domingo, 10 de agosto de 2014
Ciudad con nombre de mujer.
Con el estreno de la lluvia o con los colores tibios del primer otoño. Con el cielo encapotado y los adoquines de charol o con el amarillo único que deja el sol de la tarde en el albero de tus mejores fachadas. Con el agua abrillantando el verde oscuro de tus arrayanes y de los naranjos donde maduras en el fruto que te nació del azahar, o con los añiles que oscurecen tu poniente en uno de esos crepúsculos que sólo podría describirte Juan Ramón. Así lucirás a partir de hoy para los que vengan a visitarte, para los elegidos por la fortuna o el destino aunque ellos crean que te han elegido a ti. Que se lo pregunten a los reyes que te conquistaron: eso creían ellos antes de sucumbir a la magia venenosa de tus encantos.
Mujer esquiva donde las haya, hoy te mostrarás en toda la carnalidad de tu belleza. Para los que vienen a mirarte, que eso es lo único que te interesa en esta vida. Para los tuyos guardas celosamente los atascos y los arrabales donde no eres tú, o al menos no lo pareces, que ya se sabe que en tu caso la apariencia va por delante de tu misma esencia. Madrastra para tus hijos y dama sensual que colma de delicias a quien sólo te quiere para pasar dos o tres noches en tu lecho. Te ofrecerás una vez más a los que vivirán el asombro de la penumbra gótica de tu Catedral, esa montaña hueca donde el oro del retablo más imponente que han visto los siglos se pierde en las sombras que inquietaban a Cernuda. Para los viajeros que te buscarán en lo mejor de ti misma, en la apoteosis de tu belleza macerada a lo largo de los siglos que te rejuvenecen.
Esa hermosura la encontrarán en el recinto cerrado de tu Alcázar. Allí se enamoró todo un emperador de una mujer a la que conocía por los cuadros que le habían enviado. Ignoraba que el mejor retrato no era un lienzo, sino la superficie pulida de un espejo. Carlos V ordenó que el arzobispo abandonara el sueño para casarlos en plena madrugada. No podía resistir la mordedura del deseo. Quería que el alba se colara en los patios que había labrado su antecesor Pedro el Justiciero mientras la bella Isabel de Portugal se abandonaba en sus brazos. Esa historia se repite a cada momento. A cada instante.
Cuando alguien se queda prendado de esta mujer que tiene nombre de ciudad o de esta ciudad que tiene nombre de mujer. Cuando la música callada de su luz rompe la simetría de sus calles en clave de sol, o cuando la lluvia le saca perfiles líquidos al prisma vertical de su torre. Cuando ella se mira en el espejo callado y quieto de la dársena. Cuando alguien siente esa punzada que derribó a Stendhal en Florencia. Porque a pesar de todo y de casi todos, basta un mocárabe o una columna, un mármol mojado por los dedos de la lluvia o un balcón abierto a una plaza donde un reloj da las seis en silencio de la tarde, para caer rendido ante esta ciudad que no sólo tiene nombre de mujer…
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