martes, 2 de junio de 2015

El espejismo del Corpus




Si la Semana Santa es el espejo donde se mira la ciudad, el Corpus es su espejismo. La generosa y cóncava mañana, como la definió Borges al sentirla en la ceguera de su piel, proyecta en las calles alfombradas de juncia y romero una imagen idealizada hasta el extremo del ensueño. Por unas horas regresa la Sevilla universal que refulgía como la plata que entraba por el Arenal , la misma que cinceló José de Arfe en esa Custodia monumental que sirve para que Dios a cuerpo se eche a la calle (Burgos dixit).

La ciudad de espléndido pasado se representa a sí misma en el gran teatro barroco del Corpus. El sevillano se duplica hasta el punto de ser figurante y figurón a un tiempo. Los mismos capillitas que salen en el cortejo son los que luego ven el discurrir de la parte más noble de la procesión a su regreso por Placentines. El Corpus es la pescadilla que se muerde la cola, la sierpe que entra por la Puerta de los Palos con el fulgor barroquísimo de los cascos de los niños carráncanos mientras el Niño Jesús del Sagrario aún no ha salido por San Miguel.  Ciudad circular en el espacio y en el tiempo que da vueltas, como el Giraldillo mismo, sobre su propio eje para no llegar a ninguna parte.

El fuego solar del mediodía se encargará de diluir el espejismo que morirá con las primeras sombras de la tarde. Sosegada y en calma, sesteante como una señora mayor que siente la fatiga de los años en el peso de las joyas que ha sacado del empeño para lucirlas como si la riqueza aún fuera una de sus señas de identidad, la ciudad se acogerá al silencio de unas calles que seguirán oliendo levemente al perfume del campo que por un día entra en su santuario intramuros. La representación habrá terminado con el revuelo de campanas y el sol altísimo de junio inundándolo todo con su claridad sin fecha. 

Entonces volveremos a esa normalidad que tanto miedo nos da, al ‘horror vacui’ que produce ese tiempo sin tiempo que va de una celebración a otra. En la memoria, la imagen reciente de una ciudad que ha vivido por unas horas la magnificencia de ese pasado que nunca termina de pasar. Figurantes y figurones con el traje gris marengo, “que es el único que tengo”. Espejismo contra la crisis que no cesa desde el siglo XVII. Nihil novum sub sole, o sea, nada nuevo bajo el sol que labra espejismos de plata en el horizonte ciego de una ciudad que se busca en lo que fue.

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