“Te corre por las vértebras un hondo
escalofrío / en el que reconoces esa llamada antigua / de todos los abriles y
algún marzo temprano…”. Es marzo y tú lo sabes, como lo supo Ignacio Camacho
cuando escribió esos alejandrinos que sobrevivieron al efímero papel donde se
imprimen los periódicos de hoy que mañana serán la mortaja amarillenta donde ni
siquiera brillarán las escamas del pescado. Es marzo y tú lo sabes desde que
eras el niño que rebuscaba ese aroma que el maestro Garmendia te recitaba como
una letanía: “Ya huele a Semana Santa”.
Es marzo en los únicos almanaques que
pueden herirte con los perfiles afilados de esas hojas que se clavan a medida
que van cayendo como caen los sevillanos que hicieron posible lo imposible: el
renacimiento de esa fiesta que le marca los pulsos y las horas a esta ciudad de
un pasado tan espléndido como perdido, tan real como inexistente, tan
paradójico como barroca es la esencia de la Sevilla que le da el ser y el
existir a su Semana Santa. Es marzo en las esquinas por donde el aire asoma con
ese vago reflejo de la flor del naranjo que siempre nos pilla desarmados, en
las calles que dan al poniente para que regrese la luz perfilada de Romero
Murube, en los templos donde el retablo se oculta tras el rojo veneciano que
enmarca la muerte del Cristo como una caricia de terciopelo.
Es marzo más allá de las trifulcas que se
suceden en la sede de Monipodio, de las promesas que unos y otros hacen para
cumplirlas… o no, de la propaganda que quiere inocularnos un modelo de ciudad
como si Sevilla tuviera que parecerse a Berlín o a Salzburgo, como si no
tuviera bastante con ser ella misma. Es marzo en el rito íntimo de la Casa de
Pilatos donde aún resuenan las voces de aquellos artistas que trajeron el
Renacimiento a la ciudad del Barroco, y en la penumbra de San Ildefonso donde
Dios está Cautivo en las manos del Hijo, y en el rincón de San Lorenzo donde
habita Aquél cuyo nombre no hace falta escribir, y en ese sosiego que sólo
puede brotar del nombre conseguido de los nombres: Silencio.
Es marzo y todo regresa con la liturgia
de la luz que lleva dentro el tiempo sin tiempo de tu infancia, con la vuelta
al origen que te mantiene en pie y que te ha recordado tu hijo cuando te ha
dicho, con esa sencillez que guarda las verdades más hondas de la ciudad, que
hacía una tarde de Semana Santa. Sevilla es el reloj, no el mapa. Ya lo
escribió Ignacio Camacho una vez y para siempre en esos versos destinados al
periódico que hoy regresan a esta ciudad de papel: “Cuántas veces has visto
estos mismos instantes / grabarse en tu conciencia desde que eras pequeño, /
desde el día feliz en que tú fuiste uno / de esos niños que ahora remueven tu
memoria, / las tardes luminosas que pasabas cogido / de la mano segura que
marcaba el camino / por donde transitaba tu lejana pureza”. Es marzo en la
ciudad de la inocencia y tú lo sabes…

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