Este cuarenta de mayo se asoma a los almanaques para que la ciudad se despoje del sayo que le recuerda las tardes que se prolongaban en la Cuaresma, los fríos que se cortaban con el repeluco de esa Madrugada que este año fue ausencia leve como carne de niño que se queda sin ver al Gran Poder, los coletazos de las últimas tormentas que dejaron el esmalte de la lluvia en el alma que colorean sus azulejos. Este cuarenta de mayo se celebra, sin que nadie alce la voz, el triunfo definitivo de ese intangible que define la ciudad hasta el punto de hacerla suya: la luz.
Sevilla es la luz. Quien no lo entienda así se quedará a oscuras con el misterio de esta ciudad que ha sobrevivido al paso más conmovedor que discurre por sus calles: el paso del tiempo. Sevilla es la claridad sin fecha que entrevió Juan Sierra y la caridad que Dios ejerce sobre la ciudad cuando prolonga en estas fechas los interminables atardeceres que nos crean la ilusión de la eternidad. Somos carne de luz, hijos de la luz. La vivimos tan intensamente que un cielo azul cerámico, de retablo trianero, nos impide escribir sobre las sombras mundanas que recorren los rincones donde la vida se vuelve gris, áspera, insulsa, previsible.
Escribir sobre Sevilla es caminar envuelto en sus tinieblas interiores con el candil de la palabra en la mano. De pronto aparece esta luz de junio y la llama se vuelve inútil. La claridad, infinita en nuestro deseo, lo inunda todo y todo lo traspasa. Es la luz que enloquece la razón de los científicos que han conseguido sacar sus esquirlas de la nada, la luz que pone en jaque los fundamentos de la física hasta el extremo de llevarla hasta el equívoco principio de incertidumbre, la luz que viaja en los quantos a una velocidad de vértigo aunque luego se quede suspendida en estas tardes que desafían a los relojes de sol, la luz que fijaron los pintores barrocos en los lienzos que sobrevivieron a sus creadores, la luz que enamora a los poetas hasta el punto de confundirla con aquella mujer incorpórea e intangible que buscó Bécquer, aquel fantasma de niebla y luz.
Sevilla es un laberinto sentimental donde las distancias se miden en años luz. ¿Quién no ha sentido en estas tardes de junio la punzada del regreso a la infancia? ¿Quién no ha experimentado esa dulzura que nos lleva de la mano hasta cierta plaza, hasta un impreciso jardín, hasta ese patio convertido en azotea por obra y gracia de la claridad que no cesa? ¿Quién no se ha dejado llevar por esta nostalgia que en la noche breve toma la forma de la luna en su cuarto doliente? Las naranjas amargas tiñen el lubricán del poniente con ese color que nos deja heridos de belleza. Y el amanecer temprano envuelve la ciudad con la gasa inmaculada del celeste. Ya se dijo antes. Escribir sobre Sevilla es ahogarse en el misterio de la luz.

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