Si la Semana Santa es el espejo donde se
mira la ciudad, el Corpus es su espejismo. La generosa y cóncava mañana, como
la definió Borges al sentirla en la ceguera de su piel, proyecta en las calles
alfombradas de juncia y romero una imagen idealizada hasta el extremo del
ensueño. Por unas horas regresa la Sevilla universal que refulgía como la plata
que entraba por el Arenal , la misma que cinceló José de Arfe en esa Custodia
monumental que sirve para que Dios a cuerpo se eche a la calle (Burgos dixit).
La ciudad de espléndido pasado se
representa a sí misma en el gran teatro barroco del Corpus. El sevillano se
duplica hasta el punto de ser figurante y figurón a un tiempo. Los mismos
capillitas que salen en el cortejo son los que luego ven el discurrir de la
parte más noble de la procesión a su regreso por Placentines. El Corpus es la
pescadilla que se muerde la cola, la sierpe que entra por la Puerta de los
Palos con el fulgor barroquísimo de los cascos de los niños carráncanos mientras
el Niño Jesús del Sagrario aún no ha salido por San Miguel. Ciudad circular en el espacio y en el tiempo
que da vueltas, como el Giraldillo mismo, sobre su propio eje para no llegar a
ninguna parte.
El fuego solar del mediodía se encargará
de diluir el espejismo que morirá con las primeras sombras de la tarde.
Sosegada y en calma, sesteante como una señora mayor que siente la fatiga de
los años en el peso de las joyas que ha sacado del empeño para lucirlas como si
la riqueza aún fuera una de sus señas de identidad, la ciudad se acogerá al
silencio de unas calles que seguirán oliendo levemente al perfume del campo que
por un día entra en su santuario intramuros. La representación habrá terminado
con el revuelo de campanas y el sol altísimo de junio inundándolo todo con su
claridad sin fecha.
Entonces volveremos a esa normalidad que
tanto miedo nos da, al ‘horror vacui’ que produce ese tiempo sin tiempo que va
de una celebración a otra. En la memoria, la imagen reciente de una ciudad que
ha vivido por unas horas la magnificencia de ese pasado que nunca termina de
pasar. Figurantes y figurones con el traje gris marengo, “que es el único que
tengo”. Espejismo contra la crisis que no cesa desde el siglo XVII. Nihil novum
sub sole, o sea, nada nuevo bajo el sol que labra espejismos de plata en el
horizonte ciego de una ciudad que se busca en lo que fue.

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