jueves, 16 de julio de 2015

Triana y su Velá




¿Qué es Triana? La pregunta nos lleva al terreno resbaladizo de los conceptos, esa cucaña untada con el sebo de las palabras que nos arrojan directamente al río de la duda. ¿Qué es Triana? ¿Un barrio como el praguense de Mala Strana o el romano del Trastevere con los que comparte ciertos sonidos comunes? ¿O es un pueblo del Aljarafe situado a orillas del mismo Betis que le da nombre a su media calle mayor, la que siempre tendrá una acera porque la otra es el Paseo Colón?

Triana ya no es el viejo arrabal donde Alfonso X el Sabio mandó levantar la primera iglesia de Sevilla –el resto eran mezquitas reconvertidas- para agradecerle a la Virgen la cura de un mal en los ojos que a punto estuvo de dejarlo ciego. Ahí nació la devoción a la Abuela del Cachorro que ha marcado, desde entonces, los pulsos del verano trianero por obra y gracia de la Velá de Santa Ana, vulgo Señá Santana. La Velá es la fiesta más antigua de Sevilla, la que ha pasado por todas las penas y todas las alegrías que han conformado el ser de este lugar que va más allá de las fronteras de la Cava de los Gitanos y de la Cava de los Civiles, porque Triana llega a los pisos del exilio de Alcosa, a los bloques del Polígono, a los adosados de Sevilla Este…

Triana traspasa las fronteras del tiempo y del espacio porque no es un barrio, ni un pueblo, ni siquiera el viejo arrabal que fue. Triana es una forma de entender la vida. Esa manera de ver el mundo no es de ayer ni de antier, sino que viene desde muy lejos. Que se lo pregunten a Ángel Vela, uno de esos trianeros enamorados de esta mujer de cerámica que nos mira con los ojos verdes del puente, que nos acaricia con la brisa que cada tarde nos deja la ‘mareíta’ en el rostro cuando buscamos ese poniente donde Dios se manifiesta con la paleta del color. Ángel Vela acaba de publicar Triana y su Velá (Guadalturia), un libro que recorre la historia de esta fiesta desde 1280 hasta 1948, un esfuerzo titánico para dejarnos esta joya que puede leerse como si de una novela se tratase, este espejo stendhaliano que refleja el ser de Triana desde la Edad Media hasta la mitad del siglo pasado. Lo afirma Emilio Jiménez Díaz en el prólogo, y tiene razón el maestro que nos enseñó los secretos de la soleá cuando su voz dictaba lecciones del mejor flamenco en aquellos transistores que acompañaban las largas tardes del verano.

Ángel Vela se enamoró de Triana hasta el punto de dejarse media vida en las hemerotecas, fatigando páginas de libros y de periódicos, guardando fotos y archivando recuerdos propios y ajenos. Esta noche, cuando den las nueve y media en el barrio que hoy celebra el día de la Patrona a la que un día de noviembre se llegó a ver la mismísima Virgen de los Reyes, que por algo es su Hija, se presenta esta joya bibliográfica en el hotel Abba. Por si alguien no lo sabe, Abba es la palabra con la que llamaba al Padre un Trianero al que le siguen llamando Cachorro.

No hay comentarios :

Publicar un comentario