lunes, 30 de marzo de 2015

El silencio del Gran Poder




“Como una sola voz, enronquecida, / se iba oyendo la saña, la locura. / ¿Qué respuesta daría tu dulzura / a ese fragor haciéndote otra herida?” Se lo preguntaba María de los Reyes Fuentes al Cristo silencioso que espera el horror de la Pasión con esa dulzura que nadie sabe explicar porque no es de este mundo. Murió la poeta bajo la fría lluvia del febrero que pasó como todo pasa en la vida, pero sus versos se quedaron para explicarnos lo que sucedió en la tarde caldeada de junio. Ante el atropello de la locura, los ojos que siguen clavados en los náufragos que buscan ese rostro como si les fuera la vida en ello: “Tu mirada, doliente y conmovida / –qué flor más enraizada de ternura, / qué faro destacando tu figura–, / dejaste en el tumulto detenida”.

Cuando la Semana Santa no sabe a dónde ir, llega el Gran Poder y vuelve a marcar el rumbo con su zancada insobornable. Aunque lo haga de esa forma tan barroca que se conoce con el nombre de paradoja. Quien fue humillado y escarnecido se presta una y mil veces a la ofensa que nos muestra el camino, la verdad y la vida. El cristianismo supuso una revolución porque el Gran Poder del Cristo no se manifestó con los inexistentes batallones que le servían a Lenin para mofarse del Vaticano, ni con el oro que algunos atesoraron sin leer la parábola de los lirios del campo. La revolución del cristianismo llegó de la mano tendida del perdón, del brazo que se ofrece como la tercera mejilla para que alguien lo rompa de cuajo.

El cristianismo es perdón o no es nada. No hay movimiento que se le puede comparar en el universo ni en su historia. Por eso el Gran Poder puede con todo lo que le echen, lo que le digan, lo que le hagan. La blasfemia y el ataque a su imponente figura no son más que un regreso al pretorio, al patio de Caifás, a la calle de la Amargura, al monte de la Calavera. Ese perdón que se adivina en el rostro de Jesús del Gran Poder es el que obliga al articulista, torpe hoy como nunca, a escribir en voz baja. Casi susurrando. Como si las palabras pesaran menos que el aire vacío del camarín. Como si fueran esos rezos apagados por el dolor que el Nazareno escucha desde la noche de los tiempos. Son las palabras que nos envía desde la otra orilla de la Verdad la mujer que le escribió al silencio infinito de Dios. “Y para más contraste a la demencia, / al odio y al estruendo del gentío, / contestaste además, tras la mirada, / con otro gesto de tu gran paciencia:/ tu silencio, Señor, qué desafío, / qué modo de decir sin decir nada”.

No se alzará ninguna mano para responder la afrenta. La venganza no tiene sitio en el rincón de San Lorenzo donde la ciudad ha depositado lo mejor de sí misma, los sedimentos que allí han ido dejando los náufragos de la vida que se acercan con la mano en el corazón y con el corazón entre sus manos. Allí habita el perdón, esa forma suprema del olvido. Allí brota el silencio fecundo de Dios que golpea suavemente el aldabón de la conciencia. No habrá venganzas. No. El Gran Poder no es de madera. Es esa astilla que un día alguien –madre, padre, hermano, esposa- nos clavó para siempre en el corazón.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Cuaresmitis aguda


Pidió la venia en la sala de triaje y luego preguntó si le podían dar dos minutos más de paso. Fue guiando al enfermero que lo llevaba en la camilla. ¡La izquierda alante y la derecha atrás! ¡Menos paso quiero! El camillero no daba crédito a la pregunta que le hizo aquel enfermo que exigía un botellín de oxígeno con olor a azahar.

–Oiga, ¿ustedes se han planteado un cambio de recorrido para despejar la sala de espera? Intuyo que existe la posibilidad de que las camillas que vienen de vuelta de radiología tengan que esperar a las que entran en la carrera oficial tras pasar por el palquillo de triaje…

La doctora lo auscultó. El corazón redoblaba como el tambor de Hidalgo. Al respirar profundamente, un olor a incienso llenó el aire de la consulta. No dijo treintaitrés, como es costumbre, sino que se puso a contar nazarenos que pasaban por su calenturienta imaginación. Por parejas. Por tramos. Ahora las insignias con las cuatro varas. Y la bulla de cirios verdes o morados delante del paso.

El TAC era imprescindible. La Tomografía Axial Cofradiera dio como resultado un diagnóstico más que previsible. Cuaresmitis aguda con neurosis vesperal y síndrome de Kim Narius. Los análisis de sangre y de orina vinieron a confirmarlo. Glóbulos rojos bordados en oro. Leucocitos de sarga. Plaquetas neobarrocas. Velocidad de la sangre a paso racheao. Y una orina espumosa como la cerveza que trasegaba entre concierto y conferencia. El oculista le detectó una malformación de la visión producida por la ingesta visual de diapositivas en sus años mozos, cuando aún no se llevaba el selfie delante de los pasos o de las bandas. Y el otrorrino comprobó que sus tímpanos eran como el título de la novela de Pérez Reverte: la piel del tambor.

Después de sufrir un parón en la sala de espera entró en la UCI. La Unidad de Capillitas Intensivos estaba abarrotada. Cuando le sirvieron la comida -espinacas con garbanzos, bacalao con tomate y torrija- preguntó por la hora de la visita del pregonero. El enfermero no lo dudó y llamó al doctor Rodríguez Buzón, que aquel día estaba de guardia en Psiquiatría. Aquel paciente necesitaba una dosis de Ripioversiculina en vena para sobrevivir a la cuarentena.

Publicado en Pasión en Sevilla

viernes, 6 de marzo de 2015

Es marzo




“Te corre por las vértebras un hondo escalofrío / en el que reconoces esa llamada antigua / de todos los abriles y algún marzo temprano…”. Es marzo y tú lo sabes, como lo supo Ignacio Camacho cuando escribió esos alejandrinos que sobrevivieron al efímero papel donde se imprimen los periódicos de hoy que mañana serán la mortaja amarillenta donde ni siquiera brillarán las escamas del pescado. Es marzo y tú lo sabes desde que eras el niño que rebuscaba ese aroma que el maestro Garmendia te recitaba como una letanía: “Ya huele a Semana Santa”. 

Es marzo en los únicos almanaques que pueden herirte con los perfiles afilados de esas hojas que se clavan a medida que van cayendo como caen los sevillanos que hicieron posible lo imposible: el renacimiento de esa fiesta que le marca los pulsos y las horas a esta ciudad de un pasado tan espléndido como perdido, tan real como inexistente, tan paradójico como barroca es la esencia de la Sevilla que le da el ser y el existir a su Semana Santa. Es marzo en las esquinas por donde el aire asoma con ese vago reflejo de la flor del naranjo que siempre nos pilla desarmados, en las calles que dan al poniente para que regrese la luz perfilada de Romero Murube, en los templos donde el retablo se oculta tras el rojo veneciano que enmarca la muerte del Cristo como una caricia de terciopelo.

Es marzo más allá de las trifulcas que se suceden en la sede de Monipodio, de las promesas que unos y otros hacen para cumplirlas… o no, de la propaganda que quiere inocularnos un modelo de ciudad como si Sevilla tuviera que parecerse a Berlín o a Salzburgo, como si no tuviera bastante con ser ella misma. Es marzo en el rito íntimo de la Casa de Pilatos donde aún resuenan las voces de aquellos artistas que trajeron el Renacimiento a la ciudad del Barroco, y en la penumbra de San Ildefonso donde Dios está Cautivo en las manos del Hijo, y en el rincón de San Lorenzo donde habita Aquél cuyo nombre no hace falta escribir, y en ese sosiego que sólo puede brotar del nombre conseguido de los nombres: Silencio.

Es marzo y todo regresa con la liturgia de la luz que lleva dentro el tiempo sin tiempo de tu infancia, con la vuelta al origen que te mantiene en pie y que te ha recordado tu hijo cuando te ha dicho, con esa sencillez que guarda las verdades más hondas de la ciudad, que hacía una tarde de Semana Santa. Sevilla es el reloj, no el mapa. Ya lo escribió Ignacio Camacho una vez y para siempre en esos versos destinados al periódico que hoy regresan a esta ciudad de papel: “Cuántas veces has visto estos mismos instantes / grabarse en tu conciencia desde que eras pequeño, / desde el día feliz en que tú fuiste uno / de esos niños que ahora remueven tu memoria, / las tardes luminosas que pasabas cogido / de la mano segura que marcaba el camino / por donde transitaba tu lejana pureza”. Es marzo en la ciudad de la inocencia y tú lo sabes…