sábado, 2 de mayo de 2015

La flor de la jacaranda




El color es el sufrimiento de la luz. La frase de Goethe se hace presente cada vez que mayo llega a la ciudad cansada de tantas emociones que se reflejan en la gama de los sentimientos. Porque en Sevilla los colores significan. El color trasciende lo físico para colarse por las rendijas del alma. No podría ser de otra manera si tenemos en cuenta el carácter barroco de esta ciudad que es una sucesión de alegorías.

En la pintura, el dibujo es lo masculino y el color pertenece a la esfera de la feminidad, como postuló el academicista Charles Blanc allá por los años del Segundo Imperio francés. La forma es racional, permanece y dura. El color depende de la luz, del contraste, de las sombras. Está claro que en una urbe tan rotundamente femenina como Sevilla el color domina sobre el dibujo hasta el punto de diluir los perfiles como hizo Velázquez en su sevillanísima Venus del espejo, esa ciudad convertida en mujer que se mira en el cristal que le sostiene el ángel de la gracia.
El color dominante de mayo es el azul violáceo que destilan esos árboles de nombre guaraní que nos recuerdan nuestro esplendor americano: la jacaranda. La flor de la jacaranda se sostiene levemente sobre el color que nos anuncia los incomparables atardeceres de Eugenio Noel. Es un azul con vocación de ese morado que este año no estremeció a la ciudad en la Madrugada donde los colores significan más que en ninguna otra noche del año. Verdes y azules que tienden al violeta se suceden en las avenidas para que sigamos idealizando a la ciudad vulgarizada. El mismo nombre es evocador, bellísimo en su estructura fonética, con resonancias de tierras que llevan las huellas de aquella esplendorosa Sevilla del Seiscientos: jacaranda…

Su follaje es efímero, caedizo como las hojas de los almanaques que le marcan los pulsos a esta polis inscrita en el tiempo más que en el espacio. Su forma, irregular. Un poquito caprichosa. El exotismo está medido y asimilado en la memoria, no rechina. Y el placer que provoca en la retina contiene esa melancolía que es tan propia de los poetas que buscaban, buscan y seguirán buscando a Sevilla en esos elementos tan sutiles como el color, el aroma, la música, la nostalgia… Uno se imagina a Bécquer, a Izquierdo, a Cernuda contemplando estos árboles florecidos mientras caminan solitarios en pos de la belleza junto al río por el que discurre la gran metáfora de la vida.

En estos días de ruido y de celeridad, en esta época donde la algarabía corre pareja con las prisas, nada mejor que refugiarse en los dos elementos que son imprescindibles para que florezca el ideal de la hermosura: el silencio y la lentitud. La flor de la jacaranda es el presagio del atardecer y el recuerdo de esa túnica que este año faltó a su encuentro con la amanecida. Como diría Goethe si se diera un paseo por las avenidas teñidas de malva, la flor de la jacaranda es el sufrimiento de la luz en las desmayadas tardes de mayo.

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