Desnuda de la luz que se ausenta por unos días para darle descanso a su belleza, Sevilla se envuelve en esta gasa que disuelve sus aristas. Lo ha dicho Richard L. Kagan, el hispanista obsesionado por los retratos barrocos que han proyectado esa imagen de la ciudad que se sobrepone a su propia realidad: los turistas buscan la Sevilla romántica más que las setas o el tranvía. Es cierto. Buscan esa Sevilla que enamoró a los viajeros que encontraron en su exotismo a la primera mujer de la rima becqueriana, la ciudad ardiente y morena como una candelería que recorta el perfil gozoso de una Dolorosa, o como una noche estrellada de farolillos venecianos que iluminan las volutas de un talle femenino. O la Sevilla renacentista y refinada, tan rubia que se recoge el oro hilado en trenzas de mármol o de azulejos esmaltados en el horno del deseo. Esa Sevilla existe y sale al paso de los que se entregan, en cuerpo y alma, a sus encantos de mujer seductora y fatal.
Al igual que Bécquer no ansiaba la pasión del azabache ni el oro de la ternura, el sevillano que ha caído en el error de amor a la ciudad se queda siempre en el umbral, en el zaguán cerrado a cal y canto por la cancela de lo inalcanzable. Sevilla es inabarcable como el mar o como la luz que hoy le falta. De vez en cuando vienen bien estos días que dejan una pátina gris en los espejos para que la hermosura no ciegue los ojos de quien se dedica al ejercicio inútil de contemplarla. Esta niebla es una dulzura, un regreso a esa ciudad añorada que pervive en los pliegues de la memoria. El mismo Bécquer sufrió esa decepción cuando regresó de su primer viaje a Madrid y sintió que le habían robado ese paraíso que creía intocable. Desde entonces, el sevillano romántico no hace más que volver sobre el espléndido pasado como Cernuda en Ocnos, como Laffón en su Sevilla del buen recuerdo, como Montesinos en sus años irreparables, como Burgos en sus retratos de la vieja dama, como ese sevillano anónimo que se atreve a sumergirse en el laberinto mientras los jirones de niebla lo llevan de la mano hasta la médula del engaño. Todo es mentira, una bellísima mentira…
La mejor definición de la ciudad nos la da este gris que le pone el fondo exacto a la mujer que buscaba Bécquer: “Yo soy un sueño, un imposible, /vano fantasma de niebla y luz; / soy incorpórea, soy intangible: / no puedo amarte. /—¡Oh ven, ven tú!” Esto, que sería una tragedia en cualquier ciudad del mundo, se convierte en un escalofrío, que en Sevilla se pronuncia repeluco. Sabemos que todo es transitorio pero nos empeñamos en convertir la belleza soñada en algo eterno. ¿Qué nos queda? La espera, esa virtud que nos permite convertir esta niebla de Bécquer en un anticipo de la gloria que romperá las nubes como en un lienzo barroco: la víspera gozosa del azul.

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