¿Por qué huyes, si la ciudad te acompañará hasta el día de tu muerte? ¿No ves que es imposible dejar esa impedimenta para sentirte huérfano, sin origen, liberado de ese cansancio tan nerudiano que supone sentirse sevillano a cada momento? Todo viaje es un engaño, una quimera, una forma de cambiar el paisaje y el paisanaje para regresar al punto de partida. Te has marchado en busca de esa belleza que destila la ciudad donde el agua es una caricia continua que se desparrama por el sistema nervioso de sus canales. Y allí, entre el refinamiento dieciochesco de Tiepolo y la elegancia infinitamente serena de Bellini te has dado de bruces con tu ciudad, la que te acogió en su seno cuando eras el niño que aún llevas en el interior de tu asombro.
¡Quién te iba a decir que la Judería donde naciste estaría esperándote en los rincones ocultos de Venecia! Ese laberinto sin más salida que un azul compacto recortado por la tijera de los tejados, esa penumbra que la tarde va hilvanando a medida que caen las horas como un fardo de tiempo hueco, ese silencio que tanto se parece a la soledad, esa hermosura carcomida por la decadencia… Luego, o antes, te dedicarías a saborear ese dúo que forman el tinto y Tintoretto. Por un lado, las tabernas donde se le rinde culto al vino y donde se hace presente, fuera de nuestras fronteras, la máxima del sabio Euleón: para que te den bien de comer hace falta que al otro lado de la barra haya alguien con mucho malaje. Por el otro, la Scuola de San Rocco donde sus cofrades custodian celosamente las obras de Tintoretto, esa borrachera de arte que provoca un mareo en quien vuelca su mirada sobre esos colores que asombraron al mismo Velázquez cuando llegó a esta ciudad marcada por la maldición de la belleza.
Ebrio del arte que derrocha Venecia como si fuera el agua que a veces se alza desde los canales para poseerla como a una mujer fatal, te perdiste por ese laberinto en busca de la Sevilla que llevas dentro de tu memoria. Y la encontraste. En esos callejones donde tus pasos suenan con el eco de lo que fuiste, de lo que fue esta Hispalis que algunos están empeñados en cargarse al precio que sea con tal de seguir aferrados al poder que les sirve para disfrazar su mediocridad. Venecia no te ha herido con esos atardeceres que recortaban las cúpulas de la Salute o del Redentore sobre un cielo imposible de azules, de malvas, de rosas que se deshilachaban hasta hundirse en la oscuridad oscilante del mar. No. Han sido esos adarves, esas paredes que lucen los mismos desconchados de tu vida, esas iglesias vacías donde Dios vela solo como en el poema de Juan Sierra.
Te has ido para huir de la ciudad aunque eso sea imposible. Parece mentira que no sepas, a estas alturas de tu vida, que Sevilla no es un espacio ni un lugar concreto, sino una forma de vivir. O de morirse lentamente, que al fin y al cabo somos barrocos de nación y de nacimiento.

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