“Ante el paso del tiempo, sólo anhelas
encontrarte otra vez en los Jardines que siguen conservando el sitio que
dejaste”. Lo ha escrito María Sanz en un libro que es una joya, una obra
miniada en esa prosa que esconde endecasílabos y alejandrinos en las veladuras
de la poesía del silencio, tan sevillana en el sentido más hondo del término.
Lo ha escrito María Sanz en ‘Jardines de Murillo’, un libro que sigue la estela
de Platero y de Ocnos, de aquel Pueblo lejano de Romero Murube.
Ante el paso del tiempo sólo buscas la
ciudad perdida mientras los políticos se dedican a venderte la ciudad prometida
que nada te importa. Tras el ruido provocado por ese vuelco que ha conmovido la
médula de la ciudad necesitas el silencio de esos Jardines que buscas en Nueva York,
al lado de la fuente donde un ángel camina, con el pie izquierdo por delante,
sobre las aguas de la Bethesda. O en Londres, cuando cruzas Hyde Park en busca
de la casa donde Wellington guardó El aguador de Sevilla, el cuadro que le
sirvió a Velázquez para abrirse paso en esa Corte donde lo conocían como El
Sevillano. O en Estocolmo, donde comprendiste que la continuidad de los parques
no era solamente un relato de Cortázar, sino una forma de ciudad.
Mas en ningún lugar del mundo encontrarás
los Jardines que van ligados con tu origen y con tu destino, como te recuerda
Cernuda en esta tarde de azules que rayan el cobalto y que te dejan un poso de
nostalgia en la garganta. Fuiste un privilegiado y tú lo sabes. La infancia era
el territorio inmaculado donde aún no sentías la aguda espina del deseo, donde
el tiempo era una dicha, no la amenaza que te persigue desde el fondo barroco
de tu memoria.
Sabes que es imposible pasear por los
Jardines de Murillo sin que te asalte ese ramalazo de poeta que jamás cuajará
en tu limitada inteligencia. Sabes que allí está la ciudad soñada que te hace
escribir de la otra, de la vulgar y anodina, de la que se presta a los embustes
y a los enjuagues, a las mentiras y a la ojana que le da la vuelta a la
chaqueta en cuanto cambian de sentido las flechas veleidosas de las veletas.
Esa no es tu ciudad aunque escribas de ella.

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