viernes, 31 de octubre de 2014

La Macarena de Benlliure


Si Dios está azul en el verso de Juan Ramón, ayer fue la muerte quien se revistió de ese color en el cielo donde la ciudad esboza sus autorretratos. La vieja Híspalis no es un cuadro, sino una exposición permanente, una interminable galería que le sirve para saciar la sed de su narcisismo. ¿Cómo vamos a enjaular a Sevilla en una definición única e inmutable, si se reproduce a sí misma en los trampantojos con que nos engaña a cada instante? Cuando llega abril se convierte en una ciudad efímera de farolillos venecianos que iluminan la fugacidad de la alegría. Y en este arranque de noviembre se muda a la ciudad definitiva, a ese cementerio que vive –así son las paradojas de esta ciudad barroca- sus días grandes cuando los vivos se acuerdan de los depositarios de su memoria.

En Sevilla el vivo de verdad ya no va al bollo, sino a la mariscada que cuadra con el gusto por la exageración, con la hipérbole de los bodegones churriguerescos. Y el muerto no se queda en el hoyo, sino que permanece en ese espacio indefinido del recuerdo, en la nostalgia que parece leve aunque sea el cimiento donde se asienta la verdadera ciudad. ¿Qué sería de Sevilla sin su pasado? ¿Hay más Sevilla en Velázquez o en ese aguador imputado que sigue empeñado en salir de rey Melchor, en Murillo o en los pícaros que cambiaron el melón de antaño por la langosta de hogaño, en Bécquer o en estos políticos que creen que las promesas son aire y van al aire como los suspiros de amor?

Hay más Sevilla en el otro barrio que en éste. Allí se decantan sus clases sociales: aristócratas en los panteones neogóticos de la entrada y nichos como polígonos verticales al fondo del recinto. Y allí se depura la ciudad hasta el extremo de convertirse en el escenario de la cofradía más honda y más conmovedora que recorre sus calles en la quietud del silencio cómplice. Cipreses de terciopelo verde para encuadrar el Cachorro que lleva las Mieles en su boca y la tragedia en las manos que le sirvieron a Susillo para quitarse la vida después de haber tallado las manos de la Amargura. Y el traslado al sepulcro de José, el torero que encontró la gloria en Talavera. Alrededor de esa obra maestra de Benlliure se adivina un olor apagado a nardos de angustia dibujada, que diría Lorca, y a incienso frío como cera ardida. De bronce los gitanos que llevan el ataúd abierto y de bronce la miniatura que porta la gitanilla que abre esta procesión fúnebre. No podía ser otra. El cielo se vistió ayer de azul esperanza como si fuera la mañana del Viernes. Los cipreses fueron más que nunca de terciopelo. Noviembre se disfrazó de primavera. La Macarena de Benlliure le ganó, una vez más, la partida a la Canina que lo reconoce en su “Mors mortem superavit”. Por eso dicen que por noviembre o por abril cumple diecinueve años…

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