El color es el sufrimiento de la luz. La
frase de Goethe se hace presente cada vez que mayo llega a la ciudad cansada de
tantas emociones que se reflejan en la gama de los sentimientos. Porque en
Sevilla los colores significan. El color trasciende lo físico para colarse por
las rendijas del alma. No podría ser de otra manera si tenemos en cuenta el
carácter barroco de esta ciudad que es una sucesión de alegorías.
En la pintura, el dibujo es lo masculino
y el color pertenece a la esfera de la feminidad, como postuló el academicista
Charles Blanc allá por los años del Segundo Imperio francés. La forma es
racional, permanece y dura. El color depende de la luz, del contraste, de las
sombras. Está claro que en una urbe tan rotundamente femenina como Sevilla el
color domina sobre el dibujo hasta el punto de diluir los perfiles como hizo
Velázquez en su sevillanísima Venus del espejo, esa ciudad convertida en mujer
que se mira en el cristal que le sostiene el ángel de la gracia.
El color dominante de mayo es el azul
violáceo que destilan esos árboles de nombre guaraní que nos recuerdan nuestro
esplendor americano: la jacaranda. La flor de la jacaranda se sostiene
levemente sobre el color que nos anuncia los incomparables atardeceres de Eugenio
Noel. Es un azul con vocación de ese morado que este año no estremeció a la
ciudad en la Madrugada donde los colores significan más que en ninguna otra
noche del año. Verdes y azules que tienden al violeta se suceden en las
avenidas para que sigamos idealizando a la ciudad vulgarizada. El mismo nombre
es evocador, bellísimo en su estructura fonética, con resonancias de tierras
que llevan las huellas de aquella esplendorosa Sevilla del Seiscientos:
jacaranda…
Su follaje es efímero, caedizo como las
hojas de los almanaques que le marcan los pulsos a esta polis inscrita en el
tiempo más que en el espacio. Su forma, irregular. Un poquito caprichosa. El
exotismo está medido y asimilado en la memoria, no rechina. Y el placer que
provoca en la retina contiene esa melancolía que es tan propia de los poetas
que buscaban, buscan y seguirán buscando a Sevilla en esos elementos tan
sutiles como el color, el aroma, la música, la nostalgia… Uno se imagina a
Bécquer, a Izquierdo, a Cernuda contemplando estos árboles florecidos mientras
caminan solitarios en pos de la belleza junto al río por el que discurre la
gran metáfora de la vida.
En estos días de ruido y de celeridad, en
esta época donde la algarabía corre pareja con las prisas, nada mejor que
refugiarse en los dos elementos que son imprescindibles para que florezca el
ideal de la hermosura: el silencio y la lentitud. La flor de la jacaranda es el
presagio del atardecer y el recuerdo de esa túnica que este año faltó a su
encuentro con la amanecida. Como diría Goethe si se diera un paseo por las
avenidas teñidas de malva, la flor de la jacaranda es el sufrimiento de la luz
en las desmayadas tardes de mayo.

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