jueves, 14 de mayo de 2015

Jardines de Murillo




“Ante el paso del tiempo, sólo anhelas encontrarte otra vez en los Jardines que siguen conservando el sitio que dejaste”. Lo ha escrito María Sanz en un libro que es una joya, una obra miniada en esa prosa que esconde endecasílabos y alejandrinos en las veladuras de la poesía del silencio, tan sevillana en el sentido más hondo del término. Lo ha escrito María Sanz en ‘Jardines de Murillo’, un libro que sigue la estela de Platero y de Ocnos, de aquel Pueblo lejano de Romero Murube.

Ante el paso del tiempo sólo buscas la ciudad perdida mientras los políticos se dedican a venderte la ciudad prometida que nada te importa. Tras el ruido provocado por ese vuelco que ha conmovido la médula de la ciudad necesitas el silencio de esos Jardines que buscas en Nueva York, al lado de la fuente donde un ángel camina, con el pie izquierdo por delante, sobre las aguas de la Bethesda. O en Londres, cuando cruzas Hyde Park en busca de la casa donde Wellington guardó El aguador de Sevilla, el cuadro que le sirvió a Velázquez para abrirse paso en esa Corte donde lo conocían como El Sevillano. O en Estocolmo, donde comprendiste que la continuidad de los parques no era solamente un relato de Cortázar, sino una forma de ciudad.

Mas en ningún lugar del mundo encontrarás los Jardines que van ligados con tu origen y con tu destino, como te recuerda Cernuda en esta tarde de azules que rayan el cobalto y que te dejan un poso de nostalgia en la garganta. Fuiste un privilegiado y tú lo sabes. La infancia era el territorio inmaculado donde aún no sentías la aguda espina del deseo, donde el tiempo era una dicha, no la amenaza que te persigue desde el fondo barroco de tu memoria.

Sabes que es imposible pasear por los Jardines de Murillo sin que te asalte ese ramalazo de poeta que jamás cuajará en tu limitada inteligencia. Sabes que allí está la ciudad soñada que te hace escribir de la otra, de la vulgar y anodina, de la que se presta a los embustes y a los enjuagues, a las mentiras y a la ojana que le da la vuelta a la chaqueta en cuanto cambian de sentido las flechas veleidosas de las veletas. Esa no es tu ciudad aunque escribas de ella.

Tu ciudad está en otra parte. En otro lugar y en otro tiempo. Tu ciudad está en esos parterres que siguen llamándote por tu nombre, en esa fuente donde aprendiste a leer a Machado antes de encontrarte con sus versos, en ese león de piedra que baja de su pedestal cada anochecer para demostrarte que el realismo mágico lo viviste mucho antes de abrir las páginas de Macondo. Tu ciudad está en esos Jardines donde sigue sentada, en un banco de ladrillo y de cerámica, la mujer que cuidaba tu sombra mientras tú gozabas de la luz infinita de la infancia. En esos Jardines sigue jugando el niño mientras el hombre se dedica a buscar la ciudad soñada en los destellos efímeros de su belleza.

sábado, 2 de mayo de 2015

La flor de la jacaranda




El color es el sufrimiento de la luz. La frase de Goethe se hace presente cada vez que mayo llega a la ciudad cansada de tantas emociones que se reflejan en la gama de los sentimientos. Porque en Sevilla los colores significan. El color trasciende lo físico para colarse por las rendijas del alma. No podría ser de otra manera si tenemos en cuenta el carácter barroco de esta ciudad que es una sucesión de alegorías.

En la pintura, el dibujo es lo masculino y el color pertenece a la esfera de la feminidad, como postuló el academicista Charles Blanc allá por los años del Segundo Imperio francés. La forma es racional, permanece y dura. El color depende de la luz, del contraste, de las sombras. Está claro que en una urbe tan rotundamente femenina como Sevilla el color domina sobre el dibujo hasta el punto de diluir los perfiles como hizo Velázquez en su sevillanísima Venus del espejo, esa ciudad convertida en mujer que se mira en el cristal que le sostiene el ángel de la gracia.
El color dominante de mayo es el azul violáceo que destilan esos árboles de nombre guaraní que nos recuerdan nuestro esplendor americano: la jacaranda. La flor de la jacaranda se sostiene levemente sobre el color que nos anuncia los incomparables atardeceres de Eugenio Noel. Es un azul con vocación de ese morado que este año no estremeció a la ciudad en la Madrugada donde los colores significan más que en ninguna otra noche del año. Verdes y azules que tienden al violeta se suceden en las avenidas para que sigamos idealizando a la ciudad vulgarizada. El mismo nombre es evocador, bellísimo en su estructura fonética, con resonancias de tierras que llevan las huellas de aquella esplendorosa Sevilla del Seiscientos: jacaranda…

Su follaje es efímero, caedizo como las hojas de los almanaques que le marcan los pulsos a esta polis inscrita en el tiempo más que en el espacio. Su forma, irregular. Un poquito caprichosa. El exotismo está medido y asimilado en la memoria, no rechina. Y el placer que provoca en la retina contiene esa melancolía que es tan propia de los poetas que buscaban, buscan y seguirán buscando a Sevilla en esos elementos tan sutiles como el color, el aroma, la música, la nostalgia… Uno se imagina a Bécquer, a Izquierdo, a Cernuda contemplando estos árboles florecidos mientras caminan solitarios en pos de la belleza junto al río por el que discurre la gran metáfora de la vida.

En estos días de ruido y de celeridad, en esta época donde la algarabía corre pareja con las prisas, nada mejor que refugiarse en los dos elementos que son imprescindibles para que florezca el ideal de la hermosura: el silencio y la lentitud. La flor de la jacaranda es el presagio del atardecer y el recuerdo de esa túnica que este año faltó a su encuentro con la amanecida. Como diría Goethe si se diera un paseo por las avenidas teñidas de malva, la flor de la jacaranda es el sufrimiento de la luz en las desmayadas tardes de mayo.