Un cielo de plomo se dejó caer, con toda
su carga de sombra, sobre las calles tibiamente iluminadas. Pasó junto al viejo
edificio de fachada plateresca, inacabada como tantas otras cosas de aquella
ciudad que le provoca unos sentimientos contrapuestos. El arquillo está
custodiado, como siempre, por los dos fundadores de la vieja Híspalis: el
mítico Hércules y el romano Julio César. En el centro, cobijadas por el breve
arco, unas figurillas que cada año se colocan allí por el peso de la costumbre
o de la rutina. Se detiene un momento. A la izquierda, la fuerza de Hércules
con ese garrote que lo convierte, irónicamente, en el guarda de aquellas
figuritas. Al otro, el emperador que fue asesinado por su propio hijo. Y es que
Julio César era tan hispalense que murió al sevillano modo, o sea, de una
puñalada por la espalda…
Ni el héroe ni el emperador han
sobrevivido más allá de los manuales de Historia. Se han quedado en la piedra
que los siglos van erosionando. Y poco más. Estatuas de encargo que nadie mira,
frialdad acompasada al tiempo desapacible que marca los ritmos del almanaque.
Julio César se ha girado hacia la plaza, como si estuviera buscando una
centuria de los suyos que le ayudara a ganarle la batalla de la memoria a ese
Niño que concentra todas las miradas. Pero los soldados romanos que guardan el
otro Arco de la ciudad cambiaron de bando hace tiempo y ahora siguen al
perdedor de aquella Madrugada.
“Las pajas del pesebre, / Niño de Belén, / hoy
son flores y rosas, / mañana serán hiel”. Recita de memoria los versos
premonitorios de Lope, la metáfora cósmica y vegetal de Góngora: “Caído se la
ha un Clavel / hoy a la Aurora del seno…” Se ha quedado ahí, junto al arquillo,
en el umbral del misterio. Sabe que la ciudad es una inmensa alegoría, una
sucesión infinita de símbolos que se cruzan y se bifurcan, que crean una red
que atrapa al cerebro y al corazón. En esa adoración de los magos se representa
la Epifanía, esto es, la primera manifestación del Gran Poder que traía ese
Niño cuando nació. Respira hondo. Muy hondo. Cuando mira el reloj se da cuenta
de que se le ha hecho tarde. Disimula para que nadie adivine qué le pasa por
dentro. Y aprieta el paso para llegar pronto al centro de su existencia, a ese
lugar que el poeta Luis Rosales definió de una vez y para siempre: la casa
encendida.
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