¿Qué es Triana? La pregunta nos lleva al
terreno resbaladizo de los conceptos, esa cucaña untada con el sebo de las
palabras que nos arrojan directamente al río de la duda. ¿Qué es Triana? ¿Un
barrio como el praguense de Mala Strana o el romano del Trastevere con los que
comparte ciertos sonidos comunes? ¿O es un pueblo del Aljarafe situado a
orillas del mismo Betis que le da nombre a su media calle mayor, la que siempre
tendrá una acera porque la otra es el Paseo Colón?
Triana ya no es el viejo arrabal donde
Alfonso X el Sabio mandó levantar la primera iglesia de Sevilla –el resto eran
mezquitas reconvertidas- para agradecerle a la Virgen la cura de un mal en los
ojos que a punto estuvo de dejarlo ciego. Ahí nació la devoción a la Abuela del
Cachorro que ha marcado, desde entonces, los pulsos del verano trianero por
obra y gracia de la Velá de Santa Ana, vulgo Señá Santana. La Velá es la fiesta
más antigua de Sevilla, la que ha pasado por todas las penas y todas las
alegrías que han conformado el ser de este lugar que va más allá de las
fronteras de la Cava de los Gitanos y de la Cava de los Civiles, porque Triana
llega a los pisos del exilio de Alcosa, a los bloques del Polígono, a los
adosados de Sevilla Este…
Triana traspasa las fronteras del tiempo
y del espacio porque no es un barrio, ni un pueblo, ni siquiera el viejo
arrabal que fue. Triana es una forma de entender la vida. Esa manera de ver el
mundo no es de ayer ni de antier, sino que viene desde muy lejos. Que se lo
pregunten a Ángel Vela, uno de esos trianeros enamorados de esta mujer de
cerámica que nos mira con los ojos verdes del puente, que nos acaricia con la
brisa que cada tarde nos deja la ‘mareíta’ en el rostro cuando buscamos ese
poniente donde Dios se manifiesta con la paleta del color. Ángel Vela acaba de
publicar Triana y su Velá (Guadalturia), un libro que recorre la historia de
esta fiesta desde 1280 hasta 1948, un esfuerzo titánico para dejarnos esta joya
que puede leerse como si de una novela se tratase, este espejo stendhaliano que
refleja el ser de Triana desde la Edad Media hasta la mitad del siglo pasado.
Lo afirma Emilio Jiménez Díaz en el prólogo, y tiene razón el maestro que nos
enseñó los secretos de la soleá cuando su voz dictaba lecciones del mejor flamenco
en aquellos transistores que acompañaban las largas tardes del verano.
Ángel Vela se enamoró de Triana hasta el
punto de dejarse media vida en las hemerotecas, fatigando páginas de libros y
de periódicos, guardando fotos y archivando recuerdos propios y ajenos. Esta
noche, cuando den las nueve y media en el barrio que hoy celebra el día de la
Patrona a la que un día de noviembre se llegó a ver la mismísima Virgen de los
Reyes, que por algo es su Hija, se presenta esta joya bibliográfica en el hotel
Abba. Por si alguien no lo sabe, Abba es la palabra con la que llamaba al Padre
un Trianero al que le siguen llamando Cachorro.

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