domingo, 10 de agosto de 2014
Los cielos tardíos.
Hay ciudades que son claras como una mañana de sol recostándose en sus plazas. Hay ciudades abonadas al neón de sus noches en vela, al sonido amargo de un amanecer que se rompe en los cristales de lo prohibido. Sevilla no es lo uno ni lo otro. Ni noche ni mañana. Sevilla es una tarde prolongándose en los cielos tardíos que ha escrito María Sanz, poeta sevillana de la estirpe de Bécquer. “Los cielos tardíos” es un gozo para la inteligencia, un repeluco para el cuerpo -¡qué finales de poemas, qué manera de rematar por bajo!- y una forma de entender la ciudad. María Sanz destripa en su valiente poemario el dolor que provocan esos amores que a nada conducen cuando la juventud queda lejos. Pero en sus versos late el espíritu de esta ciudad que nunca le es ajena, esa Sevilla refinada y elegante que tanto le debe… y que le paga con la cernudiana moneda del olvido.
Uno se asoma a la ventana en esta vuelta de la luz tras el paréntesis oscuro de la lluvia y se entrega a la maldición de la ciudad: su belleza efímera. Da igual que el objeto del amor sea un hombre que va de vuelta o una ciudad que vive ajena y distante, esquiva en su arrogancia: “Ahora sólo tengo tus tardes en presente, / la realidad sin fecha que a solas atesoro, / si acaso la limosna de ese amor impagable / que los cielos conceden a quien lo justifica”. Esta tarde de enero, presagio de las vísperas que obsesionan al sevillano, es el presente que pasa antes de llegar, el deseo que volverá cuando la ciudad se perfume de azahar en los lóbulos prestados de sus naranjos. “Tú ya me florecías / cuando aún era invierno”.
Para el sevillano, su ciudad es “como un eco sagrado / por el valle del tiempo”. Sevilla es lo que nos queda de la infancia, el cielo tardío que nos engaña con estas tardes que ya no son las que se demoraban en los Jardines de Murillo. Carpe diem. Gocemos de esta luz que Alguien nos regala en estas tardes limpias de todo, incluso de la ilusión de las vísperas. Estas tardes rosadas, coronadas de espinas antes de que llegue la Madrugada y las convierta en “cicatriz en mis sienes”. ¡Ay, el error de amar a una ciudad como si fuera una mujer embellecida por el paso de los años! Ya lo remata María Sanz con dos versos por bajo que tan bien definen a Sevilla: “Debía convencerme. / Eras tú. Pero un sueño”.
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