domingo, 10 de agosto de 2014

La flamenca descalza.



Has sentido el vértigo y la punzada, el aroma del azahar que creías enterrado en los brotes amargos de la nostalgia, la luz que se filtraba entre las nubes sonrosadas por el pudor del poniente, los rizos del agua que temblaba con la brisa aunque tú imaginaras la marea que deja sus besos de sal en la arena. Has experimentado aquel mareo que le produjo a Stendhal la visión de tanta belleza acumulada en la Santa Croce aunque no estuvieras en Florencia. La ciudad, que es más tuya a medida que el tiempo deshoja los tacos del almanaque, te regala de vez en cuando esas imágenes que envenenan tu memoria.
Sola en el puente. Mirando el agua quieta de esa dársena que es un río de mentira. Revestida con ese traje que remarca las líneas que definen el cuerpo femenino como si fuera el universo según Einstein: finito, ilimitado y curvo. Finito en los bordes tapizados por ese tejido que es la urdimbre perfecta del azul; ilimitado como el deseo que traspasa las aristas de la realidad hasta hincarnos el acero de su ala para que se cumpla el verso de Cernuda; y curvo cual ballesta que mantiene la tensión del momento.
Vestida de azul y blanco como los cielos que poco a poco se confunden en la paleta del lubricán. Así apareció, efímera y distante, la flamenca descalza. Fugitiva. Puro instante. Lejana y sola en el azogue de su belleza. ¿Cómo es posible que el traje mejore la flor desnuda que ansiaba Juan Ramón? ¿Qué milagro cosido a su cuerpo la eleva por encima de su propio esplendor aunque sus zapatos hayan dejado huérfanos los pies que taconearon la madera hasta levantar astillas en las miradas que se clavaban en su cuerpo? Estuvo bailando hasta hace un momento, ajena a las pupilas que se llevaron su imagen esquiva a la pantalla gris de la retina. Rebozada en el baile que está marcado en los volantes de su vestido. Aislada de todos y de todo. Como el arpa de Bécquer que espera la mano de nieve para que los lunares se conviertan en semicorcheas.
La flamenca descalza sigue su camino. Ni mira ni se da cuenta del imán que lleva dentro. No le importa que en ese intervalo de tiempo alguien la haya convertido en la alegoría de la ciudad perfecta. Envuelta en el aire tibio de abril, perfumada de vientos que serpean alrededor de su cintura, la mujer se aleja y se pierde en una distancia que aún no es el olvido. De espaldas es un reloj de arena. Barroca y fatal como el tiempo que sigue goteando, que no cesa de pasar, que nunca cae ni tropieza. Se pierde en una lejanía de tráfico y ruido, se diluye en la niebla clara de la distancia. Y nos deja el eco apagado de la belleza.
Sevilla es así. De vez en cuando, muy de tarde en tarde. Pero es así. Cuando creemos que hemos dominado la ciudad y la hemos cuadriculado para que se amolde a las categorías de la razón, surge la chispa. Nos incendia con ese fulgor repentino que tan poco dura. Nos ciega y nos provoca ese vértigo que obliga a buscar asiento para escribir lo imposible, lo inefable. Ciudad desmayada como ese brazo que le caía a la flamenca mientras miraba el agua quieta; el mismo brazo que se había alzado en volutas acompasadas por el baile más erótico que imaginarse pueda. Ciudad que duele como esos pies descalzos que pisan las mismas calles donde se enfría la cera que fue pasión de una noche. Ciudad que desasosiega con esta calma que tanto se parece a su obra maestra: el silencio descalzo de una flamenca que por un instante se confundió con Sevilla.

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