Decíamos ayer, que en la realidad agónica de los almanaques fue la semana pasada, que el muy sevillano monstruo de las croquetas tenía su prolongación natural y postrera en el monstruo de las torrijas. Y así es. Si existiera un programa de televisión que se denominara Rancio Sésamo, el monstruo de las torrijas sería el protagonista. Sin duda. En vez de las galletas del personaje que aparecía en Barrio Sésamo, nuestro torrijiano particular no pararía de deglutir enmeladas rebanadas de pan debidamente empapadas en un vino dulce que al final se le sube a la cabeza. Miel y vino hacen más corto el camino del ripio y de la poesía que destila este vate local que reaparece cada primavera para endulzarnos la existencia.
El monstruo de las torrijas degusta un pregón cada noche cuaresmal. Los fines de semana, dos por jornada. A veces los escucha con unción poética. En otras ocasiones es su augusta figura quien los pronuncia con fruición sonora. Porque este creador de torrijas en rima asonante se regodea con las metáforas que salen de su magín y que encadena como si fueran los pestiños líricos o reales que se traga por docenas: “Sevilla es vocablo musical que desde los ancestros de sus vericuetos urbanos se asoma a los cielos que recrearán el piropo floral de la primavera cuando la luz pinturera se refleje en las crisálidas de sus crisoles cual clepsidras cristalinas que trasminan ese perfume que sólo desprenden las flores en la ciudad de la gracia…” Y se queda tan tranquilo.
Al pobre monstruo de las torrijas quieren echarle la culpa del retroceso que padece su muy amada, piropeada y pregonada ciudad de Sevilla, quintaesencia de los sentimientos más hondos que se pueden despertar en el alma cándida de su ser, o viceversa. El mester de progresía se ceba con el monstruo de las torrijas mientras calla y otorga ante los cursis del lenguaje políticamente correcto –hay un artículo en el horno, cociéndose para ellos- que están cargándose Sevilla. El monstruo de las torrijas no roba, no trinca, no emite facturas falsas. Es inocente como un búcaro donde se enfría el agua que hace las delicias del sevillano cuando busca el frescor del líquido elemento en los calurosos crepúsculos de la canícula. Dejémoslo en la paz que le dan esos ripios que no se inspiran en Juan Ramón, sino en Pedro Ximénez.

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