domingo, 17 de agosto de 2014

De San Bernardo a Belgravia



Estos días de lluvia te han llevado hasta un callejón de Belgravia, el barrio diplomático de Londres que en nada se parece a aquel arrabal de tu adolescencia, a aquel barrio de San Bernardo destruido por la especulación y la pobreza. ¿Eres el mismo niño que vio la luz en otro callejón como éste, con los mismos adoquines y con el sol que hoy por fin luce en el cielo inmaculado de la metrópoli donde hay más cuadros de Murillo y de Velázquez que en su ciudad nativa? ¿Somos los mismos que nos enamoramos de aquella Sevilla fea, destartalada, pobretona y sin horizontes, donde los jaramagos adornaban las ruinas de tantas casas como se vinieron abajo en los años de la piqueta?

De aquellas viejas tabernas apenas quedan unos cuantos mostradores de madera donde rendirle culto pagano al vino tinto con su punto agresivo, vulgo peleón, y a la rubia espumosa que nos refresca por fuera y nos acaricia por dentro. Todo se fue por el sumidero de una modernidad mal entendida y peor practicada. Sólo hay que darse un paseo por cualquier barrio londinense para encontrar el pub que es un refugio contra la vulgaridad, un oasis de maderas y de alfombras, de luces que convierten un lugar público en la prolongación del hogar, de tiradores de cerveza abrillantados como una crestería neobarroca.

Sevilla ha ido perdiendo su sabor en aras de un progreso tan falso como el plexiglás, como las barras de acero inoxidable y los veladores de plástico. Al salir de su perímetro materno nos damos cuenta de lo que hemos perdido, de los cafés que podrían llenar de vida la Campana o la calle de las Sierpes, de esos lugares que buscamos cuando viajamos porque no podemos encontrarlos en nuestra ciudad. Lo decía un sevillano con veinte años ante la fachada de un pub, rebosante de flores:

-Se parece al palio de la Esperanza de Triana…

Sentiste cómo te mordía una vez más el alacrán de la nostalgia en tu eterno pecho adolescente. Otra vez te ganó la ciudad cuyo nombre no hace falta escribir, otra vez sentiste la punzada en el rinconcillo del corazón, otra vez comprobaste que Sevilla es un fardo que llevamos en la espalda de la memoria, que irá con nosotros allá donde vayamos, y que nos sobrevivirá cuando se haga presente el verso que escribió el poeta al que retrató Velázquez y que a estas horas estará buscando un rayo de sol en el salón de la Apsley House donde Wellington invitaba a cenar cada 18 junio a los supervivientes de Waterloo. Seremos el polvo enamorado de esta ciudad que está aquí, en este callejón de Belgravia donde regresan los días azules y el sol de la infancia, en estos adoquines que pisarás con un repeluco inevitable cuando busques los Jardines de Murillo en la elegancia de los árboles que Dios pintó, con la pincelada de Cézanne, para colocarlos en Saint James Park. ¿Qué es Sevilla?, preguntas mientras clavas tus ojos en la pupila azul del cielo londinense. Sevilla eres tú.

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