domingo, 17 de agosto de 2014

De San Bernardo a Belgravia



Estos días de lluvia te han llevado hasta un callejón de Belgravia, el barrio diplomático de Londres que en nada se parece a aquel arrabal de tu adolescencia, a aquel barrio de San Bernardo destruido por la especulación y la pobreza. ¿Eres el mismo niño que vio la luz en otro callejón como éste, con los mismos adoquines y con el sol que hoy por fin luce en el cielo inmaculado de la metrópoli donde hay más cuadros de Murillo y de Velázquez que en su ciudad nativa? ¿Somos los mismos que nos enamoramos de aquella Sevilla fea, destartalada, pobretona y sin horizontes, donde los jaramagos adornaban las ruinas de tantas casas como se vinieron abajo en los años de la piqueta?

De aquellas viejas tabernas apenas quedan unos cuantos mostradores de madera donde rendirle culto pagano al vino tinto con su punto agresivo, vulgo peleón, y a la rubia espumosa que nos refresca por fuera y nos acaricia por dentro. Todo se fue por el sumidero de una modernidad mal entendida y peor practicada. Sólo hay que darse un paseo por cualquier barrio londinense para encontrar el pub que es un refugio contra la vulgaridad, un oasis de maderas y de alfombras, de luces que convierten un lugar público en la prolongación del hogar, de tiradores de cerveza abrillantados como una crestería neobarroca.

Sevilla ha ido perdiendo su sabor en aras de un progreso tan falso como el plexiglás, como las barras de acero inoxidable y los veladores de plástico. Al salir de su perímetro materno nos damos cuenta de lo que hemos perdido, de los cafés que podrían llenar de vida la Campana o la calle de las Sierpes, de esos lugares que buscamos cuando viajamos porque no podemos encontrarlos en nuestra ciudad. Lo decía un sevillano con veinte años ante la fachada de un pub, rebosante de flores:

-Se parece al palio de la Esperanza de Triana…

Sentiste cómo te mordía una vez más el alacrán de la nostalgia en tu eterno pecho adolescente. Otra vez te ganó la ciudad cuyo nombre no hace falta escribir, otra vez sentiste la punzada en el rinconcillo del corazón, otra vez comprobaste que Sevilla es un fardo que llevamos en la espalda de la memoria, que irá con nosotros allá donde vayamos, y que nos sobrevivirá cuando se haga presente el verso que escribió el poeta al que retrató Velázquez y que a estas horas estará buscando un rayo de sol en el salón de la Apsley House donde Wellington invitaba a cenar cada 18 junio a los supervivientes de Waterloo. Seremos el polvo enamorado de esta ciudad que está aquí, en este callejón de Belgravia donde regresan los días azules y el sol de la infancia, en estos adoquines que pisarás con un repeluco inevitable cuando busques los Jardines de Murillo en la elegancia de los árboles que Dios pintó, con la pincelada de Cézanne, para colocarlos en Saint James Park. ¿Qué es Sevilla?, preguntas mientras clavas tus ojos en la pupila azul del cielo londinense. Sevilla eres tú.

domingo, 10 de agosto de 2014

Luz de agosto.



No puede equivocarse la luz, esa luz primera de agosto tan virginal, tan clara y tan pura en su ligereza, luz que apenas destacaba el perfil de la torre en el espejo quieto del río, luz que no hería con el brillo del color, luz silenciosa que predispone al cuerpo para las tres vías que les servían a los místicos para llegar a Dios. La vía iluminativa estaba ahí, al alcance de quien quisiera verla, presta para la caricia de la mirada que va mucho más allá de la retina.

No hay luz sin sombras. Te lo decían, sin mover los labios, aquellas mujeres que iban en busca de la plaza que lleva el nombre de la Virgen. Te recorrió un escalofrío por dentro. Fue un repeluco que llegó a la médula que le da sentido al hueso insobornable, como escribió Aleixandre, el poeta que vio la luz en aquel lugar que sigue siendo la puerta que da entrada al corazón de la ciudad. Alguien te lo dijo aunque nadie lo escuchara: tantas mujeres no pueden estar equivocadas. Mujeres que llevan su verdad por dentro, mujeres que han dado a luz y que han sentido la punzada del dolor, mujeres que caminan con paso lento por el peso de la edad, mujeres de abanico y pañuelo preparado para la emoción que espera, mujeres que le dan sentido a la verdadera caridad, esa virtud que tiene nombre de mujer.

No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que protagonizan esta mañana sin figurones revestidos ni aplausos al político de turno. Es la mañana de la Virgen. Y del silencio femenino. Un silencio de nardos, un silencio de sebka erizada en la piel de la Giralda, un silencio de monjas en penumbra que esperan el pincel de Zurbarán tras las rejas del convento de la Encarnación, un silencio de verdades, un silencio sonriente en el rostro del Niño que sale de paseo en brazos de la Madre. Te duele ese silencio de campanas que convierten el aire en una caja de música, te duele ese silencio de tu madre al otro lado de la orilla, te duele la ciudad que llevas dentro: es inútil que huyas. Es imposible alejarte de ella y tú lo sabes. Por eso te has dado el madrugón y te has acercado a la puerta del Misterio, al lugar donde la luz recién renacida marca las sombras de la duda y la luz de la certeza.

Media catedral iluminada por el sol que le sirve a Dios para encender los pináculos, y la otra media envuelta en la sombra que será un estallido de luz cuando la Virgen regrese. Recorre las gradas en el sentido inverso al de las agujas del reloj. Como si quisiera devolvernos al tiempo sin tiempo de la infancia. Te quedaste para volver a verla. Entonces todo era luz. Una luz que no podía equivocarse, una luz que acertaba de pleno al dorar el rostro alegre de la Madre y la sonrisa pícara del Niño. No se equivocó la luz, ni se equivocaron las mujeres que volvieron al rito sin más regla que la costumbre. Tampoco te equivocaste tú: el candil de la razón era insignificante ante la verdad de Sevilla.

De Triana a París.



Triana es una mujer de cerámica que ha resistido el paso del tiempo, las hambrunas y las riadas del Guadalquivir que le da nombre a la calle Betis antes de que la corriente se convirtiera en la dársena donde se mira, femenina y fatal, cuando llegan estos atardeceres de naranja amarga. Así la ha retratado Antonio del Junco en ese programa de la Velá que ayer se presentó en la Peña Trianera: sombras a contraluz que cruzan el puente como si fuera la caverna de Platón. Triana es el capricho del Supremo Alfarero, el que se esmeró con el rostro de la Estrella hasta el punto de cambiarle una palabra al soneto de Juan Sierra: “¿Quién aromó de nardo tu belleza / con el barro más limpio de Triana?” El poeta hablaba de la sangre, pero el Alfarero que agoniza en la eternidad de su Cachorro herido la hizo del barro más puro que encontró cuando Pureza ya era la calle de la Esperanza. Inciso: ¿por qué se le eriza la piel al articulista cuando escribe la palabra Cachorro? ¿Por qué?

Triana es el reflejo de ese puente que es el gemelo del Carrousel que los parisinos derribaron y que aquí se conservó. El puente del Carrousel unía las dos riberas del Sena, del Louvre al andén donde se alza la antigua estación d’Orsay que hoy acoge la mejor pintura impresionista de la historia. Tal vez por eso el ceramista Alfonso Orce haya unido ese impresionismo parisino con el puente trianero en un cartel que nos reconcilia con el anhelo del sevillano ambivalente que busca la tradición hecha modernidad, y viceversa. El puente iluminado está sugerido por esa pincelada suelta que le sirvió a un paisano nuestro para anticiparse al impresionismo en sus cuadritos de la Villa Medicis romana: un tal Velázquez…

Y bajo el puente, como si fuera un galeón hundido en las aguas que guardan el mejor de los tesoros, un paño de azulejos con el nombre de Triana… Unos azulejos que no existen más que en la mente de Orce, un ceramista de estirpe que ha demostrado lo evidente: se puede pintar el puente de Triana con la fórmula de un movimiento artístico que no sea el kitsch al que nos han acostumbrado los artistas que le tienen miedo a conjugar la tradición con la originalidad. Hay que ser valientes, como la Estrella de la Mañana que cruza cada Domingo el puente del Carrousel trianero para dejarnos ese nostalgia que habita en la memoria del niño que se reencuentra con la vida: un año más, un año menos…

Orce ha pintado un cartel con azulejos que han salido del horno fecundo de su imaginación. Ahora sólo falta que se conviertan en cerámica trianera para que la tarde los esmalte con la luz anaranjada del poniente. Ya se dijo antes. Triana es una mujer que salió del mejor barro, el que modeló con sus manos un Alfarero –otra vez el repeluco- que vence al tiempo en la interminable agonía de su calle Castilla.

Sevillanos sin Sevilla.



La “Sevilla vieja / donde se dormía el tiempo / con palacios con jardines,/ bajo un azul de convento” resucita cada verano, cuando hace la calor y las calles se quedan aisladas en ese vacío que tanto se parece a la soledad. Porque Sevilla posee un alma digna de ser estudiada por el profesor Rodríguez Sacristán en su imprescindible Psicología del sevillano (Almuzara), un libro donde se desvelan las claves que le confieren a la ciudad esa personalidad que la convierte en humana. Los fines de semana de julio y agosto Sevilla no se queda vacía: se queda sola, que es distinto. Como solos se quedan los sevillanos que huyen hacia el mar en un éxodo que merecería una disquisición aparte.

Durante el hueco que forman esas tardes de sábado y de domingo habría que darles la vuelta a los versos de Antonio Machado. De la Sevilla sin sevillanos que soñaba este hispalense adusto, a los sevillanos sin Sevilla. La media distancia que maneja el sevillano para relacionarse con la ciudad se vuelve insoportable en verano. Sevilla nos expulsa del paraíso soñado y nos arroja a los brazos del mar, o nos deja encerrados en el exilio interior de la casa donde encontramos el frescor que no existe en las calles tomadas por la llamarada inmisericorde del calor.

Entonces comprendemos que no vivimos en una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Sevilla se queda sola como solo se queda el torero después de matar al toro en la soleá de Bergamín. Sevilla se queda sola como ese nazareno que busca en la clausura de la sarga o del ruán el tiempo en que todo regresa al escalofrío de la infancia. Sevilla se queda sola como el poeta que se encuentra con el regalo de un endecasílabo que Alguien le ha dictado en la penumbra de su escritorio. Sevilla se queda en esa soledad de la soleá que entreviera Montesinos y que ella canta con los ojos cerrados por la luz que la ciega: “Que nadie se llame a engaño, / todo el que vive por dentro, / por dentro se va matando”. Terrible y verdadera.

Sevilla vive por dentro en esas tardes azotadas por el sol, cuando rememora la suavidad de los atardeceres que invitaban a compartir la emoción en sus calles rebosantes. Los sevillanos entregan la ciudad a la Soledad que cierra esos días del esplendor con un silencio que anticipa este vacío de julio y de agosto. Los sevillanos se quedan sin Sevilla para empezar a añorarla, para desearla como si fuera una mujer tan hermosa como esquiva, tan atractiva como imposible. Porque Sevilla, como ya se dijo antes, posee un alma sedimentada por el tiempo que le da el ser. Por eso no es una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Para la compañía que nos ofrece cuando se abre de brazos en abril y para la soledad en que nos deja, abandonados al ejercicio de la nostalgia, cuando prefiere quedarse a solas consigo misma.

Claridad con fecha.



Este cuarenta de mayo se asoma a los almanaques para que la ciudad se despoje del sayo que le recuerda las tardes que se prolongaban en la Cuaresma, los fríos que se cortaban con el repeluco de esa Madrugada que este año fue ausencia leve como carne de niño que se queda sin ver al Gran Poder, los coletazos de las últimas tormentas que dejaron el esmalte de la lluvia en el alma que colorean sus azulejos. Este cuarenta de mayo se celebra, sin que nadie alce la voz, el triunfo definitivo de ese intangible que define la ciudad hasta el punto de hacerla suya: la luz.

Sevilla es la luz. Quien no lo entienda así se quedará a oscuras con el misterio de esta ciudad que ha sobrevivido al paso más conmovedor que discurre por sus calles: el paso del tiempo. Sevilla es la claridad sin fecha que entrevió Juan Sierra y la caridad que Dios ejerce sobre la ciudad cuando prolonga en estas fechas los interminables atardeceres que nos crean la ilusión de la eternidad. Somos carne de luz, hijos de la luz. La vivimos tan intensamente que un cielo azul cerámico, de retablo trianero, nos impide escribir sobre las sombras mundanas que recorren los rincones donde la vida se vuelve gris, áspera, insulsa, previsible.

Escribir sobre Sevilla es caminar envuelto en sus tinieblas interiores con el candil de la palabra en la mano. De pronto aparece esta luz de junio y la llama se vuelve inútil. La claridad, infinita en nuestro deseo, lo inunda todo y todo lo traspasa. Es la luz que enloquece la razón de los científicos que han conseguido sacar sus esquirlas de la nada, la luz que pone en jaque los fundamentos de la física hasta el extremo de llevarla hasta el equívoco principio de incertidumbre, la luz que viaja en los quantos a una velocidad de vértigo aunque luego se quede suspendida en estas tardes que desafían a los relojes de sol, la luz que fijaron los pintores barrocos en los lienzos que sobrevivieron a sus creadores, la luz que enamora a los poetas hasta el punto de confundirla con aquella mujer incorpórea e intangible que buscó Bécquer, aquel fantasma de niebla y luz.

Sevilla es un laberinto sentimental donde las distancias se miden en años luz. ¿Quién no ha sentido en estas tardes de junio la punzada del regreso a la infancia? ¿Quién no ha experimentado esa dulzura que nos lleva de la mano hasta cierta plaza, hasta un impreciso jardín, hasta ese patio convertido en azotea por obra y gracia de la claridad que no cesa? ¿Quién no se ha dejado llevar por esta nostalgia que en la noche breve toma la forma de la luna en su cuarto doliente? Las naranjas amargas tiñen el lubricán del poniente con ese color que nos deja heridos de belleza. Y el amanecer temprano envuelve la ciudad con la gasa inmaculada del celeste. Ya se dijo antes. Escribir sobre Sevilla es ahogarse en el misterio de la luz.

La romería va por dentro.



No es rociero. Nunca lo fue aunque por dentro sienta una punzada cuando escucha ese nombre en los labios de una mujer. Ese nombre le salvó la vida. Fue hace muchos años. Su madre, desesperada, invocó a la Virgen del Rocío para que no se le fuera, tan pronto, el niño que había llevado en su vientre y en sus brazos. Ha escuchado mil veces esa historia. La recuerda como si eso fuera posible. Los matices de la narración lo devuelven al lugar y al tiempo en que nació de nuevo. A pesar de eso, no es rockero.

La razón le marca la senda de su vida. Pero hay momentos en que se deja llevar por el misterio. Hay noches en que prefiere soñar con un templo como navío varado en el mar templado de las arenas. Un santuario donde la impaciencia tensa los músculos de la espera. Al fondo, nimbada por el oro que se convierte en la transparencia fina de la luz, la Madre que sonríe levemente mientras sostiene al Niño en su regazo. No se escucha nada porque la escena está coagulada en el silencio de la ensoñación.
Una noche decidió acercarse a la aldea para convertir el ensueño en realidad. Se dejó guiar por alguien que lo convenció para que fuera a ver a la Virgen. Sólo para eso. Un amigo de verdad. Un cicerone de lujo. Una noche tibia. La oscuridad envolvía el paso huérfano de cera. Sonaba el mantra de los campaniles. La realidad se convirtió, en ese preciso instante, en el sueño mil veces soñado. Descansó en una casa donde los amigos le dieron cobijo. No hubo fiesta. Con el sol en el campanario celeste del mediodía, volvió a buscar la efigie de la Madre. Desde una azotea fue testigo mudo de la belleza. Al fondo, el manto verde de las rocinas enmarcaba el prodigio del instante.

No habló. No dijo nada. Su romería iba por dentro y no le interesaba a nadie. No lo escribió. Lo acogieron en una casa como si fuera de la familia. Allí compartió el pan, el vino y el tiempo con quienes lo sentaron a su mesa. Hoy sentirá de nuevo el fuego que desciende cada mañana para encender el mecanismo del lenguaje. Siempre es Pentecostés en su oficio. Vive de eso. De la llama que le sirve para alumbrarse en la tiniebla. ¿Misterio o razón? En mañanas como ésta no se preguntan esas cosas.

No está en la aldea, no ha hecho el camino, jamás ha dormido en una carriola, no ha montado nunca a caballo, no baila sevillanas en la lentitud de la marisma mientras unos ojos compiten con la miel del atardecer que les saca esa luz dorada, tal vez imposible, a los pinos que lloran en el Coto. No va vestido de corto ni se protege con un sombrero de ala ancha. No lleva una medalla renegrida por el paso de los caminos. Está lejos, muy lejos de la aldea. No es rociero. Nunca lo ha sido. Pero hay algo que rompe sus esquemas cartesianos cuando escucha ese nombre en los labios de una mujer. Algo que lo deja en la soledad de un navío varado en las arenas del misterio.

Ciudad con nombre de mujer.



Con el estreno de la lluvia o con los colores tibios del primer otoño. Con el cielo encapotado y los adoquines de charol o con el amarillo único que deja el sol de la tarde en el albero de tus mejores fachadas. Con el agua abrillantando el verde oscuro de tus arrayanes y de los naranjos donde maduras en el fruto que te nació del azahar, o con los añiles que oscurecen tu poniente en uno de esos crepúsculos que sólo podría describirte Juan Ramón. Así lucirás a partir de hoy para los que vengan a visitarte, para los elegidos por la fortuna o el destino aunque ellos crean que te han elegido a ti. Que se lo pregunten a los reyes que te conquistaron: eso creían ellos antes de sucumbir a la magia venenosa de tus encantos.

Mujer esquiva donde las haya, hoy te mostrarás en toda la carnalidad de tu belleza. Para los que vienen a mirarte, que eso es lo único que te interesa en esta vida. Para los tuyos guardas celosamente los atascos y los arrabales donde no eres tú, o al menos no lo pareces, que ya se sabe que en tu caso la apariencia va por delante de tu misma esencia. Madrastra para tus hijos y dama sensual que colma de delicias a quien sólo te quiere para pasar dos o tres noches en tu lecho. Te ofrecerás una vez más a los que vivirán el asombro de la penumbra gótica de tu Catedral, esa montaña hueca donde el oro del retablo más imponente que han visto los siglos se pierde en las sombras que inquietaban a Cernuda. Para los viajeros que te buscarán en lo mejor de ti misma, en la apoteosis de tu belleza macerada a lo largo de los siglos que te rejuvenecen.

Esa hermosura la encontrarán en el recinto cerrado de tu Alcázar. Allí se enamoró todo un emperador de una mujer a la que conocía por los cuadros que le habían enviado. Ignoraba que el mejor retrato no era un lienzo, sino la superficie pulida de un espejo. Carlos V ordenó que el arzobispo abandonara el sueño para casarlos en plena madrugada. No podía resistir la mordedura del deseo. Quería que el alba se colara en los patios que había labrado su antecesor Pedro el Justiciero mientras la bella Isabel de Portugal se abandonaba en sus brazos. Esa historia se repite a cada momento. A cada instante.

Cuando alguien se queda prendado de esta mujer que tiene nombre de ciudad o de esta ciudad que tiene nombre de mujer. Cuando la música callada de su luz rompe la simetría de sus calles en clave de sol, o cuando la lluvia le saca perfiles líquidos al prisma vertical de su torre. Cuando ella se mira en el espejo callado y quieto de la dársena. Cuando alguien siente esa punzada que derribó a Stendhal en Florencia. Porque a pesar de todo y de casi todos, basta un mocárabe o una columna, un mármol mojado por los dedos de la lluvia o un balcón abierto a una plaza donde un reloj da las seis en silencio de la tarde, para caer rendido ante esta ciudad que no sólo tiene nombre de mujer…

La flamenca descalza.



Has sentido el vértigo y la punzada, el aroma del azahar que creías enterrado en los brotes amargos de la nostalgia, la luz que se filtraba entre las nubes sonrosadas por el pudor del poniente, los rizos del agua que temblaba con la brisa aunque tú imaginaras la marea que deja sus besos de sal en la arena. Has experimentado aquel mareo que le produjo a Stendhal la visión de tanta belleza acumulada en la Santa Croce aunque no estuvieras en Florencia. La ciudad, que es más tuya a medida que el tiempo deshoja los tacos del almanaque, te regala de vez en cuando esas imágenes que envenenan tu memoria.
Sola en el puente. Mirando el agua quieta de esa dársena que es un río de mentira. Revestida con ese traje que remarca las líneas que definen el cuerpo femenino como si fuera el universo según Einstein: finito, ilimitado y curvo. Finito en los bordes tapizados por ese tejido que es la urdimbre perfecta del azul; ilimitado como el deseo que traspasa las aristas de la realidad hasta hincarnos el acero de su ala para que se cumpla el verso de Cernuda; y curvo cual ballesta que mantiene la tensión del momento.
Vestida de azul y blanco como los cielos que poco a poco se confunden en la paleta del lubricán. Así apareció, efímera y distante, la flamenca descalza. Fugitiva. Puro instante. Lejana y sola en el azogue de su belleza. ¿Cómo es posible que el traje mejore la flor desnuda que ansiaba Juan Ramón? ¿Qué milagro cosido a su cuerpo la eleva por encima de su propio esplendor aunque sus zapatos hayan dejado huérfanos los pies que taconearon la madera hasta levantar astillas en las miradas que se clavaban en su cuerpo? Estuvo bailando hasta hace un momento, ajena a las pupilas que se llevaron su imagen esquiva a la pantalla gris de la retina. Rebozada en el baile que está marcado en los volantes de su vestido. Aislada de todos y de todo. Como el arpa de Bécquer que espera la mano de nieve para que los lunares se conviertan en semicorcheas.
La flamenca descalza sigue su camino. Ni mira ni se da cuenta del imán que lleva dentro. No le importa que en ese intervalo de tiempo alguien la haya convertido en la alegoría de la ciudad perfecta. Envuelta en el aire tibio de abril, perfumada de vientos que serpean alrededor de su cintura, la mujer se aleja y se pierde en una distancia que aún no es el olvido. De espaldas es un reloj de arena. Barroca y fatal como el tiempo que sigue goteando, que no cesa de pasar, que nunca cae ni tropieza. Se pierde en una lejanía de tráfico y ruido, se diluye en la niebla clara de la distancia. Y nos deja el eco apagado de la belleza.
Sevilla es así. De vez en cuando, muy de tarde en tarde. Pero es así. Cuando creemos que hemos dominado la ciudad y la hemos cuadriculado para que se amolde a las categorías de la razón, surge la chispa. Nos incendia con ese fulgor repentino que tan poco dura. Nos ciega y nos provoca ese vértigo que obliga a buscar asiento para escribir lo imposible, lo inefable. Ciudad desmayada como ese brazo que le caía a la flamenca mientras miraba el agua quieta; el mismo brazo que se había alzado en volutas acompasadas por el baile más erótico que imaginarse pueda. Ciudad que duele como esos pies descalzos que pisan las mismas calles donde se enfría la cera que fue pasión de una noche. Ciudad que desasosiega con esta calma que tanto se parece a su obra maestra: el silencio descalzo de una flamenca que por un instante se confundió con Sevilla.

Los cielos tardíos.



Hay ciudades que son claras como una mañana de sol recostándose en sus plazas. Hay ciudades abonadas al neón de sus noches en vela, al sonido amargo de un amanecer que se rompe en los cristales de lo prohibido. Sevilla no es lo uno ni lo otro. Ni noche ni mañana. Sevilla es una tarde prolongándose en los cielos tardíos que ha escrito María Sanz, poeta sevillana de la estirpe de Bécquer. “Los cielos tardíos” es un gozo para la inteligencia, un repeluco para el cuerpo -¡qué finales de poemas, qué manera de rematar por bajo!- y una forma de entender la ciudad. María Sanz destripa en su valiente poemario el dolor que provocan esos amores que a nada conducen cuando la juventud queda lejos. Pero en sus versos late el espíritu de esta ciudad que nunca le es ajena, esa Sevilla refinada y elegante que tanto le debe… y que le paga con la cernudiana moneda del olvido.

Uno se asoma a la ventana en esta vuelta de la luz tras el paréntesis oscuro de la lluvia y se entrega a la maldición de la ciudad: su belleza efímera. Da igual que el objeto del amor sea un hombre que va de vuelta o una ciudad que vive ajena y distante, esquiva en su arrogancia: “Ahora sólo tengo tus tardes en presente, / la realidad sin fecha que a solas atesoro, / si acaso la limosna de ese amor impagable / que los cielos conceden a quien lo justifica”. Esta tarde de enero, presagio de las vísperas que obsesionan al sevillano, es el presente que pasa antes de llegar, el deseo que volverá cuando la ciudad se perfume de azahar en los lóbulos prestados de sus naranjos. “Tú ya me florecías / cuando aún era invierno”.

Para el sevillano, su ciudad es “como un eco sagrado / por el valle del tiempo”. Sevilla es lo que nos queda de la infancia, el cielo tardío que nos engaña con estas tardes que ya no son las que se demoraban en los Jardines de Murillo. Carpe diem. Gocemos de esta luz que Alguien nos regala en estas tardes limpias de todo, incluso de la ilusión de las vísperas. Estas tardes rosadas, coronadas de espinas antes de que llegue la Madrugada y las convierta en “cicatriz en mis sienes”. ¡Ay, el error de amar a una ciudad como si fuera una mujer embellecida por el paso de los años! Ya lo remata María Sanz con dos versos por bajo que tan bien definen a Sevilla: “Debía convencerme. / Eras tú. Pero un sueño”.