“Como una sola voz, enronquecida, / se
iba oyendo la saña, la locura. / ¿Qué respuesta daría tu dulzura / a ese fragor
haciéndote otra herida?” Se lo preguntaba María de los Reyes Fuentes al Cristo
silencioso que espera el horror de la Pasión con esa dulzura que nadie sabe
explicar porque no es de este mundo. Murió la poeta bajo la fría lluvia del
febrero que pasó como todo pasa en la vida, pero sus versos se quedaron para
explicarnos lo que sucedió en la tarde caldeada de junio. Ante el atropello de
la locura, los ojos que siguen clavados en los náufragos que buscan ese rostro
como si les fuera la vida en ello: “Tu mirada, doliente y conmovida / –qué flor
más enraizada de ternura, / qué faro destacando tu figura–, / dejaste en el
tumulto detenida”.
Cuando la Semana Santa no sabe a dónde
ir, llega el Gran Poder y vuelve a marcar el rumbo con su zancada insobornable.
Aunque lo haga de esa forma tan barroca que se conoce con el nombre de
paradoja. Quien fue humillado y escarnecido se presta una y mil veces a la
ofensa que nos muestra el camino, la verdad y la vida. El cristianismo supuso
una revolución porque el Gran Poder del Cristo no se manifestó con los
inexistentes batallones que le servían a Lenin para mofarse del Vaticano, ni
con el oro que algunos atesoraron sin leer la parábola de los lirios del campo.
La revolución del cristianismo llegó de la mano tendida del perdón, del brazo
que se ofrece como la tercera mejilla para que alguien lo rompa de cuajo.
El cristianismo es perdón o no es nada.
No hay movimiento que se le puede comparar en el universo ni en su historia.
Por eso el Gran Poder puede con todo lo que le echen, lo que le digan, lo que
le hagan. La blasfemia y el ataque a su imponente figura no son más que un regreso
al pretorio, al patio de Caifás, a la calle de la Amargura, al monte de la
Calavera. Ese perdón que se adivina en el rostro de Jesús del Gran Poder es el
que obliga al articulista, torpe hoy como nunca, a escribir en voz baja. Casi
susurrando. Como si las palabras pesaran menos que el aire vacío del camarín.
Como si fueran esos rezos apagados por el dolor que el Nazareno escucha desde
la noche de los tiempos. Son las palabras que nos envía desde la otra orilla de
la Verdad la mujer que le escribió al silencio infinito de Dios. “Y para más
contraste a la demencia, / al odio y al estruendo del gentío, / contestaste
además, tras la mirada, / con otro gesto de tu gran paciencia:/ tu silencio,
Señor, qué desafío, / qué modo de decir sin decir nada”.
No se alzará ninguna mano para responder
la afrenta. La venganza no tiene sitio en el rincón de San Lorenzo donde la
ciudad ha depositado lo mejor de sí misma, los sedimentos que allí han ido
dejando los náufragos de la vida que se acercan con la mano en el corazón y con
el corazón entre sus manos. Allí habita el perdón, esa forma suprema del
olvido. Allí brota el silencio fecundo de Dios que golpea suavemente el aldabón
de la conciencia. No habrá venganzas. No. El Gran Poder no es de madera. Es esa
astilla que un día alguien –madre, padre, hermano, esposa- nos clavó para
siempre en el corazón.

No hay comentarios :
Publicar un comentario