jueves, 18 de junio de 2015

Una cruzcampo en Estocolmo


Sostenía el añorado Félix Bayón, un periodista de raza que nos sigue guiando a pesar de que la muerte se lo llevó de forma tan injusta como prematura, que su sueño era la visión de Marbella como una Dinamarca con buganvillas. Lo mejor del norte con la generosidad que la naturaleza derrochó en el sur. Algo parecido nos sucede cuando nos llevamos a Sevilla en la memoria para verla reflejada en las ciudades que visitamos. Estocolmo, por poner un ejemplo. Pasear por sus calles ordenadas, limpias y silenciosas nos devuelve esa imagen idílica de una ciudad soñada e idealizada, ya que en la realidad todo es muy distinto: el orden cae vencido por el caos del tráfico y de las obras absurdas, la limpieza se emborrona con las pintadas que allí hay que buscar con lupa y que aquí salen a nuestro encuentro, y el silencio se queda en el mito maestrante y nazareno cuando asistimos al griterío que se prodiga en bares y terrazas como si el sevillano fuera sordo de nacimiento.

No ama más a una ciudad quien se regodea en unos piropos tan desgastados como falsos, sino quien desea lo mejor para ella. Ya quisiera uno que en Sevilla funcionara el transporte público como en Berlín o en el mismo Estocolmo, una ciudad asentada sobre catorce islas donde se puede elegir entre el metro, el tranvía, el autobús, el ferry, la bicicleta o el cómodo paseo por calles de incólume pavimento o por parques que forman parte del entramado urbano: no hacen falta rejas ni cancelas porque allí el vandalismo no existe. Ese transporte público es el que propicia un ambiente sosegado, con escaso tráfico, sin un coche mal aparcado ni dobles filas que a veces se convierten en triples. Aquí, en esta Sevilla de las trasnochadas ideologías que regurgitan lo peor del siglo XX, la peatonalización se impone por las bravas desde arriba en vez de acometerla desde abajo. Justo al revés de lo que debiera ser.

Y para los irreductibles de la identidad hispalense, un dato más que significativo. En Stora Nygatan, una calle estrecha de la muy rancia isla de Gamla Stan por la que lucirían las cofradías más que en algunas vías de nuestro degradado casco histórico, hay un bar de tapas que hace esquina con la plaza de Komhamnstorg: no tiene pérdida. Allí hay un tirador de Cruzcampo para quien añore el sabor que nos reconcilia con nuestra memoria. De las otras rubias, las que lucen palmito y cabello de color platino sin tinte alguno, las que volvían locos a los españolitos de los años sesenta cuando venían a tomar el sol en bikini, ya hablaremos otro día. Porque las calores de verdad comienzan cuando se sobrepasan los cuarenta: no estamos hablando de grados centígrados, sino de tacos de almanaque. Esas rubias paseando por la ciudad que emerge de las aguas son el complemento ideal para refrescarse con una cruzcampo en Estocolmo… aunque el termómetro no pase de los veinte grados.

martes, 2 de junio de 2015

El espejismo del Corpus




Si la Semana Santa es el espejo donde se mira la ciudad, el Corpus es su espejismo. La generosa y cóncava mañana, como la definió Borges al sentirla en la ceguera de su piel, proyecta en las calles alfombradas de juncia y romero una imagen idealizada hasta el extremo del ensueño. Por unas horas regresa la Sevilla universal que refulgía como la plata que entraba por el Arenal , la misma que cinceló José de Arfe en esa Custodia monumental que sirve para que Dios a cuerpo se eche a la calle (Burgos dixit).

La ciudad de espléndido pasado se representa a sí misma en el gran teatro barroco del Corpus. El sevillano se duplica hasta el punto de ser figurante y figurón a un tiempo. Los mismos capillitas que salen en el cortejo son los que luego ven el discurrir de la parte más noble de la procesión a su regreso por Placentines. El Corpus es la pescadilla que se muerde la cola, la sierpe que entra por la Puerta de los Palos con el fulgor barroquísimo de los cascos de los niños carráncanos mientras el Niño Jesús del Sagrario aún no ha salido por San Miguel.  Ciudad circular en el espacio y en el tiempo que da vueltas, como el Giraldillo mismo, sobre su propio eje para no llegar a ninguna parte.

El fuego solar del mediodía se encargará de diluir el espejismo que morirá con las primeras sombras de la tarde. Sosegada y en calma, sesteante como una señora mayor que siente la fatiga de los años en el peso de las joyas que ha sacado del empeño para lucirlas como si la riqueza aún fuera una de sus señas de identidad, la ciudad se acogerá al silencio de unas calles que seguirán oliendo levemente al perfume del campo que por un día entra en su santuario intramuros. La representación habrá terminado con el revuelo de campanas y el sol altísimo de junio inundándolo todo con su claridad sin fecha. 

Entonces volveremos a esa normalidad que tanto miedo nos da, al ‘horror vacui’ que produce ese tiempo sin tiempo que va de una celebración a otra. En la memoria, la imagen reciente de una ciudad que ha vivido por unas horas la magnificencia de ese pasado que nunca termina de pasar. Figurantes y figurones con el traje gris marengo, “que es el único que tengo”. Espejismo contra la crisis que no cesa desde el siglo XVII. Nihil novum sub sole, o sea, nada nuevo bajo el sol que labra espejismos de plata en el horizonte ciego de una ciudad que se busca en lo que fue.