No puede equivocarse la luz, esa luz primera de agosto tan virginal, tan clara y tan pura en su ligereza, luz que apenas destacaba el perfil de la torre en el espejo quieto del río, luz que no hería con el brillo del color, luz silenciosa que predispone al cuerpo para las tres vías que les servían a los místicos para llegar a Dios. La vía iluminativa estaba ahí, al alcance de quien quisiera verla, presta para la caricia de la mirada que va mucho más allá de la retina.
No hay luz sin sombras. Te lo decían, sin mover los labios, aquellas mujeres que iban en busca de la plaza que lleva el nombre de la Virgen. Te recorrió un escalofrío por dentro. Fue un repeluco que llegó a la médula que le da sentido al hueso insobornable, como escribió Aleixandre, el poeta que vio la luz en aquel lugar que sigue siendo la puerta que da entrada al corazón de la ciudad. Alguien te lo dijo aunque nadie lo escuchara: tantas mujeres no pueden estar equivocadas. Mujeres que llevan su verdad por dentro, mujeres que han dado a luz y que han sentido la punzada del dolor, mujeres que caminan con paso lento por el peso de la edad, mujeres de abanico y pañuelo preparado para la emoción que espera, mujeres que le dan sentido a la verdadera caridad, esa virtud que tiene nombre de mujer.
No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que protagonizan esta mañana sin figurones revestidos ni aplausos al político de turno. Es la mañana de la Virgen. Y del silencio femenino. Un silencio de nardos, un silencio de sebka erizada en la piel de la Giralda, un silencio de monjas en penumbra que esperan el pincel de Zurbarán tras las rejas del convento de la Encarnación, un silencio de verdades, un silencio sonriente en el rostro del Niño que sale de paseo en brazos de la Madre. Te duele ese silencio de campanas que convierten el aire en una caja de música, te duele ese silencio de tu madre al otro lado de la orilla, te duele la ciudad que llevas dentro: es inútil que huyas. Es imposible alejarte de ella y tú lo sabes. Por eso te has dado el madrugón y te has acercado a la puerta del Misterio, al lugar donde la luz recién renacida marca las sombras de la duda y la luz de la certeza.
Media catedral iluminada por el sol que le sirve a Dios para encender los pináculos, y la otra media envuelta en la sombra que será un estallido de luz cuando la Virgen regrese. Recorre las gradas en el sentido inverso al de las agujas del reloj. Como si quisiera devolvernos al tiempo sin tiempo de la infancia. Te quedaste para volver a verla. Entonces todo era luz. Una luz que no podía equivocarse, una luz que acertaba de pleno al dorar el rostro alegre de la Madre y la sonrisa pícara del Niño. No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que volvieron al rito sin más regla que la costumbre. Tampoco te equivocaste tú: el candil de la razón era insignificante ante la verdad de Sevilla.

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