domingo, 10 de agosto de 2014

Sevillanos sin Sevilla.



La “Sevilla vieja / donde se dormía el tiempo / con palacios con jardines,/ bajo un azul de convento” resucita cada verano, cuando hace la calor y las calles se quedan aisladas en ese vacío que tanto se parece a la soledad. Porque Sevilla posee un alma digna de ser estudiada por el profesor Rodríguez Sacristán en su imprescindible Psicología del sevillano (Almuzara), un libro donde se desvelan las claves que le confieren a la ciudad esa personalidad que la convierte en humana. Los fines de semana de julio y agosto Sevilla no se queda vacía: se queda sola, que es distinto. Como solos se quedan los sevillanos que huyen hacia el mar en un éxodo que merecería una disquisición aparte.

Durante el hueco que forman esas tardes de sábado y de domingo habría que darles la vuelta a los versos de Antonio Machado. De la Sevilla sin sevillanos que soñaba este hispalense adusto, a los sevillanos sin Sevilla. La media distancia que maneja el sevillano para relacionarse con la ciudad se vuelve insoportable en verano. Sevilla nos expulsa del paraíso soñado y nos arroja a los brazos del mar, o nos deja encerrados en el exilio interior de la casa donde encontramos el frescor que no existe en las calles tomadas por la llamarada inmisericorde del calor.

Entonces comprendemos que no vivimos en una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Sevilla se queda sola como solo se queda el torero después de matar al toro en la soleá de Bergamín. Sevilla se queda sola como ese nazareno que busca en la clausura de la sarga o del ruán el tiempo en que todo regresa al escalofrío de la infancia. Sevilla se queda sola como el poeta que se encuentra con el regalo de un endecasílabo que Alguien le ha dictado en la penumbra de su escritorio. Sevilla se queda en esa soledad de la soleá que entreviera Montesinos y que ella canta con los ojos cerrados por la luz que la ciega: “Que nadie se llame a engaño, / todo el que vive por dentro, / por dentro se va matando”. Terrible y verdadera.

Sevilla vive por dentro en esas tardes azotadas por el sol, cuando rememora la suavidad de los atardeceres que invitaban a compartir la emoción en sus calles rebosantes. Los sevillanos entregan la ciudad a la Soledad que cierra esos días del esplendor con un silencio que anticipa este vacío de julio y de agosto. Los sevillanos se quedan sin Sevilla para empezar a añorarla, para desearla como si fuera una mujer tan hermosa como esquiva, tan atractiva como imposible. Porque Sevilla, como ya se dijo antes, posee un alma sedimentada por el tiempo que le da el ser. Por eso no es una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Para la compañía que nos ofrece cuando se abre de brazos en abril y para la soledad en que nos deja, abandonados al ejercicio de la nostalgia, cuando prefiere quedarse a solas consigo misma.

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