jueves, 15 de enero de 2015

Sevilla o la ciudad en el tiempo


Hoy empieza todo en el calendario hispalense. Sevilla está más presente en su tiempo que en su espacio. La vieja ciudad sabe que lo efímero es lo que permanece y dura. Que pueden derribarse las puertas y las murallas, los templos y el caserío, el palacio y el corral de vecinos, pero que esa destrucción no afectará a los frágiles cimientos que la mantienen en pie: su ciclo anual. Sevilla es la voluta barroca que vuelve un año y otro año en las liturgias soleadas que se celebran al aire libre de la calle, en los ritos secretos que se ocultan en la penumbra de sus rincones. Sevilla no es más que ese paso que nos hiere por dentro cuando nos paramos a mirarlo en su peligrosa desnudez: el paso del tiempo.

Volverán a partir de hoy las tardes que a las tardes son iguales, como descifró Borges. Buscaremos la luz que destilará ese sol bajo de Romero Murube. La cuesta de enero le cederá el paso a la cuesta del Rosario o a la cuesta del Bacalao. Seremos prisioneros de esa libertad que ejercemos en los límites de esta ciudad-estado, de esta polis que se mira continuamente en el espejo de su narcisismo. “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío” (Cernuda). Ese nombre no es otro que Sevilla, la ciudad que se convierte en víspera de sí misma, en continuo anuncio del gozo que se escapa por los husillos horarios de los relojes. Ya lo dijo Antonio Machado: la poesía es la palabra en el tiempo.

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