La “Sevilla vieja / donde se dormía el
tiempo / con palacios con jardines,/ bajo un azul de convento” resucita cada
verano, cuando hace la calor y las calles se quedan aisladas en ese vacío que
tanto se parece a la soledad. Porque Sevilla posee un alma digna de ser
estudiada por el profesor Rodríguez Sacristán en su imprescindible Psicología
del sevillano (Almuzara), un libro donde se desvelan las claves que le
confieren a la ciudad esa personalidad que la convierte en humana. Los fines de
semana de julio y agosto Sevilla no se queda vacía: se queda sola, que es
distinto. Como solos se quedan los sevillanos que huyen hacia el mar en un
éxodo que merecería una disquisición aparte.
Durante el hueco que forman esas tardes
de sábado y de domingo habría que darles la vuelta a los versos de Antonio
Machado. De la Sevilla sin sevillanos que soñaba este hispalense adusto, a los
sevillanos sin Sevilla. La media distancia que maneja el sevillano para
relacionarse con la ciudad se vuelve insoportable en verano. Sevilla nos
expulsa del paraíso soñado y nos arroja a los brazos del mar, o nos deja
encerrados en el exilio interior de la casa donde encontramos el frescor que no
existe en las calles tomadas por la llamarada inmisericorde del calor.
Entonces comprendemos que no vivimos en
una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Sevilla se queda sola como
solo se queda el torero después de matar al toro en la soleá de Bergamín.
Sevilla se queda sola como ese nazareno que busca en la clausura de la sarga o
del ruán el tiempo en que todo regresa al escalofrío de la infancia. Sevilla se
queda sola como el poeta que se encuentra con el regalo de un endecasílabo que
Alguien le ha dictado en la penumbra de su escritorio. Sevilla se queda en esa
soledad de la soleá que entreviera Montesinos y que ella canta con los ojos
cerrados por la luz que la ciega: “Que nadie se llame a engaño, / todo el que
vive por dentro, / por dentro se va matando”. Terrible y verdadera.
Sevilla vive por dentro en esas tardes
azotadas por el sol, cuando rememora la suavidad de los atardeceres que
invitaban a compartir la emoción en sus calles rebosantes. Los sevillanos
entregan la ciudad a la Soledad que cierra esos días del esplendor con un
silencio que anticipa este vacío de julio y de agosto. Los sevillanos se quedan
sin Sevilla para empezar a añorarla, para desearla como si fuera una mujer tan
hermosa como esquiva, tan atractiva como imposible. Porque Sevilla, como ya se
dijo antes, posee un alma sedimentada por el tiempo que le da el ser. Por eso
no es una ciudad cualquiera. Para lo bueno y para lo malo. Para la compañía que
nos ofrece cuando se abre de brazos en abril y para la soledad en que nos deja,
abandonados al ejercicio de la nostalgia, cuando prefiere quedarse a solas
consigo misma.

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