coletazos de las últimas tormentas que dejaron el esmalte de la lluvia en el alma que colorean sus azulejos. Este cuarenta de mayo se celebra, sin que nadie alce la voz, el triunfo definitivo de ese intangible que define la ciudad hasta el punto de hacerla suya: la luz.

Sevilla es la luz. Quien no lo entienda así se quedará a oscuras con el misterio de esta ciudad que ha sobrevivido al paso más conmovedor que discurre por sus calles: el paso del tiempo. Sevilla es la claridad sin fecha que entrevió Juan Sierra y la caridad que Dios ejerce sobre la ciudad cuando prolonga en estas fechas los interminables atardeceres que nos crean la ilusión de la eternidad. Somos carne de luz, hijos de la luz. La vivimos tan intensamente que un cielo azul cerámico, de retablo trianero, nos impide escribir sobre las sombras mundanas que recorren los rincones donde la vida se vuelve gris, áspera, insulsa, previsible.

Escribir sobre Sevilla es caminar envuelto en sus tinieblas interiores con el candil de la palabra en la mano. De pronto aparece esta luz de junio y la llama se vuelve inútil. La claridad, infinita en nuestro deseo, lo inunda todo y todo lo traspasa. Es la luz que enloquece la razón de los científicos que han conseguido sacar sus esquirlas de la nada, la luz que pone en jaque los fundamentos de la física hasta el extremo de llevarla hasta el equívoco principio de incertidumbre, la luz que viaja en los quantos a una velocidad de vértigo aunque luego se quede suspendida en estas tardes que desafían a los relojes de sol, la luz que fijaron los pintores barrocos en los lienzos que sobrevivieron a sus creadores, la luz que enamora a los poetas hasta el punto de confundirla con aquella mujer incorpórea e intangible que buscó Bécquer, aquel fantasma de niebla y luz.

Sevilla es un laberinto sentimental donde las distancias se miden en años luz. ¿Quién no ha sentido en estas tardes de junio la punzada del regreso a la infancia? ¿Quién no ha experimentado esa dulzura que nos lleva de la mano hasta cierta plaza, hasta un impreciso jardín, hasta ese patio convertido en azotea por obra y gracia de la claridad que no cesa? ¿Quién no se ha dejado llevar por esta nostalgia que en la noche breve toma la forma de la luna en su cuarto doliente? Las naranjas amargas tiñen el lubricán del poniente con ese color que nos deja heridos de belleza. Y el amanecer temprano envuelve la ciudad con la gasa inmaculada del celeste. Ya se dijo antes. Escribir sobre Sevilla es ahogarse en el misterio de la luz.

La romería va por dentro.



No es rociero. Nunca lo fue aunque por dentro sienta una punzada cuando escucha ese nombre en los labios de una mujer. Ese nombre le salvó la vida. Fue hace muchos años. Su madre, desesperada, invocó a la Virgen del Rocío para que no se le fuera, tan pronto, el niño que había llevado en su vientre y en sus brazos. Ha escuchado mil veces esa historia. La recuerda como si eso fuera posible. Los matices de la narración lo devuelven al lugar y al tiempo en que nació de nuevo. A pesar de eso, no es rockero.

La razón le marca la senda de su vida. Pero hay momentos en que se deja llevar por el misterio. Hay noches en que prefiere soñar con un templo como navío varado en el mar templado de las arenas. Un santuario donde la impaciencia tensa los músculos de la espera. Al fondo, nimbada por el oro que se convierte en la transparencia fina de la luz, la Madre que sonríe levemente mientras sostiene al Niño en su regazo. No se escucha nada porque la escena está coagulada en el silencio de la ensoñación.
Una noche decidió acercarse a la aldea para convertir el ensueño en realidad. Se dejó guiar por alguien que lo convenció para que fuera a ver a la Virgen. Sólo para eso. Un amigo de verdad. Un cicerone de lujo. Una noche tibia. La oscuridad envolvía el paso huérfano de cera. Sonaba el mantra de los campaniles. La realidad se convirtió, en ese preciso instante, en el sueño mil veces soñado. Descansó en una casa donde los amigos le dieron cobijo. No hubo fiesta. Con el sol en el campanario celeste del mediodía, volvió a buscar la efigie de la Madre. Desde una azotea fue testigo mudo de la belleza. Al fondo, el manto verde de las rocinas enmarcaba el prodigio del instante.

No habló. No dijo nada. Su romería iba por dentro y no le interesaba a nadie. No lo escribió. Lo acogieron en una casa como si fuera de la familia. Allí compartió el pan, el vino y el tiempo con quienes lo sentaron a su mesa. Hoy sentirá de nuevo el fuego que desciende cada mañana para encender el mecanismo del lenguaje. Siempre es Pentecostés en su oficio. Vive de eso. De la llama que le sirve para alumbrarse en la tiniebla. ¿Misterio o razón? En mañanas como ésta no se preguntan esas cosas.

No está en la aldea, no ha hecho el camino, jamás ha dormido en una carriola, no ha montado nunca a caballo, no baila sevillanas en la lentitud de la marisma mientras unos ojos compiten con la miel del atardecer que les saca esa luz dorada, tal vez imposible, a los pinos que lloran en el Coto. No va vestido de corto ni se protege con un sombrero de ala ancha. No lleva una medalla renegrida por el paso de los caminos. Está lejos, muy lejos de la aldea. No es rociero. Nunca lo ha sido. Pero hay algo que rompe sus esquemas cartesianos cuando escucha ese nombre en los labios de una mujer. Algo que lo deja en la soledad de un navío varado en las arenas del misterio.

Ciudad con nombre de mujer.



Con el estreno de la lluvia o con los colores tibios del primer otoño. Con el cielo encapotado y los adoquines de charol o con el amarillo único que deja el sol de la tarde en el albero de tus mejores fachadas. Con el agua abrillantando el verde oscuro de tus arrayanes y de los naranjos donde maduras en el fruto que te nació del azahar, o con los añiles que oscurecen tu poniente en uno de esos crepúsculos que sólo podría describirte Juan Ramón. Así lucirás a partir de hoy para los que vengan a visitarte, para los elegidos por la fortuna o el destino aunque ellos crean que te han elegido a ti. Que se lo pregunten a los reyes que te conquistaron: eso creían ellos antes de sucumbir a la magia venenosa de tus encantos.

Mujer esquiva donde las haya, hoy te mostrarás en toda la carnalidad de tu belleza. Para los que vienen a mirarte, que eso es lo único que te interesa en esta vida. Para los tuyos guardas celosamente los atascos y los arrabales donde no eres tú, o al menos no lo pareces, que ya se sabe que en tu caso la apariencia va por delante de tu misma esencia. Madrastra para tus hijos y dama sensual que colma de delicias a quien sólo te quiere para pasar dos o tres noches en tu lecho. Te ofrecerás una vez más a los que vivirán el asombro de la penumbra gótica de tu Catedral, esa montaña hueca donde el oro del retablo más imponente que han visto los siglos se pierde en las sombras que inquietaban a Cernuda. Para los viajeros que te buscarán en lo mejor de ti misma, en la apoteosis de tu belleza macerada a lo largo de los siglos que te rejuvenecen.

Esa hermosura la encontrarán en el recinto cerrado de tu Alcázar. Allí se enamoró todo un emperador de una mujer a la que conocía por los cuadros que le habían enviado. Ignoraba que el mejor retrato no era un lienzo, sino la superficie pulida de un espejo. Carlos V ordenó que el arzobispo abandonara el sueño para casarlos en plena madrugada. No podía resistir la mordedura del deseo. Quería que el alba se colara en los patios que había labrado su antecesor Pedro el Justiciero mientras la bella Isabel de Portugal se abandonaba en sus brazos. Esa historia se repite a cada momento. A cada instante.

Cuando alguien se queda prendado de esta mujer que tiene nombre de ciudad o de esta ciudad que tiene nombre de mujer. Cuando la música callada de su luz rompe la simetría de sus calles en clave de sol, o cuando la lluvia le saca perfiles líquidos al prisma vertical de su torre. Cuando ella se mira en el espejo callado y quieto de la dársena. Cuando alguien siente esa punzada que derribó a Stendhal en Florencia. Porque a pesar de todo y de casi todos, basta un mocárabe o una columna, un mármol mojado por los dedos de la lluvia o un balcón abierto a una plaza donde un reloj da las seis en silencio de la tarde, para caer rendido ante esta ciudad que no sólo tiene nombre de mujer…

La flamenca descalza.



Has sentido el vértigo y la punzada, el aroma del azahar que creías enterrado en los brotes amargos de la nostalgia, la luz que se filtraba entre las nubes sonrosadas por el pudor del poniente, los rizos del agua que temblaba con la brisa aunque tú imaginaras la marea que deja sus besos de sal en la arena. Has experimentado aquel mareo que le produjo a Stendhal la visión de tanta belleza acumulada en la Santa Croce aunque no estuvieras en Florencia. La ciudad, que es más tuya a medida que el tiempo deshoja los tacos del almanaque, te regala de vez en cuando esas imágenes que envenenan tu memoria.
Sola en el puente. Mirando el agua quieta de esa dársena que es un río de mentira. Revestida con ese traje que remarca las líneas que definen el cuerpo femenino como si fuera el universo según Einstein: finito, ilimitado y curvo. Finito en los bordes tapizados por ese tejido que es la urdimbre perfecta del azul; ilimitado como el deseo que traspasa las aristas de la realidad hasta hincarnos el acero de su ala para que se cumpla el verso de Cernuda; y curvo cual ballesta que mantiene la tensión del momento.
Vestida de azul y blanco como los cielos que poco a poco se confunden en la paleta del lubricán. Así apareció, efímera y distante, la flamenca descalza. Fugitiva. Puro instante. Lejana y sola en el azogue de su belleza. ¿Cómo es posible que el traje mejore la flor desnuda que ansiaba Juan Ramón? ¿Qué milagro cosido a su cuerpo la eleva por encima de su propio esplendor aunque sus zapatos hayan dejado huérfanos los pies que taconearon la madera hasta levantar astillas en las miradas que se clavaban en su cuerpo? Estuvo bailando hasta hace un momento, ajena a las pupilas que se llevaron su imagen esquiva a la pantalla gris de la retina. Rebozada en el baile que está marcado en los volantes de su vestido. Aislada de todos y de todo. Como el arpa de Bécquer que espera la mano de nieve para que los lunares se conviertan en semicorcheas.
La flamenca descalza sigue su camino. Ni mira ni se da cuenta del imán que lleva dentro. No le importa que en ese intervalo de tiempo alguien la haya convertido en la alegoría de la ciudad perfecta. Envuelta en el aire tibio de abril, perfumada de vientos que serpean alrededor de su cintura, la mujer se aleja y se pierde en una distancia que aún no es el olvido. De espaldas es un reloj de arena. Barroca y fatal como el tiempo que sigue goteando, que no cesa de pasar, que nunca cae ni tropieza. Se pierde en una lejanía de tráfico y ruido, se diluye en la niebla clara de la distancia. Y nos deja el eco apagado de la belleza.
Sevilla es así. De vez en cuando, muy de tarde en tarde. Pero es así. Cuando creemos que hemos dominado la ciudad y la hemos cuadriculado para que se amolde a las categorías de la razón, surge la chispa. Nos incendia con ese fulgor repentino que tan poco dura. Nos ciega y nos provoca ese vértigo que obliga a buscar asiento para escribir lo imposible, lo inefable. Ciudad desmayada como ese brazo que le caía a la flamenca mientras miraba el agua quieta; el mismo brazo que se había alzado en volutas acompasadas por el baile más erótico que imaginarse pueda. Ciudad que duele como esos pies descalzos que pisan las mismas calles donde se enfría la cera que fue pasión de una noche. Ciudad que desasosiega con esta calma que tanto se parece a su obra maestra: el silencio descalzo de una flamenca que por un instante se confundió con Sevilla.

Los cielos tardíos.



Hay ciudades que son claras como una mañana de sol recostándose en sus plazas. Hay ciudades abonadas al neón de sus noches en vela, al sonido amargo de un amanecer que se rompe en los cristales de lo prohibido. Sevilla no es lo uno ni lo otro. Ni noche ni mañana. Sevilla es una tarde prolongándose en los cielos tardíos que ha escrito María Sanz, poeta sevillana de la estirpe de Bécquer. “Los cielos tardíos” es un gozo para la inteligencia, un repeluco para el cuerpo -¡qué finales de poemas, qué manera de rematar por bajo!- y una forma de entender la ciudad. María Sanz destripa en su valiente poemario el dolor que provocan esos amores que a nada conducen cuando la juventud queda lejos. Pero en sus versos late el espíritu de esta ciudad que nunca le es ajena, esa Sevilla refinada y elegante que tanto le debe… y que le paga con la cernudiana moneda del olvido.

Uno se asoma a la ventana en esta vuelta de la luz tras el paréntesis oscuro de la lluvia y se entrega a la maldición de la ciudad: su belleza efímera. Da igual que el objeto del amor sea un hombre que va de vuelta o una ciudad que vive ajena y distante, esquiva en su arrogancia: “Ahora sólo tengo tus tardes en presente, / la realidad sin fecha que a solas atesoro, / si acaso la limosna de ese amor impagable / que los cielos conceden a quien lo justifica”. Esta tarde de enero, presagio de las vísperas que obsesionan al sevillano, es el presente que pasa antes de llegar, el deseo que volverá cuando la ciudad se perfume de azahar en los lóbulos prestados de sus naranjos. “Tú ya me florecías / cuando aún era invierno”.

Para el sevillano, su ciudad es “como un eco sagrado / por el valle del tiempo”. Sevilla es lo que nos queda de la infancia, el cielo tardío que nos engaña con estas tardes que ya no son las que se demoraban en los Jardines de Murillo. Carpe diem. Gocemos de esta luz que Alguien nos regala en estas tardes limpias de todo, incluso de la ilusión de las vísperas. Estas tardes rosadas, coronadas de espinas antes de que llegue la Madrugada y las convierta en “cicatriz en mis sienes”. ¡Ay, el error de amar a una ciudad como si fuera una mujer embellecida por el paso de los años! Ya lo remata María Sanz con dos versos por bajo que tan bien definen a Sevilla: “Debía convencerme. / Eras tú. Pero un sueño”.