La gracia que buscaba José María
Izquierdo, uno de los inventores de la Sevilla que jamás existió, no está en
esa Sevilla impostada, rebuscada y empalagosa. La gracia depurada que Izquierdo
soñaba en sus paseos por el río está en esos trajes que le dan la vuelta al
ruán del nazareno. La ciudad de la gracia por la que divagaba Izquierdo es un
paréntesis en el tiempo, un suspiro con hechuras de primavera que este año se
disfraza en los almanaques con el nombre del mes de mayo. Si la Semana Santa le
sirvió a Caro Romero para descubrir que la vida es una semana, la Feria nos
demuestra cada año que la belleza apenas dura siete días.
Digámoslo de una vez y para siempre: una mujer
vestida de flamenca es una catedral andante, un monumento a lo efímero en esta
ciudad barroca donde las dualidades no se tocan, sino que se rozan con la
mirada. Dios quiso crear el vuelo, como canta Manuel Pareja Obregón en esa
película que le sirvió a Juan Lebrón para salvar a las sevillanas de la
crueldad del tiempo y elevarlas a la altura del Arte. Dios quiso crear el vuelo
y se valió de los brazos de una mujer vestida de gitana, esos brazos desmayados
que se alzan sobre la perfección de los hombros para buscar un cielo
pespunteado de farolillos venecianos. El lapislázuli y los rojos de Tintoretto
y de Tiziano en los canales amarillos del albero. Y como quiso recrearse en su
obra maestra, el Creador de la Gracia le colocó en los ojos las vidrieras por
donde la luz se cuela en la penumbra de su alma de mujer. Como para no perder
el ‘sentío’…
En esos lunares está cifrada la espina
aguda del deseo que atormentaba a Cernuda, la belleza que Juan Ramón buscaba en
los atardeceres que le sirven a Dios para sacar la paleta donde guarda la
pureza del color, el pellizco de la soleá de Aquilino Duque que acompaña la
guitarra del cuerpo femenino cuando la letra se escapa de los labios: “Reloj de
arena tu cuerpo, / te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo”. Ese
tiempo se duerme en las muñecas que giran en el cristal del aire, como si el
vestido fuera un capote donde muere el deseo de quien se encela con tanta
hermosura. Se baila como se es, que diría Belmonte.
Dios quiso crear el vuelo en esos
volantes que giran como los astros que se encienden en la noche, en esas miradas
que se quedan prendidas en el azafrán tostado de la piel, en ese misterio que
florece cuando la ciudad se busca en las entrañas de abril. La ciudad cae
rendida en los brazos de la gracia, en el talle que contiene los secretos de la
armonía, en esas caderas donde el universo se curva para no dejar por embustero
a Einstein. Hay poetas que darían la vida por un verso que describiera esa
mudable maravilla. Un verso como el que le sirvió a Lope para cerrar su soneto
sobre el amor. Un verso que se quiebra como una cintura donde da la vuelta el
aire: Así es la gracia, quien la vio lo sabe…

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