miércoles, 1 de octubre de 2014

No me he dejado




Nos lo dice alguien que sabe más de Sevilla que la diosa Híspalis de la Puerta Jerez con sus niños meones, con perdón y con premio incorporado. En esta ciudad de los halagos y de la ojana, de los pergaminos y las orlas, de los mil y un títulos de hijos predilectos y adoptivos aunque sean más numerosos los hijos de eso en lo que usted está pensando ahora mismito, lo más elegante es decir que no. Ya lo dejó claro Miguel de Cervantes y Saavedra, un escritor islamófobo que se salva por su condición de persona con discapacidad manual: cuesta lo mismo un sí que un no. Lo suelta uno de los galeotes –este premio lo recogen en conserjería, en horario agosteño de oficina- en el correspondiente capítulo del Quijote. Y tiene más razón que un santo. Lo mismo cuesta un sí que un no.
“El mayor honor en Sevilla hoy es el NO: No tener calle, NO salir de rey mago, NO dar el pregón, NO ser presidente del Sevilla F.C., NO ser hermano mayor de ninguna cofradía... Si le añade usted tres o cuatro más NOes, ahí tiene el artículo hecho, pero, porfa, no me cite”. El honor es no citarlo.

Dejarlo en el silencio que recorre la médula de la Sevilla más honda. El silencio de Montesinos en su destierro madrileño, el silencio de la cancela que no se abre cada Madrugada para que salga el nazareno vestido de ruán que sigue el rito y la regla por el camino más corto de la memoria, el silencio de Laffón mientras cumple con la vigilia del jazmín en una noche sin mañana, el silencio de taberna y tabernáculo donde Núñez de Herrera descifra el alambique de Sevilla, el silencio espartano anudado a la cintura de quien lleva la penitencia que acarrea el haber cometido ese error de amor a la ciudad que Cernuda le adjudicó a Izquierdo.

Tiene razón este sevillano que no quiere salir en los papeles. El mayor honor en esta ciudad de la ojaneta de la Barqueta y del carril de la bicicleta es el NO. Urge una reinterpretación del NODO. Del “nomadejado”, al no me he dejado. Eso es lo que habría que hacer para limpiar el aire viciado por el elogio facilón, por el paripé que se hace en los cócteles de media tarde, por esa multitud de cargos y carguitos con que se adorna el exiguo curriculum de quien no ha hecho nada en la vida pero se siente importante por sentarse en una juntita de gobierno, en una directiva que no dirige nada porque aquí se hace lo que diga Oliver o Donmanué, en una asociación que sólo sirve para matar el tiempo mientras el tiempo se encarga de matarnos, como sentenció Cioran.

Fiel a su estilo, este sevillano anónimo que no quiere aparecer por ningún sarao nos da la clave que abre y cierra el cofre de los secretos de la ciudad que desprecia a los que se dedican a ella. Lector impenitente, este hermano de la cofradía del escepticismo clava el estoque en todo lo alto: “Haber escrito tanto sobre Sevilla es un pecado que la ciudad sólo perdona con la muerte”.

No hay comentarios :

Publicar un comentario