miércoles, 15 de abril de 2015

La ciudad de la gracia




La gracia que buscaba José María Izquierdo, uno de los inventores de la Sevilla que jamás existió, no está en esa Sevilla impostada, rebuscada y empalagosa. La gracia depurada que Izquierdo soñaba en sus paseos por el río está en esos trajes que le dan la vuelta al ruán del nazareno. La ciudad de la gracia por la que divagaba Izquierdo es un paréntesis en el tiempo, un suspiro con hechuras de primavera que este año se disfraza en los almanaques con el nombre del mes de mayo. Si la Semana Santa le sirvió a Caro Romero para descubrir que la vida es una semana, la Feria nos demuestra cada año que la belleza apenas dura siete días.

Digámoslo de una vez y para siempre: una mujer vestida de flamenca es una catedral andante, un monumento a lo efímero en esta ciudad barroca donde las dualidades no se tocan, sino que se rozan con la mirada. Dios quiso crear el vuelo, como canta Manuel Pareja Obregón en esa película que le sirvió a Juan Lebrón para salvar a las sevillanas de la crueldad del tiempo y elevarlas a la altura del Arte. Dios quiso crear el vuelo y se valió de los brazos de una mujer vestida de gitana, esos brazos desmayados que se alzan sobre la perfección de los hombros para buscar un cielo pespunteado de farolillos venecianos. El lapislázuli y los rojos de Tintoretto y de Tiziano en los canales amarillos del albero. Y como quiso recrearse en su obra maestra, el Creador de la Gracia le colocó en los ojos las vidrieras por donde la luz se cuela en la penumbra de su alma de mujer. Como para no perder el ‘sentío’…

En esos lunares está cifrada la espina aguda del deseo que atormentaba a Cernuda, la belleza que Juan Ramón buscaba en los atardeceres que le sirven a Dios para sacar la paleta donde guarda la pureza del color, el pellizco de la soleá de Aquilino Duque que acompaña la guitarra del cuerpo femenino cuando la letra se escapa de los labios: “Reloj de arena tu cuerpo, / te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo”. Ese tiempo se duerme en las muñecas que giran en el cristal del aire, como si el vestido fuera un capote donde muere el deseo de quien se encela con tanta hermosura. Se baila como se es, que diría Belmonte.

Dios quiso crear el vuelo en esos volantes que giran como los astros que se encienden en la noche, en esas miradas que se quedan prendidas en el azafrán tostado de la piel, en ese misterio que florece cuando la ciudad se busca en las entrañas de abril. La ciudad cae rendida en los brazos de la gracia, en el talle que contiene los secretos de la armonía, en esas caderas donde el universo se curva para no dejar por embustero a Einstein. Hay poetas que darían la vida por un verso que describiera esa mudable maravilla. Un verso como el que le sirvió a Lope para cerrar su soneto sobre el amor. Un verso que se quiebra como una cintura donde da la vuelta el aire: Así es la gracia, quien la vio lo sabe…

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